Se encuentra usted aquí

EGIPTO MÁGICO Y MISTERIOSO

Miércoles 22 de Abril, 2015
El sol, el desierto y miles de bloques de piedra se amalgaman en Egipto para crear el complejo arqueológico más enigmático del planeta. Les invitamos, de la mano de Manuel José Delgado, a emprender un viaje por un país que nos fascina, entre otras razones, por los mil interrogantes que plantea. ¿Cómo se erigieron los 147 metros de la Gran Pirámide? ¿En qué fecha exacta se construyó la Esfinge? ¿Qué mapa estelar dibuja el Zodíaco de Dendera? ¿Cuál fue la función de los enormes pozos de Saqqara? ¿Eran las pirámides monumentos funerarios o de vida y curación? Por Manuel José Delgado
EGIPTO GIZA GIZEH MAGIA GRAN PIRAMIDE EDFU ABU SIMBEL LUXOR

La arqueología oficial cree tener las claves de estas cuestiones pero otros investigadores, convencidos de que la tierra del Nilo fue heredera de una civilización anterior, aún buscan las respuestas. El recorrido que iniciamos este mes continuará el próximo, en que abordaremos los templos de Luxor, Esna, Edfu, Kom Ombo, Philae y Abu Simbel, asi como toda la zona que rodea a los Valles de los Reyes y las Reinas, centrándonos mucho más en los aspectos esotéricos, iniciáticos, mágicos y simbólicos de esta portentosa civilización.

LA MESETA DE GIZA

Desde los tiempos de los primeros historiadores griegos, las pirámides fueron consideradas tumbas, construidas con el sudor de miles de obreros que seguían las consignas de un faraón ególatra. Ideas peregrinas como que gracias a la labor en las pirámides el pueblo no podía sublevarse, o que debían trabajar en ellas en los tiempos de crecida para que el ocio no corrompiera sus virtudes, se han barajado para explicar la terrible tarea de cortar y transportar los diez millones de metros cúbicos de piedra que constituyen los monumentos de la meseta de Giza.

Para la arqueología académica, los monumentos de Giza están colocados al azar, diseñados originalmente por la voluntad de cada faraón. Sin embargo, estudios realizados por Flinders Petrie indican que todo lo que existe en la meseta de Giza está cuidadosamente colocado en su lugar. En 1984, el Dr. Mark Lehner, de la Universidad de Yale, demostró que las relaciones trigonométricas de las tres pirámides tenían una relación, lo que terminó llamando «El plan unificado de la meseta de Giza». Cuatro años más tarde, los investigadores John Legon y Robin J. Cook descubrieron que las tres pirámides de Giza podían inscribirse en un gran rectángulo que tendría de largo, en codos egipcios, 1.000 por raíz de 3, y un ancho de 1.000 por raíz de 2, siendo la diagonal resultante 1.000 por raíz de 5. Esta compleja traza geométrica indica que las pirámides de Giza no se colocaron según el capricho de Keops, Kefrén y Micerinos, sino que su ubicación fue establecida siguiendo un plan desconocido por la arqueología.

UN FIRMAMENTO CELESTE

Hoy se conoce como «La teoría de Orión», gracias al best seller escrito por Robert Bauval y Adrian Gilbert. Sin embargo, no fue un descubrimiento suyo. En 1964, los estudiosos A. Badawy y V. Trimble apuntaron la posibilidad de que los mal llamados canales de ventilación que salen de las cámaras del Rey y de la Reina, apuntaran a estrellas. Según estos investigadores, el canal sur de la cámara del Rey apuntaría a Orión, y el canal sur de la cámara de la Reina apuntaría a Sirio. En el lado norte el canal de la cámara del Rey estaría asociado con la estrella Tuban, mientras que el de la cámara de la Reina apuntaría a la Osa Menor, todo ello en época de la IV Dinastía, cuando fueron construidas las pirámides.

Esta sugerente teoría fue refutada cuando, en 1993, el ingeniero alemán Rudolf Gantenbrink introdujo por estos canales su robot Upuaut, demostrando que estos canales no eran rectos, sino acodados, y que el ángulo de inclinación no se correspondía exactamente con las estrellas que decían los investigadores. Sin embargo, y esto sí que hay que agradecerselo a Bauval y Gilbert, las tres pirámides de Giza tenían una disposición sobre la meseta que se asimilaba con la posición en el cielo de las estrellas del cinturón de Orión, Al Nitak, Al Nitam y Mintaka. El estudio de Bauval dictaminó que el ángulo de las tres pirámides era el mismo que el de las estrellas pero no el que correspondía a la IV Dinastía, sino hace 12.500 años. El hecho fue obviado en un principio, pues el propósito de estos investigadores era demostrar el principio que operó en los arquitectos de la IV Dinastía para erigir los monumentos, y tan sólo mencionaron que «posiblemente, aunque las pirámides las hicieron estos faraones, pudieron haber incluido en los monumentos una fecha de hace 12.500 años, que señala algo importante». Posteriormente la idea prosperó, pero la aparición de nuevos datos nos ha llevado a muchos investigadores a pensar que estas pirámides no señalan una época anterior, sino que datan de esa fecha.

