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Resurrección en Giza... ¡mediante el sonido!

Lunes 11 de Febrero, 2019
¿Para qué tantas cámaras, galerías y conductos? Investigaciones vinculan la extraordinaria Gran Pirámide con una enorme máquina acústica diseñada para la resurrección del faraón. Por Samuel García Barrajón
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Hace casi cinco mil años, los faraones Keops, Kefrén y Micerinos, todos ellos pertenecientes a la IV dinastía del Imperio Antiguo de Egipto, construyeron sendos monumentos con forma piramidal. Si bien nunca se encontraron sus momias en el interior, el carácter funerario de estos edificios resulta incontestable. Las tres grandes pirámides de Giza fueron diseñadas como la última morada para estos reyes, el lugar desde donde, según sus creencias, accederían al más allá, a una nueva vida después de la muerte.

En aquella época, construir pirámides para tal fin estaba de moda, era el último grito. Incluso Esnofru, padre de Keops, se marcó un sorprendente triplete llegando a construir para sí mismo tres de estas superestructuras, que nada tienen que envidiar a las de sus sucesores.

Y es que los reyes de la IV dinastía disfrutaban de los mayores privilegios, gozaron de un poder político que nunca más se volvería a ver, lo que les permitió emprender proyectos arquitectónicos inalcanzables para el resto de los mortales. No en vano, por aquellos tiempos, el faraón estaba considerado un dios en la Tierra. Cosa que invita a imaginar el calado de los sentimientos despertados por su figura entre el pueblo y la inmensa capacidad de reunir trabajadores para sus objetivos personales: uno de ellos el levantamiento de pirámides.

LABERINTO EN PIEDRA
Sin duda, la Gran Pirámide de Keops es la más laberíntica de todas. En su seno nos aguardan cámaras y pasajes entrecruzados. Por una parte y debido a su complejidad, el interior causa sorpresa y admiración al visitante. Por otra, lo intrincado del diseño, capaz de fatigar al más hábil de los contorsionistas, provoca una creciente incomodidad.

Y es que los llamados «canales», pasajes que conectan las distintas cámaras y que no superan los 1,20 metros de altura, hacen que el desplazamiento por el interior de la pirámide se convierta en una auténtica odisea, cuando no en una tortura. La razón principal es que resulta imposible caminar erguido mientras los transitas.

DEMASIADAS MOLESTIAS
Es muy llamativo que usaran estas medidas en concreto, pues parece evidente que haber utilizado otras más «cómodas» hubiese facilitado y mucho las tareas de construcción. Este detalle, sumado a la insólita ubicación de las cámaras y al peculiar diseño de algunas de ellas, se presta a que las preguntas broten automáticamente.

¿Por qué los constructores de la pirámide de Keops se empeñarían en complicarse la vida con este planteamiento, si manejarse por su interior, tanto antes como después de finalizar la obra, resulta de lo más complicado?

Por supuesto, existe una explicación: la música. Una función que ha pasado inadvertida porque no hemos sabido «escuchar» a la propia pirámide. Como apuntaba anteriormente, las pirámides poseen un marcado carácter funerario, pero otra cosa es el objetivo concreto perseguido al concebirla con unas dimensiones internas tan particulares.

Y es que, en la actualidad, ni siquiera se accede a la Gran Pirámide por su entrada original, ubicada en la cara sur. Sirve de acceso una especie de cueva que se cree fue excavada por el califa Al Mamun en el siglo IX.

Pero, en cualquier caso, a través de los distintos canales que conforman el entramado del itinerario se puede acceder a las diferentes cámaras.  Dos de ellas destacan por la fenomenología que allí se produce. Me refiero a la Cámara del Rey y la Gran Galería, asentadas en la  parte más alta, al final del trayecto. Ambas son la llave que destapa el enigma y hacen «sonar» literalmente dicha construcción.

Entre la vasta totalidad de los comentarios de aquellos que se maravillan ante las peculiaridades de la pirámide de Keops, hay uno que se repite. Es una constante entre los viajeros, investigadores y cualquier otra clase de visitante que se acerquen hasta allí, pero sobre todo por los entendidos en música: «Esta pirámide posee una acústica especial».

