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Viaje a los misterios de Creta

Lunes 01 de Enero, 2007
La antigua tradición mitológica situó en la isla algunos de sus episodios más destacados y significativos, como el nacimiento de Zeus o el rapto de la princesa Europa por parte de éste, quien se transformó en un hermoso y resplandeciente toro para seducirla y llevarla desde las playas de Tiro o Sidón hasta Creta.
También aquí se desarrolla la célebre leyenda del laberinto y el Minotauro, relato a caballo entre la historia y el mito, en el cual aparecen personajes como la bella Ariadna, el legendario rey Minos, el héroe ateniense Teseo y el temible minotauro, todos ellos envueltos en las redes del simbólico dédalo.

En torno a Creta existen bastantes islotes y en algunos de ellos el misterio se encuentra presente. Algunos estudios sobre La Odisea identifican la pequeña isla de Gadvos como la mítica Oguiguia, la isla de Calipso, donde la ninfa agasajó y dio hospitalidad a Ulises (u Odiseo) durante siete años.

Según indican los registros arqueológicos, Creta estuvo habitada desde los albores del periodo neolítico. De hecho, los vestigios que han llegado hasta nosotros de sus primeros pobladores tienen casi diez mil años de antigüedad. En aquella temprana época comenzaron ya a hacerse patentes los primeros enigmas de la isla. ¿Quiénes fueron sus primeros pobladores? ¿Cómo llegó a forjarse, más de 4.000 años antes de Cristo, una cultura tan refinada como la minoica? Quizá las respuestas se encuentren en las innumerables cuevas y grutas que posee la isla, lugares que, desde la más remota antigüedad, han sido escenario de rituales en honor a la Diosa Madre.

No es de extrañar que los primigenios pobladores de Creta convirtieran aquellas impresionantes cuevas en los primeros santuarios del Mediterráneo. Los hallazgos de pequeños ídolos femeninos esteatopigios (de nalgas exageradas), así como varios tipos de exvotos, documentan la existencia de un culto profundo y ancestral hacia una Diosa Madre, proveedora de fertilidad y abundancia. Su veneración, aunque adaptada a las nuevas creencias, perduraría en sucesivos periodos, convirtiéndose en la divinidad principal del Mar Egeo. A partir de la invasión y llegada de los aqueos a la isla, hacia el 1400 o 1350 a. C., la antigua y refinada cultura minoica –junto con su ancestral legado matriarcal– comenzó a desdibujarse, hasta desaparecer casi por completo. Esa transformación cultual y cosmogónica, promovida por los sacerdotes y gobernantes de los pueblos del continente (aqueos, dorios y jonios), regidores de una cultura patriarcal, llevó a la conversión de la morada de la Gran Diosa en el útero donde fue gestado Zeus, ejemplo de la importancia de Creta en la formación y orígenes de la cultura helenística. En la isla hay dos cuevas que se disputan el honor de haber sido el lugar donde fue concebido Zeus. La primera es la cueva de Ido, en las montañas denominadas Oros Idi, cerca de la cumbre Psilotiris. La otra candidata es la cueva Psichro o Psihro, situada cerca de la localidad del mismo nombre, en la meseta de Lasithi, a los pies de la montaña Oros Dikti. Ambas grutas son de dimensiones gigantescas y durante las excavaciones arqueológicas allí realizadas se encontraron innumerables objetos relacionados con ofrendas, sacrificios y misteriosos ritos.

Creta atesora un patrimonio histórico rico y vibrante. En la isla se superponen, unas sobre otras, casi todas las civilizaciones que han pasado por el Mediterráneo y, actualmente, sigue siendo una caja de sorpresas a nivel arqueológico, puesto que cada cierto tiempo salen a la luz nuevos emplazamientos minoicos, cementerios ancestrales, ciudadelas dorias, ruinas griegas y romanas, iglesias paleocristianas y un sinfín de estatuas, ánforas, herramientas, cerámicas y utensilios varios..


La llegada del cristianismo

Tras la desaparición del Imperio Romano surgió en el oriente mediterráneo la cultura cristiana bizantina. Así, Creta pasó a formar parte de la órbita de Constantinopla, la actual Estambul. El periodo bizantino fue largo y complejo, extendiéndose durante más de diez siglos y configurando, en gran medida, la idiosincrasia cretense contemporánea. Monasterios y pequeñas iglesias sazonan la geografía de la isla, aportando al paisaje, tanto urbano como rural, una belleza mágica y particular. Curiosamente, a pesar de haber sido invadida por pueblos musulmanes en distintas épocas, Creta es hoy uno de los lugares de la geografía griega en donde la tradición religiosa ortodoxa, surgida a principios del siglo XI, se encuentra mas férreamente arraigada.