La diferencia de la religión egipcia con las demás es que los egipcios sabían de dónde procedían sus dioses y a dónde iban a ir sus almas después de esta vida. Era el reino de la Duat, la región celeste que comprendía al dios Sahu (constelación del cazador con su cinturón de orión) asimilado a Osiris y la constelación del perro (donde se encuentra la estrella Sirio, emparentada con Isis). Esta región de los dioses y de los muertos se encuentra en el firmamento al lado de la Vía Láctea, que para los egipcios se identificaba en la tierra con el Nilo. Incluso debieron pensar que las estrellas podían tener su «espejo» en las riberas del río, con lo que las grandes construcciones podían corresponderse con sus imágenes celestes. Hoy el viajero no podrá recorrer la meseta de Giza de noche, a no ser que disponga de los permisos pertinentes. Es una pena, porque se pierde la posibilidad de ver las pirámides y su reflejo en el firmamento.

Los antiguos egipcios sabían que la estrella Sirio era un sistema triple constituido por tres estrellas gemelas. Las dualidades egipcias y sus triadas indican que todo los construido estaba cargado de un significado íntimamente relacionado con la religión, con las proporciones sagradas y con la ciencia. Es posible que en la meseta de Giza no sólo estén representadas las estrellas del cinturón de Orión, sino también las tres estrellas de Sirio. Nuestra astronomía no descubrió Sirio B hasta principios del siglo XX, mientras que el descubrimiento de la tercera estrella se remonta a los años 90. Tal sabiduría resulta portentosa y supera nuestros propios conocimientos. Por lo tanto no sería descabellado presuponer que, mientras la egiptología no ha resuelto convenientemente la presencia de las pirámides satélite situadas alrededor de las pirámides mayores, quizás algún día nuestra astronomía corrobore que cada una de estas estrellas tengan astros circundándolas, exactamente los mismos que pirámides satélite existen en la meseta de Giza.

¿PREGUNTAS SIN RESPUESTA?

El viajero que recorra este enigmático enclave podrá ver los millones de bloques supuestamente colocados por una civilización de la Edad de Cobre, recién salida del Paleolítico, y es lógico que a su mente acudan multitud de preguntas. Interrogantes, por otro lado, que tienen respuesta en la propia cultura egipcia, aunque la ortodoxia los considere mitos o leyendas carentes de fundamento. Manetón, sacerdote de Amón en Heliópolis que tenía a su disposición los archivos secretos del templo, confeccionó una lista de monarcas que hoy utilizan los egiptólogos para conocer la sucesión de los faraones. El problema reside en que este sacerdote, que no debía estar mal informado, explicaba que antes de Menes, primer faraón de la I dinastía, existieron tres épocas. En primer lugar, un reino de semidioses; después, el de los Reyes de Horus (entre ambos sumarían 15.150 años); finalmente, una línea predinástica de reyes que tendría una duración de 13.777 años, que, sumados a los 15.150 anteriores, dan un total de 28.927 años de Egipto predinástico.

Mientras visitamos la meseta de Giza, con sus pirámides a la vista, es inevitable que acudan a nuestra mente historias de antiguos dioses que enseñaron a los egipcios parte de su conocimiento y, quién sabe, que quizá dejaron como huella de su presencia las obras más desconcertantes de nuestro planeta.