De hecho, su  interior resuena como un diapasón, vibrando en tonos determinados. Fascinado por esa propiedad,  incluso el músico internacional Paul Horn se atrevió a grabar un disco desde lo más profundo, en  el corazón mismo de la Gran Pirámide. De título Inside the Great  Pyramid, está compuesto a base de melodías relajantes tocadas  con flauta travesera. El recientemente fallecido Horn, cuyo trabajo  resultó precursor del sonido New Age, dejó boquiabierto al mundo con su grabación irrepetible, allá por 1976, sacándole el máximo partido a las espectaculares propiedades acústicas con las que se  había dotado a este monumento faraónico durante su construcción. Mas la cosa no termina ahí. 

Desde el siglo XVI tenemos varios testimonios por escrito que una y otra vez reportan las mismas cualidades musicales, haciendo especial hincapié en el efecto sonoro que produce golpear el sarcófago dispuesto en la Cámara del Rey. Este cofre de granito rojo suena como una campana cuando se golpea a conciencia con un  martillo u otro objeto contunden- te. Jean Palerme, Proper Alpin,  Pietro Della Valle o Melton, son sólo algunos de los nombres de aquellos que en su día visitaron Giza y apuntaron tal portento entre sus notas de viaje.

CÁMARA DE RESONANCIA 
Los fenómenos acústicos descritos se producen porque así tuvo que ser planificado desde el inicio, antes de la construcción del edificio sagrado; no hay otra alternativa posible. Con el diseño tan enrevesado que presentan los pasajes internos que atraviesan la pirámide, se buscó deliberadamente reproducir, modular y favorecer dichas resonancias.

Este tipo de detalles jamás se habrían dejado al azar en el Antiguo Egipto. Nada de lo que allí ocurrió fue producto de la casualidad.

Así pues, la cuestión es determinar cómo y para qué aprovecharon esta cualidad acústica. De otro modo, ¿por qué habrían de dotar a la pirámide de Keops con esas propiedades si el único objetivo del monumento era que sirviera de tumba para el faraón? Sin duda, se trataría de un derroche de esfuerzos e ingenio absolutamente baldíos. Resulta evidente que la clave está en averiguar para qué contruyeron un edificio de tal magnitud y dotado con las mencionadas propiedades acústicas.

El sentido común inclina a creer que si a una construcción se le han concedido cualidades musicales, será para sacar partido de ellas. Es por eso que la pirámide de Keops habría sido concebida –al menos en parte– a modo de «megainstrumento» musical de viento, en un alarde de ingenio por fusionar música y arquitectura. Desde luego, los egipcios del  Reino Antiguo estaban bien capacitados para ello y la Gran Pirámide  es la mejor muestra. Música, arquitectura, escultura, pintura, astronomía... frecuentemente se presentan como fundidas en la misma cultura.

DANDO LA NOTA 
La condición acústica de la pirámide de Keops se revela al visitante de forma clara en la Cámara del Rey, el culmen de la estructura, donde cualquier ruido que provenga desde más allá de su entrada se  percibe ampliado. Allí se condensa el sonido de algún modo, por eso adquiere especial importancia también la Gran Galería que precede a esta sala.

Debido a su geometría, la Gran Galería es la culpable de generar dicho efecto acústico, pues su disposición modula y amplifica cualquier sonido que la atraviese. Se trata de un enorme pasaje ascendente con 47 metros de longitud por 8 de altura. Sus paredes, verticales pero escalonadas, conforman una falsa bóveda por aproximación de las hiladas. 

Las investigaciones de Christopher Dunn pusieron de manifiesto que la pirámide actuaría como una inmensa caja de resonancia, comportándose como un gran instrumento musical o resonador, capaz incluso de generar y acumular energía. Una energía de origen acústico que se modularía al pasar por la Gran Galería para terminar de concentrarse en la siguiente estancia, la Cámara del Rey.

Además, hay motivos suficientes para creer que los constructores sabían muy  bien lo que hacían, porque, anteriormente, una estructura casi idéntica ya se había materializado con éxito en la Pirámide Roja de Dashur, una de las tres levantadas años antes por el progenitor de Keops, Snefru.

Con todo, si regresamos por un momento a la Cámara del Rey, nos toparemos con otras pruebas muy significativas, pues sus «conductos de ventilación», que la comunican con la fachada, representan el elemento decisivo. Se trata de dos diminutos canales cuadrados de 20 x 20 cms presumiblemente pensados para conducir aire hacia afuera... ¡aire que salía cargado de sonido!

Tal es así, que actualmente estos conductos incluyen en su entrada unos modernos ventiladores para airear el monumento y combatir problemas de humedad. En consecuencia, el lugar donde se intensifica el sonido dispone de dos salidas hacia el exterior, por donde pueden escapar los sonidos ya modulados. Curioso, cuanto menos, es que uno de los conductos se dirige al norte, hacia el Delta, y el otro está encarado al sur y, por extensión, al Alto Egipto. El diseño del interior de la Gran Pirámide, pues, evidencia que en algún momento se utilizó a modo  de un insólito artilugio o instrumento de viento gigantesco.

DESDE UN SATÉLITE
El mismo Dunn deja claro que la energía –acústica en este caso– generada en el interior de la Gran Pirámide escaparía al exterior desde la Cámara del Rey, canalizada en forma de haz por los pequeños conductos de ventilación. Su tesis plantea además que, mediante un satélite orbital diseñado para tal fin, y colocado en una ubicación determinada, se podrían captar las emanaciones de energía una vez alcanzaran el espacio atravesando la atmósfera, ya que los canales apuntan al cielo.

Después y desde el satélite, apuntando a un lugar concreto, sería posible mandar una especie de rayo cargado de energía casi a cualquier lugar de  nuestro planeta, para ser reutilizada a gusto del consumidor.  No obstante, resulta llamativo que dichos canales apunten a un área específica del firmamento...

El también ingeniero y egiptólogo Robert Bauval ya nos puso sobre aviso en 1994, cuando publicó su libro más representativo, El misterio de Orión, cuyos argumentos alcanzaron gran repercusión. Bauval afirmaba que existe una relación directa entre el emplazamiento de las tres grandes pirámides de Giza y la ubicación de las tres estrellas centrales del Cinturón de Orión. Una condición buscada a propósito por los constructores de los  monumentos. Porque al orientar las pirámides hacia estas estrellas, estarían facilitando el paso de  los faraones a una vida después de la muerte, de acuerdo a la religión del Antiguo Egipto.

HACIA LAS ESTRELLAS
Los estudios de Bauval, además, revelaron que los «canales de ventilación» apuntan directamente a las estrellas. Pero no a cualquier estrella, sino a dos regiones estelares muy importantes cara a materializar con éxito la resurrección de los faraones en el más allá. 

Una es la citada constelación de Orión y la otra la zona de las constelaciones boreales a las que los  astrónomos egipcios tachaban de inmortales, de ahí que las llamaran «estrellas imperecederas» –ya que nunca se ponen bajo el horizonte–.

Ambos emplazamientos resultan cruciales, pues se corresponden con los dos únicos puntos de la Duat o mundo celestial donde los faraones renacían transformados en estrella, según declaran los textos de las pirámides.

Considerando todo lo expuesto, podemos concluir que, al activar la Gran Pirámide y hacerla sonar debidamente, ésta emitiría un haz de energía acústica en dirección a las estrellas donde renacería el faraón muerto. Pero... ¿sería posible que esta especie de ondas llevaran consigo el alma de Keops para alcanzar su destino estelar en la nueva vida?

A juzgar por los  datos examinados,  ésa era la intención del propio Keops y de sus allegados. Como buen egipcio que era, el faraón no creía en la muerte, solamente se trataba de un tránsito hacia el más allá. La vida no era más que un entrenamiento para el mundo celestial que le estaba esperando en las estrellas. 

Tras la muerte del faraón, empezarían toda una serie de rituales de enterramiento y resurrección cuyo momento culminante tendría lugar dentro de la Gran Pirámide. Primero, se momificaría el cuerpo, y luego, en su despedida, se practicarían los ritos pertinentes con el deseo de revivir al faraón desde el último lugar que ocuparía su cuerpo en este plano: la cámara funeraria; la Cámara del Rey en el caso de Keops.

Algunos conjuros y fórmulas mágicas del Antiguo Egipto empleados para devolver el rey a la vida han llegado hasta nuestros días a través de los textos de las pirámides. Otros similares y derivados de los anteriores, como el ritual de «la apertura de la boca» o  la «fórmula de las cuatro antorchas», se han conservado íntegros en el conocido Libro de los muertos, texto que asegura tajantemente que dichos encantamientos son auténticos y efectivos.

Esta especie de hechizos eran entonados durante la ceremonia de resurrección por sacerdotes y magos. Las fórmulas comenzaban a recitarse una vez que el difunto había sido depositado en la cámara funeraria, prolongándose la liturgia a lo largo de la noche y hasta la llegada del amanecer. Los sacerdotes se ocupaban de las súplicas mientras los magos procedían con sus sortilegios más poderosos. 