El cristianismo llegó a la isla en el siglo I gracias a Omega Tito –o san Tito–, un discípulo de san Pablo que se instaló en la ciudad de Gortis (Gortina), a la sazón capital de las provincias romanas de Creta y Cirenaica (Libia). Allí comenzó la expansión de la fe cristiana por la isla. Posteriormente, hacia el siglo VII, se erigió en dicha localidad una basílica paleocristiana que lleva el nombre del santo. Los cretenses, gentes muy ligadas a su instinto ancestral, sienten una veneración especial por Panagia, la Virgen María. Incluso una extendida creencia alude a la aparición de la Virgen en la batalla entre los cretenses y los invasores turcos.

En la isla existen varios templos consagrados al culto mariano, en los que se guardan viejos iconos bizantinos y pinturas murales cargadas de motivos religiosos.Como en otros muchos países católicos, a algunas de estas joyas del arte bizantino la tradición les atribuye poderes milagrosos, como la capacidad de curar u originar sucesos sobrenaturales. Uno de los lugares vinculado al culto a la Madre es el monasterio de Panagia Faneromeni, situado en una zona alejada y misteriosa, cerca de los montes Oros Dikti. Hoy abre sus puertas al publico sólo durante unas cuantas horas, ya que apenas quedan monjes. Según la leyenda, el milagroso icono bizantino que allí se encuentra fue hallado casualmente en una cueva por unos campesinos, quienes lo trasladaron al monasterio. Por desgracia, un día el icono desapareció y, por más que lo buscaron, nadie conseguía dar con su paradero. Tiempo después, alguien entró en la cueva donde había sido encontrado y, para su sorpresa, allí estaba la imagen. A raíz de este relato, Panagia convirtió en una de las vírgenes patronas de Creta y el monasterio en un importante centro de peregrinación mariana.

Iglesias, capillas y reliquias

Otro misterioso lugar es la iglesia consagrada a Panagia Kera (la Virgen Blanca como la cera), igualmente relacionada con milagros y sucesos de carácter místico. Este templo conserva en su interior unos hermosos frescos bizantinos, pintados en su mayoría por autores anónimos de la Escuela de Macedonia durante los siglos XIV y XV. Las pinturas de la bóveda y la nave central son obra de otros artistas pertenecientes a la Escuela Cretense, de cuyo particular estilo pictórico bebieron dos famosos maestros isleños: Miguel Damaskinos y su discípulo, Domenico Theotocopoulos, más conocido como El Greco. En el caso de la capilla dedicada a Panagia Kera, el autentico milagro es que la mayoría de los frescos sobrevivieran indemnes a la ocupación turco-otomana de la isla. Las pinturas nos revelan variados motivos de carácter gnóstico-religioso, ilustrados con escenas sobrecogedoras y difíciles de interpretar, las cuales se prestan al escrutinio y análisis por expertos en simbología. Abarcan desde temas escatológicos a martirios de condenados al infierno, representaciones del Cristo Pantocrátor en su gloria o la propia Virgen María, pasando por escenas de pasajes bíblicos y curiosidades bizantino-ortodoxas.

Otros monasterios de Creta están dedicados a Jesucristo, como el de Préveli. En éste, los sucesos sobrenaturales se asocian con una reliquia del siglo XVIII conocida como el «Jesús Crucificado» –un exquisito trabajo de oro y plata laminada–, venerada por los fieles y que, según la tradición, ha provocado innumerables curaciones milagrosas.

La ocupación por la «Serenísima República de Venecia» de Creta durante más de cuatro siglos, entre 1212 y 1669, apenas modificó la idiosincrasia popular. Los venecianos, más interesados en alianzas políticas y comerciales que en la guerra y el exterminio, convivieron de manera relativamente pacifica con los cretenses durante su dominio, respetando las costumbres del lugar. Es más, ambas naciones participaron juntas en heróicas batallas contra los turcos. No se sabe exactamente por qué razón, casi todas las fortalezas y edificios de origen veneciano que hay en Creta están rodeados de un curioso halo de misterio. En el llamado Francocastello (o Frangokastelo), ubicado en la costa suroeste de la isla, se produce un fascinante «fenómeno paranormal»: las drosoulitas. Esta palabra deriva de drosula, que en griego significa «neblina», «brumas de la mañana» o «sombras del rocío». Todas las primaveras, entre los meses de mayo y junio, se levanta frente a la costa del Francocastello, a primera hora de la mañana, una especie de cortina de humo que avanza desde la playa que hay enfrente de la fortaleza hasta el mar, para después difuminarse lentamente entre el horizonte y el oleaje. Esta bruma crea un caprichoso y singular efecto óptico que atrae la atención de quienes lo contemplan, suscitando dudas sobre el origen y significado de las sugerentes formas producidas por la misteriosa neblina. Figuras humanas, barcos, jinetes y otras curiosas siluetas parecen surgir del vapor de las brumas, contorneándose y entremezclándose unas con otras en una especie de danza fantasmagórica. Este atractivo fenómeno es muy conocido en Creta, y es raro encontrar a algún isleño que no haya oído hablar de él. Para muchos, las drosoulitas están relacionadas con unos sangrientos sucesos acaecidos una primavera a finales del siglo XVII, cuando los venecianos, asediados por la flota turca, intentaron escapar por mar. Los turcos salieron a su paso, cortándoles el paso y masacrando a todos los venecianos justo frente a Francocastello, a unos cien metros de la orilla.