LA GRAN PIRÁMIDE

Para la arqueología las pirámides son tumbas, y nada más. Sin embargo en la gran pirámide los obreros de Al Mamún, cuando perforaron su entrada, no encontraron el cadáver del monarca, y ello asimismo ocurre en todas las demás pirámides. ¿Violadores de tumbas? No. Quizás sea que las pirámides no son tumbas. Fue en 1954 cuando el arqueólogo alemán Zacarías Goneim descubrió en Saquara la pirámide de Sekhen-Khet. Los sellos se encontraron intactos y el sarcófago estaba cerrado e, incluso, con la resina que pusieron para que quedara hermético. Sobre la tapa se encontró un ramo de flores dejado piadosamente por alguien. Alrededor, como mejor confirmación de que no hubo profanación, había algunas joyas. El día preparado para la apertura de la tapa del sarcófago se reunieron allí autoridades y prensa, conscientes de que iban a participar en un acontecimiento histórico. No todos los días se abría una tumba inviolada. Sin embargo, de lo que todos participaron fue de una tremenda decepción: ¡El sarcófago estaba vacío! Los análisis de laboratorio del polvo que había en su interior demostraron la ausencia de materia orgánica. ¿Por qué se sigue pensando que las pirámides son tumbas?
Una estatuilla, una sola estatuilla, es todo lo que se ha encontrado del faraón Keops, el supuesto constructor del mayor monumento sobre la Tierra. Es desproporcionado. Una talla en piedra de menos de 15 centímetros de alto frente a los dos millones y medio de bloques de dos toneladas y media cada uno y otros muchos que superan las cincuenta toneladas. 15 centímetros insignificantes de piedra, encontrados en Abydos, que parecen avalar la existencia del faraón a quien Herodoto atribuyó la edificación del mausoleo.

MARAVILLA DEL MUNDO

En la llamada «Estela del Inventario» puede leerse que las tres pirámides ya existían cuando tuvo lugar la historia referida en ella. Según la inscripción, Keops construyó su tumba al lado de la Gran Pirámide, conocida en esa época como Templo de Isis, y luego edificó otra pirámide para su hija, también junto a este templo.

No sólo no hay constancia de que la Gran Pirámide fuese construida por Keops. En la Gran Pirámide no hay ningún tipo de inscripción con la que pueda datarse (el ayudante del Coronel Vyse reconoció que fueron ellos los que pintaron los jeroglíficos de las cámaras de descarga) en comparación con las pirámides de las primeras Dinastías, algunas profusamente decoradas, y, sobre todo, las mediciones hechas por Sir W. M. Flinders Petrie determinan irrevocablemente que los arquitectos y obreros conocían una técnica que se ajusta en todas sus medidas a las más modernas normas de precisión, algo anacrónico para aquella época.

Transportar y elevar bloques de decenas de toneladas, cortar granito, ahuecar diorita y conocer el año solar de 365,2425 días, fueron hazañas que no pueden justificarse, porque el sentido común no lo admite así, con miles de esclavos, midiendo a ojo, utilizando herramientas de cobre, o mirando a través del «Merjet» o «vara del observador de las horas».

Hay que valorar los hechos con independencia de las limitaciones que la Arqueología atribuye a las primeras dinastías. ¿Cómo consiguieron lograr la precisión óptica de los bloques de revestimiento, ajustada a nuestros más modernos requisitos (Norma DIN 875)? ¿Cómo lograron orientar el monumento con más exactitud que la que conseguiríamos nosotros si utilizásemos teodolitos, cronómetros, Tablas Astronómicas y lo mejor de la agrimensura moderna? ¿Cómo lograron mensurar la Cámara del Rey para conseguir un error de paralelismo del orden de 0,08 mm, o una diferencia total de 3 mm en el paralelismo de los lados de la base de la pirámide? ¿Cómo lograron nivelar esa base de la pirámide de tal forma que el ángulo S-E esté tan solo 15 mm más alto que el N-O, teniendo, además, una zona rocosa en el centro?
Fue John Taylor (1859) el que lo descubrió: El perímetro de la base de la Gran Pirámide es el mismo que el de la circunferencia dada, tomando como radio la altura de ésta, o, lo que es lo mismo, dividiendo el perímetro de la base de la Gran Pirámide por el doble de la altura obtenemos el número Pi.

Los sacerdotes de Egipto le dijeron a Herodoto, y así lo escribió, que un cuadrado de lado igual a la altura de la pirámide tiene la misma superficie que cualquiera de las caras triangulares de la pirámide, cosa perfectamente irrefutable. El monumento era uno de los llamados «prismas de Arquímedes» es decir, la superficie lateral del prisma determinado por cuatro caras rectangulares de base igual a la pirámide y de altura igual a la de ésta, es exactamente igual al área de la semiesfera cuyo radio es la misma altura de la pirámide y, además, la base de la semiesfera determina una circunferencia de la misma longitud que la base cuadrada de la pirámide, como constató Taylor.

Para valorar tal descubrimiento, pensemos que después de 2.000 años de esfuerzo nadie ha logrado resolver el sencillísimo problema de obtener una circunferencia equivalente a un cuadrado dado. Ello es debido a que resulta sumamente difícil establecer la equivalencia entre figuras formadas por líneas rectas y otras formadas por líneas curvas. Pues bien, la Gran Pirámide no sólo determina la cuadratura del círculo, sino que también determina la «cubatura» de la esfera. El desafío matemático de la Gran Pirámide tiene algo de insolente.