El contenido exacto del encantamiento se mantenía en el más  absoluto de los secretos, ya que si el misterio se hubiese difundido, su poder mágico sería quebrantado y se perdería. Cuando un mago pasaba sus conocimientos a otro, le advertía:

«En cuanto a esta fórmula, nadie debe verla, nadie puede conocerla. ¡No la reveles al común de los mortales!».

Los magos egipcios solían vanagloriarse de la eficacia de sus conjuros y la magia de sus palabras. A decir verdad, el mago actuante tenía que poseer una voz apropiada, además de entonar la fórmula de forma correcta y hacerlo en el momento indicado. Sólo así funcionaría, produciendo el resultado esperado. O lo que es igual: con un buen mago que supiese oficiar, la superación de la muerte y el renacimiento en el otro lado estaban garantizados para el faraón.

Pero, por lo visto, Keops no quiso que la cosa se quedara sólo en palabras. Si con la ayuda de los sacerdotes y los magos iba a alcanzar la inmortalidad transformado en estrella, también tenía que encontrar un método de transporte adecuado, una conexión directa con la Duat. Y qué mejor que dotar a su última morada con un mecanismo que pudiese propulsarlo hacia las alturas como el que se viene describiendo en este artículo.

No sabemos si fue con cantos o sonidos especiales, tocando instrumentos musicales o simplemente haciendo correr el aire  por el interior de los pasadizos y cámaras de la Gran Pirámide de determinada manera... Pero, habiéndose construido con dicho propósito, los sacerdotes y magos egipcios encargados de ponerla en marcha, no tuvieron otra que usarla en una ocasión especial. 

Seguro que la hicieron sonar durante el entierro y despedida del faraón, en mitad de los rituales y conjuros que le transportarían a su nuevo destino. Así debió ser cómo el rey  se hizo notar en el más allá, mientras le abrían paso en la nueva vida por la puerta grande. 

Con total seguridad, un musicólogo o arquitecto versado en  construcciones con propiedades acústicas terminaría de afinar la nota definitiva tras efectuar las mediciones pertinentes. Mas si nos ceñimos únicamente al legado de los antiguos egipcios y al simbolismo ancestral implícito en sus manifestaciones culturales, cuando meditamos sobre la Gran Pirámide y el tipo de sonido que ésta emitiría, la melodía se revela por sí sola. 

Se trata de un acorde que encaja perfectamente con la mentalidad de los antiguos habitantes del país del Nilo, forma de ser que hemos de tener presente si no queremos desatinar con el contexto. Y es que si por un momento  resucitáramos a uno de sus grandes sabios para que nos ilustrara al respecto, nos regalaría valiosas palabras que casi se pueden oír en este preciso instante:

«Al principio de los tiempos nada existía aparte del No Engendrado. Éste, un día, tomando la forma de oca, se convirtió en el Gran Graznador y emitió el graznido primigenio, la vibración que creó todo lo existente».

ECOS DE LA CREACIÓN
Visto así, todo lo que existe es vibración: el graznido de la oca primordial o el fruto de la palabra creadora del gran Dios y arquitecto del  universo. Toda la creación es obra de este peculiar Big Bang egipcio.

¿Qué mejor manera para resucitar a un faraón divino que hacerlo entonando el sonido que configuró todo lo que existe?

Además, no son pocas las veces que la oca aparece ligada a la muerte y al renacimiento en la religión de los habitantes del Valle del Nilo. Por ejemplo, en el ya citado Libro de los Muertos se da fe de que el recién fallecido debe ser bautizado en el Lago de la Oca antes de presentarse ante los dioses en el más allá.

Y en otras fórmulas funerarias el alma del rey muerto convertida en Oca volaba también hasta ese mismo lugar, que ya sabemos detrás de qué estrellas se esconde. La mejor forma de resucitar que tenía Keops desde su pirámide era a través de este sonido primigenio que se identificaba con el graznido de una oca.

Durante los ritos funerarios, los sacerdotes se habían encargado de resucitar y revivir su espíritu, al mismo tiempo que ponían en funcionamiento los mecanismos acústicos presentes en la Gran Pirámide. El alma de Keops, en compañía de aquel canto de oca producido allí mismo, terminaría saliendo disparada por los canales de la Cámara del Rey, envuelta en un haz de energía y rumbo a  su nuevo hogar en el firmamento. Una sinfonía digna del más  grande de los faraones que, quién sabe, acaso le permitió viajar «físicamente» al más allá, justo al  lugar donde se convertiría en estrella para toda la eternidad junto a Orión y las Imperecederas.  Y es que «cuando la Gran Pirámide suena, el alma del poderoso Keops se lleva»...

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