Por contra, los escépticos relacionan las drosoulitas con cuestiones geofísicas y meteorológicas. Los científicos hablan de humedad o de cambios de presión atmosférica durante la primavera, explicando así el origen de las caprichosas formas brumosas. Uno de los últimos investigadores en documentar el fenómeno fue el periodista y escritor griego Thanassis Yapijakis, quien presenció el suceso durante varios días consecutivos. Otro testigo de excepción fue el famoso escritor cretense, ya fallecido, Nikos Kazantzakis, autor de la novela Zorba el griego, obra llevada al cine y protagonizada por el conocido actor Anthony Quinn. Kazantzakis rememora en un pasaje de otro de sus libros, Viajando por China y Japón, el fenómeno de las drosoutitas, que tuvo la oportunidad de presenciar no en Creta, sino en la costa japonesa.

La isla de los leprosos

Si hemos de seleccionar el lugar más misterioso e Creta, éste es la isla de Spinalonga. Los extraños sucesos allí acaecidos, constatados por decenas de personas, han comenzado a atraer a estudiosos de toda Europa. Antes de relatar los fenómenos paranormales que suceden en la isla, es preciso pararnos por unos momentos en su sangrienta historia, pues posiblemente ambos hechos tengan relación.

Spinalonga es una pequeña y hermosa isla, situada en el noroeste Creta, que hace de «tapón» a la bahía de Elounda, antiquísima población cuya rada ya fue usada como fondeadero desde tiempos minoicos. En el siglo XIII los venecianos comenzaron a amarrar su flota en esta bahía y años después convirtieron Spinalonga en una de las fortalezas más poderosas del Mediterráneo oriental. La pequeña isla se erigió en un inexpugnable bastión, codiciado por todas las potencias de la época. Pero a partir del siglo XV la presión del Imperio Otomano se hizo insoportable para los venecianos y Creta fue cayendo poco a poco bajo el yugo turco. Sin embargo, Spinalonga se resistía a claudicar y sus sólidas murallas soportaban los ataques, algunos de ellos protagonizados por el corsario Barbarroja. En 1669 casi toda Creta había sido conquistada y los venecianos finalmente perdieron el control de la isla. La guarnición de Spinalonga, temiendo un trágico final, propuso a los turcos un pacto que consistía en entregar la fortaleza a cambio de salvar sus vidas y tener vía libre para regresar a Venecia. En principio aceptaron el trato, pero cuando las tropas venecianas entregaron la isla, los turcos las masacraron sin piedad.

Décadas después, la resistencia cretense persistía en su empeño de no claudicar y seguía luchando para liberar la isla de la opresión otomana. En medio de un caos de muerte y destrucción, Spinalonga fue escenario de terribles sucesos, como torturas, asesinatos, violaciones y todo tipo de aberrantes vejaciones. Las crónicas nos relatan cómo los turcos arrasaron una aldea e hicieron prisioneros a los supervivientes, trasladándolos a Spinalonga. Una vez allí, castraron a los hombres y después los degollaron ante sus mujeres e hijos. Fue tanta la sangre vertida al mar que las aguas de la bahía se tiñeron de rojo durante varios días.

A finales del siglo XIX el Imperio Otomano comenzaba a agonizar, mientras que el movimiento heleno, junto con la resistencia cretense, avanzaba sin descanso en la invasión de la isla. La situación había cambiado totalmente, pues entonces eran los turcos quienes se resistían a abandonar Spinalonga. Pero éstos contaban con un poderoso aliado: Francia, que mantenía buenas relaciones con los turcos y solía enviar algún navío de su armada para reforzar las posiciones otomanas, lo que dificultaba enormemente la recuperación de la fortaleza. Entonces la resistencia cretense ideó un macabro plan, que consistía en enviar hacia Spinalonga a los leprosos que habitaban las cuevas de los acantilados de Plaka, una pequeña aldea pesquera. Entre 1890 y 1893, ante el temor de contagiarse de la temible lepra, los turcos abandonaron el lugar. A partir de aquel momento, Spinalonga se convirtió en «la isla de los leprosos».