La altura de la pirámide determina, a escala decimal, con completa exactitud, la distancia al sol en su perihelio. La superficie de la base determina inequívocamente, a escala decimal, la superficie de la esfera terrestre. Y las caras laterales del prisma determinado por la Gran Pirámide establecen, a escala decimal, la órbita de la Tierra en torno al Sol. Con ello queda implícitamente establecido que la Gran Pirámide de Giza es una maqueta a escala del Sistema Solar, cumpliéndose entre las dos esferas, la terrestre y la solar, el coeficiente de Bridgman (relación entre dos esferas) de 16/Pi.
¿Qué significa realmente todo esto? Pues algo que nos hace relacionar la geometría con la metafísica. «Que no intente saber filosofía quien no sepa de geometría», decía Platón con fundamento. En efecto, si todas las medidas de la Gran Pirámide no son pura coincidencia, la construcción no es otra cosa que una síntesis de lo que podríamos Llamar «el Plan de la Creación».

LA ESFINGE

La esfinge de Giza es sin duda el más significativo emblema de la civilización de los faraones. Conocida como Abu-el-Hol, «el padre del terror», desde su excepcional emplazamiento parece custodiar los secretos de los antiguos egipcios. Su datación exacta se desconoce, aunque la egiptología suele vincularla con los tiempos de Kefrén, faraón de la IV dinastía, cuyo rostro se supone sonreiría sobre los lomos del león.

Tutmosis IV protagoniza una de las más populares leyendas que hacen referencia al milenario monumento. Siendo aún príncipe, se quedó dormido a la sombra de la esfinge. Aunque no era un aspirante al trono de primera línea, el león se le apareció en sueños para anunciarle que reinaría, y le pidió que al ser coronado le liberaba de la arena que le cubría el rostro. Cuando accedió al poder, Tutmosis cumplió la promesa y mandó erigir una estela de granito entre las patas de la esfinge para dejar constancia de su sueño divino. Junto al relato aparece Tutmosis IV realizando un ceremonial frente a una esfinge que reposa sobre un edificio, que ha sido interpretado como el templo de la esfinge, sin tener en cuenta que no cumple las reglas de perspectiva utilizada por los artistas egipcios, que habrían colocado el edificio ante la esfinge y no bajo ella.

Además, la forma del palacete que aparece en la estela es completamente distinta al templo que podemos ver en Giza, lo cual nos hace pensar que tal vez la edificación aún permanezca escondida bajo el cuerpo de la esfinge, teoría que no se ha podido demostrar pero de la que cada día hay más evidencias. En los años 90, el geofísico Thomas Dobecki realizó una serie de investigaciones junto al geólogo Robert Shoch en las que descubrieron cuatro cavidades en la roca, entre las patas y a lo largo de los lados de la Esfinge. La más sorprendente de todas medía nueve por doce metros, y tenía una profundidad de cinco. Las dimensiones y la estructura de esta nueva cámara excluían la posibilidad de que se tratara de una cueva natural del suelo de Giza.

Cuenta la leyenda que, en algún tiempo, la esfinge tuvo vida y guardaba la entrada de la necrópolis de Giza. A toda persona que se adentraba en sus dominios la criatura le proponía un acertijo, y si no respondía correctamente era petrificado. Los griegos justificaban así la presencia de estatuas en el valle del Nilo. Simbólicamente, las esfinges encarnan los cuatro elementos. Las garras de león son el elemento fuego (mente), el estado radiante. El cuerpo de toro es el elemento tierra (cuerpo), el estado sólido. Las alas de águila son el elemento aire (espíritu), el estado gaseoso. Y la cabeza humana es el elemento agua (emociones), el estado líquido. Curiosamente, cada una de estas manifestaciones tienen su paralelo en los cuatro evangelistas.

Se desconoce el verdadero artífice de la obra, aunque es posible que algún faraón, mucho tiempo después de su construcción, hiciera esculpir su cara encima de la original. Esta hipótesis está avalada por la desproporción de la cabeza con respecto al cuerpo, algo en lo que nunca se confundían los egipcios. Si la esfinge tiene cuerpo de león es posible que la cabeza original también fuese de león, y al mirar al horizonte, marcando el punto exacto por donde se elevaba hace 12.500 años la constelación de Leo, podría indicar que, como han argumentado varios investigadores, este monumento está señalando la auténtica fecha de su construcción.

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario