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¿Pirámides subacuáticas en Yonaguni? Nueva expedición

Martes 04 de Septiembre, 2018
Es uno de los grandes misterios subacuáticos, objeto de una gran controversia entre la comunidad científica. ¿Tuvo algo que ver la mano del hombre en la extrañísima estructura que hay bajo las aguas de Japón? Diego Cortijo

Si pensar en una ciudad perdida solo puede hacernos soñar, qué decir ante la idea de encontrar algo así bajo las aguas. No olvidemos un dato importante: nuestro planeta ya ha pasado por muchos cambios climáticos y eras glaciares, la última de ellas la que afecta directamente a nuestra especie, la Glaciación Würm, que tuvo su máximo glacial hace unos 22.000 años.

En esa época el hombre ya pintaba en Altamira y seguramente ya exploraba América. En ese momento, el mar se encontraba 120 metros por debajo del nivel actual, y las líneas de costa se extendían cientos de kilómetros en algunos lugares que hoy se encuentran sumergidos. Todo ese territorio, que fue el lugar idóneo de los antiguos asentamientos, fue poco a poco silenciosamente sepultado por el ascenso de las aguas hasta nuestros días, cuando el deshielo desarrolló su inexorable avance.

Es en esas decenas de metros bajo nuestras costas donde pueden hallarse los restos más antiguos de algunas culturas, y no me cabe duda de que también, se hallarán restos de algunas totalmente desconocidas. En ese afán de encontrar algo acerca de esos misterios subacuáticos, la información inicial parecía remitirle a uno siempre al mismo sitio. Las imágenes se repetían y ubicaban un extraño lugar en una pequeñísima isla de Japón, Yonaguni. Una ciudad sumergida decían algunos, o una pirámide; la Atlántida mencionaban otros.

La información era escasa, poco nítida, inexistente en castellano. Así que en 2014 decidí emprender el viaje al lugar para tratar de ver con mis propios ojos ese complejo sumergido y de conocer a los protagonistas de esa historia. Una vez en Okinawa, me encontré con un casi retirado profesor universitario, el Dr. Masaaki Kimura, el único que había hecho un trabajo científico en el lugar y que había publicado sus resultados en foros científicos; que había dedicado sus últimas décadas a explorar e investigar el sitio, y estaba convencido de que ese trataba de una estructura antrópica, es decir, hecha por el hombre.

El Dr. Kimura había tenido que convertirse en un experto buceador para poder investigar esa estructura sumergida y realizar el trabajo arqueológico bajo el agua. En sus estudios lo llegaba a mencionar como “La Pirámide Sumergida de Yonaguni” –YUP–. Para él la prueba más clara se encontraba en las marcas de cantería, que indicaban cómo algunos cortes en la estructura habían sido intencionados, y cómo esa estructura de piedra había sido adaptada por el hombre.

¿Qué era aquello? ¿Y de qué época? Las respuestas parecían diluirse entre diversas teorías. El Dr. Kimura estableció algunas comparaciones de la estructura de Yonaguni con los antiguos gusukus o castillos de reino Ryukyu que dominó esas islas. ¿Podría ser una especie de “protogusuku”?

Y en cuanto al periodo de realización, inicialmente se mencionaron las fechas del 10 al 12.000 a.C., momento en el que las aguas se encontraban unos 30 m por debajo del nivel actual, y cuando esa estructura –actualmente en unos 27 m de profundidad– se encontraría sobre la superficie. Retrotraerse tanto en el tiempo sólo erizaba el pelo aún más a la comunidad científica.

Kimura, enfrentándose a la incredulidad, profundizó en su hipótesis, refiriendo que podía haber ocurrido un importante seísmo que hizo que una plataforma de la costa sur de la isla se desprendiera y quedara inundada hace unos 4.000 años. Sea como fuera, en ese febrero de 2014 me sumergí en las profundidades del mar de Yonaguni, en el “Nirai Kanai” –mítico reino donde se origina toda vida y morada del dragón rey del mar– de los ryukyenses, de donde proviene la vida y a donde ésta va a parar. Era la primera vez que un español documentaba el lugar.

La isla es lugar de paso de grandes bancos de tiburones martillo y tuve la gran suerte de volar bajo el agua junto a decenas de estos “guardianes” de la estructura. La estructura principal, de unos 200 m de lado y una altura de 27, es habitualmente explorada desde su cara oeste hacia el este. Es en el lado occidental donde aparecen las terrazas y estructuras más nítidas y poco a poco parece que va perdiendo nitidez, como un monumento incompleto.

Busqué detenidamente esas marcas de cantería que indicaba el profesor Kimura y parecían estar allí. Pero éste, lejos de quedarse atrás en su investigación, continuó tratando de consolidar su teoría y me habló de Chatan, en la costa norte de Okinawa; decía haber hallado algo que podría dar sentido a la formación de Yonaguni. Según el japonés, había encontrado una formación similar, con diferentes estancias, y con lo que podría ser una especie de tumba.

Si esto fuera así, la teoría de Kimura no sólo cobraría fuerza, sino que al no tratarse de un elemento aislado, se convertiría en una sólida hipótesis acerca de los asentamientos más antiguos de las islas de Japón. Tuvieron que pasar tres años para que, al hilo del rodaje de la serie “La Búsqueda de Diego Cortijo” para Movistar, me planteara de nuevo abordar este misterio.

Yo no era ni mucho menos un científico o arqueólogo para poder rebatir o detectar algo en esa formación nipona. Era vital abordar el asunto con un especialista, un arqueólogo subacuático. Y aquí es donde entra el Dr. Claudio Lozano, quien se ha pasado toda su vida enfundado en trajes de buzo, explorando las profundidades y a quien conocí a través de un famoso reportaje de National Geographic. Viajé a Sevilla y le presenté los datos iniciales. El Doctor Lozano no lo dudó y aceptó el reto.

EXPLORACIÓN EN YONAGUNI (CLAUDIO)
Durante las horas de lectura y viajes, siempre me he detenido en los relatos alegóricos, las fantasías y las geografías imposibles; pero el paso definitivo para abordar con solvencia este tipo de retos consiste en que, además de asumir la aventura, dotemos al proceso de exploración del espacio que la ciencia precisa, para que la explicación racional cristalice, y transcienda de la literatura o de las figuras del pensamiento a una solidez científica que no deja de ser desafiante.

El punto de partida consistió en realizar un estudio y evaluación de todos los trabajos científicos previamente realizados en Yonaguni y sometidos a la crítica científica; y paralelamente, la realización de una investigación propia, presencial, con técnicas de registro arqueológico. Para cualquier investigación y especialmente aquellas que tratan temas controvertidos, es importante la recopilación de datos de primera mano y el análisis crítico de las fuentes más fidedignas.

Las sorpresas llegaron con estos primeros pasos: la geología y mineralogía de la zona de Yonaguni son bien conocidas, con publicaciones muy completas desde 1987; y los estudios científicos realizados sobre la estructura geológica demostraban que estuvo en un momento adosada a un acantilado, que se fracturó y basculó posteriormente, adquiriendo la ubicación y orientación que posee hoy día. Pero los datos científicos eran cada vez más sólidos.

Se documentaban arqueológica, geológica y biológicamente unas conexiones terrestres entre los actuales Japón insular, la China continental y el archipiélago Ryukyu; algunos de esos puentes de conexión de las islas con el continente perduraron hasta el final de la Glaciación Würm –hace unos 10.000 años–, hecho demostrable por las pruebas de Carbono 14 realizadas en huesos de grandes mamíferos, y probándose que el último de esos puentes con el continente desapareció hace unos 25.000 años. Toda esta investigación, unida al análisis de las estalactitas que se encontraron adosadas a la estructura sumergida de Yonaguni, definía con solvencia la paleogeografía y la cronología de las islas Ryukyu.

Y así lo publicó el Dr. Kimura en el año 2000. Pero, ¿por qué todos estos estudios parecían no avalar la hipótesis inicial del Dr. Kimura a pesar de la contundencia de las publicaciones? ¿Por qué la estructura de Iseki Point había caído en el descrédito de las geografías imposibles? La única respuesta posible pasaba por desplazarse a Japón, tener una larga conversación con el Dr. Kimura y realizar nuestra propia prospección sobre la estructura sumergida. Okinawa, y su capital, Naha, lejos quedaban de su esplendor comercial marítimo del periodo Ryukyu.

La inefable batalla de Okinawa de 1945 se saldó con más de un cuarto de millón de muertos, marcando para siempre el destino de la isla. Ahora, convertida en la base del Pacífico del ejército de los EEUU, mantiene una importante presencia de norteamericanos en la isla. El profesor Kimura vivía retirado en Okinawa, en la ciudad de Nanjo. La conversación con éste fue larga, rica en detalles y nos permitió formular todas nuestras preguntas.

Las prospecciones realizadas con medios geofísicos y las inmersiones corroboraban la presencia de la mano del hombre en la estructura; es decir, era efectivamente una estructura geológica modificada por el hombre. Y he aquí el primer error que pudimos advertir: desde 1985, se presentó al público una estructura geológica modificada por humanos como una estructura totalmente realizada por el hombre, asimilándose como una “pirámide”, lo que constituye cosas muy distintas.

Este descubrimiento, tuvo ese hándicap desde el principio en su divulgación internacional. Desde ese momento, la estructura se presentó como la “Atlántida de Oriente”, apareció en numerosos medios como un lugar misterioso con una explicación fantasiosa y exagerada, tanto para la opinión pública como para la comunidad científica. Tuvimos la oportunidad de mantener una valiosa conversación con un arqueólogo subacuático en Okinawa, el Dr. Katagiri, que subrayó dos aspectos importantes bajo su punto de vista como científico. El primero es que lo de Yonaguni no era en absoluto una estructura en la que estuviera presente la mano del hombre, y también reconocía que ningún arqueólogo subacuático japonés había publicado nada que contradijera los estudios publicados por el Dr. Kimura, y lo más sorprendente, ningún arqueólogo subacuático japonés había estudiado en primera persona la estructura de Yonaguni. La situación hablaba por sí misma.

El Dr. Kimura defendía la evidencia arqueológica de la mano del hombre a gran escala en la estructura y a pequeña escala en numerosos puntos de la roca. No obstante, estos dos procesos se combinaban con algunos sectores erosionados en la roca que bien pudieran ser procesos geológicos naturales. Es decir, la roca, además de la modificación humana, presenta una erosión natural que también ha cambiado parte de su fisonomía. Otro elemento de distorsión a la hora de explicar el sitio.

Si bien la visión total de la estructura muestra la existencia de la mano del hombre y la aparente creación de canales y decantaciones para la circulación del agua, una cosa muy diferente es la posible manufactura de pequeños objetos en piedra o el hallazgo de marcas sin conexión aparente en la roca, como las que realizó y fotografió el descubridor de la formación, el buceador Kihachiro Aratake. Este tipo de debates, que mezclan ópticas y escalas diferentes, suelen teñir de descrédito numerosos hallazgos arqueológicos.

En ocasiones, nos encontramos ante elementos monumentales que tienen la morfología y la explicación del proceso de adaptación humana de un elemento geológico, pero desgraciadamente, a su vez, carecemos de más elementos en el registro arqueológico hallados que certifiquen totalmente su origen humano –cerámicas, huesos, enterramientos, etc…–. Aquí también detectamos cierta manipulación a la hora de divulgar el hallazgo, y podemos tacharlo de no ser cien por cien arqueológico ante la ausencia de un registro más completo que refrende el hallazgo. Podemos afirmar que no tenemos suficientes datos, pero eso no invalida el hallazgo.

A pesar de la falta de un mayor número de evidencias arqueológicas en el entorno, teníamos las pruebas geológicas de su transformación, la existencia de un puente con tierra firme, la evidencia de que esa estructura estuvo en el pasado emergida, la morfología que indicaba una adaptación hidráulica de la roca. Todos estos elementos nos conducían a pensar que teníamos más probabilidades de estar delante de una civilización del IV milenio a.C. –de la que nada conocemos y de la que no hemos tenido muchas oportunidades de obtener un mayor y mejor detallado registro arqueológico; recordemos que sólo el equipo de Kimura realizó campañas científicas–, más que de un capricho de la naturaleza.

De Okinawa tomamos de nuevo un avión con destino, esta vez sí, a Yonaguni. Iseki Point o el “punto de las ruinas”, se encuentra en la cara sur de la isla, y a nuestra llegada el temporal azotaba fuertemente en esa dirección, lo que nos hizo temer que no iba ser ni mucho menos fácil aproximarnos a la estructura. Con bastantes dificultades, tras el desarrollo de una serie de inmersiones en la zona, pudimos concluir una serie de mediciones y de compilación de evidencias arqueológicas que verificaban la regularidad de los cortes en la roca y se podían apreciar con claridad las “marcas de cantería” que nos indicó el Dr. Kimura y el trabajo sobre la roca que habíamos podido leer en sus publicaciones y que nos había narrado en persona. Podíamos concluir, inicialmente, que la mano humana había estado implicada en dicha estructura subacuática. La ciencia nos indica que el hábitat en las diferentes islas se documenta desde el Pleistoceno, hace unos 30.000 años. Las oleadas migratorias de cazadores recolectores se sucedieron en las diferentes islas gracias a esos “puentes” que desde el Norte, el Sur y el Oeste unían el actual archipiélago con el continente.

Las migraciones durante el periodo Jomon se suceden entre el 14.000 y el 1.000 antes de Cristo, pero no es hasta el siglo XII de nuestra era cuándo se evidencia el uso de la agricultura en el archipiélago Ryukyu. Si los grupos de cazadores-recolectores se adentraron en los pasos desde el continente hacia las actuales islas Ryukyu, a través del estrecho de Tokara, en búsqueda de cérvidos, como demuestra el registro arqueológico; no obstante, y he aquí lo más interesante, se produce una clara ausencia de localización de sitios arqueológicos en las islas que nos permitan seguir una continuidad de la presencia de grupos humanos, es decir, un paréntesis desde el 14.000 hasta llegar al 5.000 a.C., dónde se evidencia un cambio climático que estabiliza los bosques y, sobre todo, se detiene la subida del nivel del mar, lo que activa de nuevo el proceso de migración y colonización entre las islas.

Los estudios paleobiológicos, que nos permiten reconstruir la cubierta forestal de aquella época, y los más recientes estudios genéticos de los esqueletos hallados, demuestran sin lugar a dudas el paréntesis entre las oleadas migratorias de finales del Pleistoceno y las poblaciones posteriores al final de la glaciación Würm. Y hay algo más. Los grupos humanos más antiguos que llegaron al archipiélago, no presentan ninguna afinidad genómica con los grupos humanos Jomon que colonizaron el archipiélago Ryukyu en las oleadas más tardías y que vinieron del Norte. Entonces, ¿qué culturas habitaron el archipiélago desde el 5.000 a.C? En líneas generales, la arqueología ha bautizado a estos grupos humanos con el nombre de la zona y el apelativo de “montículo de conchas”, conocidos en la arqueología española como “concheros”.

Lo interesante del proceso de colonización de estos grupos humanos es que no sigue un patrón desde el Norte como habría de esperarse, y la ocupación de geografías estratégicas que provean de acceso a buenos puertos y recursos marinos explotables. En lugar de un proceso de migración continuo y sostenido desde el Norte, se evidencian oleadas sucesivas y periodos de adaptación tanto en la costa como en el interior. La particularidad de Yonaguni es que es la isla situada más al Sur de todo el archipiélago, la más alejada, y los estudios filológicos muestran que no sólo tiene un idioma propio, sino que además el archipiélago Ryukyu presenta particularidades lingüísticas propias, fruto del pulso de su propia evolución respecto a las islas mayores de Japón.

Éste es el panorama que envuelve un auténtico misterio, denostado por una parte de escépticos pero no negado por la ciencia, un lugar verdaderamente remoto que deja la puerta abierta a seguir realizando más y mejores expediciones que nos permitan obtener los datos que poco a poco nos conduzcan al conocimiento de grupos humanos de los que nada conocemos, a solventar los vacíos en la historia de los pueblos que ahora pueden rellenarse con datos de culturas que yacen bajo las aguas. Yonaguni no es una pirámide, no es la Atlántida de Oriente, pero tampoco es sólo una formación geológica, no es un capricho de la naturaleza observado y presentado con ojos de fantasía. Yonaguni es un reto científico de primer orden, es una de las muchas pruebas de que no todo está dicho en la historia de la humanidad sin contar con lo que hay bajo las aguas. Es un misterio remoto, desafiante y bello que quizás algún día sea desvelado.

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