Asumido el control de Creta por los helenos, las autoridades parecieron olvidarse de la fortaleza y de sus nuevos inquilinos. Es más, se permitió el envío de enfermos de lepra desde toda Creta, otras zonas de Grecia y también desde algunos países de Europa. Durante casi todo el siglo XX, Spinalonga protagonizó uno de los pasajes más patéticos de la historia contemporánea, convirtiéndose en la única isla de leprosos que ha existido en Europa hasta fechas tan recientes. Allí se hacinaron, aislados del mundo y sin apenas asistencia de ningún tipo, decenas de enfermos. En 1965 las autoridades griegas pusieron fin a aquella inhumana situación, dispersando por diversos hospitales de Creta a los últimos supervivientes del leprosario.

Los fantasmas de la fortaleza

Para el guía turístico y escritor Victor Zorbas, investigar los sucesos aquí relatados y sacar a la luz el verdadero drama que padecieron los leprosos en aquel lugar se convirtió en una misión trascendente de marcado carácter espiritual. Este hombre, nacido en Rodas en el seno de una familia judía, fue uno de los pioneros en la programación de excursiones turísticas a la isla. Desde su primera visita a la fortaleza, Zorbas sintió una misteriosa e inexplicable atracción por aquellos viejos murallones. Atracción que finalmente se convirtió en obsesión tras convertirse en testigo de extraños e inquietantes fenómenos.

En una ocasión, dos turistas británicos le dijeron a Zorbas que se habían topado con un extraño hombre de aspecto desaliñado y ataviado con un sayón marrón, que decía llamarse Marmakis. Éste salió del patio de una vivienda medio derruida y aseguró que aquella era su casa. El misterioso hombre ya había sido visto por otros turistas, lo que despertó la curiosidad del guía, puesto que quienes relataban estos sucesos nunca habían estado antes en el lugar y nada sabían de su historia. Zorbas decidió comenzar entonces una exhaustiva investigación. Revisó algunos documentos alusivos a las personas fallecidas en la isla durante los tiempos del leprosario y halló que un tal Marmakis, oriundo de la localidad de Aghios Nikolaos, contrajo la lepra y falleció en Spinalonga hacia 1920. ¿Deambulaba el espectro de Marmakis entre los muros de la que fue su antigua morada?
En otra excursión a la isla de los leprosos, una mujer belga sufrió un ataque de pánico que alertó a Zorbas, quien en aquel momento ejercía de guía del grupo. Al parecer, una presencia invisible parecía empujarla e impedirle el paso mientras caminaba. Este curioso fenómeno se repitió posteriormente en varias ocasiones. De hecho, en los años siguientes a la apertura y conversión de la isla en una zona arqueológica destinada al turismo, se documentaron decenas de casos de naturaleza paranormal.

Una día, Zorbas acudió a Spinalonga acompañado por un escritor y periodista británico, quien a raíz de esa visita comenzó a tener extrañas pesadillas que se repitieron durante varias noches. En ellas, el británico parecía revivir una vida pasada como leproso, al mismo tiempo que tenía la sensación de haber muerto en la isla. Cada vez que acompañaba a Zorbas, se quedaba sumido en un doloroso estado de angustia depresiva. Al final decidió abandonar Creta, para no regresar jamás. El origen de sus recurrentes pesadillas y la posible relación de éstas con una hipotética vida anterior como leproso quedaron sin explicar. ¿Experimentó una regresión inconsciente a una vida anterior o sólo fue victima de una autosugestión provocada por el ambiente del lugar y sus particulares circunstancias históricas?
Pero no sólo las personas se ven afectadas por la misteriosa «energía» que emana de Spinalonga. Parece que ésta también afecta a los relojes de los visitantes, puesto que varias personas, incluido el propio Victor, han podido comprobar cómo a veces los relojes dejan de funcionar.

Por casualidades de la vida, Zorbas conoció a un pariente de uno de los últimos supervivientes de lepra en Spinalonga. De este modo dio comienzo una apasionante investigación que sacó a la luz terribles hechos que nadie quería recordar. En un barrio periférico de Heraklion, la capital de Creta, Zorbas localizó a Zervoyannis, uno de los últimos leprosos en abandonar Spinalonga, quien aceptó viajar con el investigador a la isla para relatarle in situ las terribles condiciones de vida que sufrieron los enfermos. Según el relato de Zervoyannis, los leprosos comenzaron a recibir las primeras asistencias en 1939, porque un médico de Aghios Nicolaos contrajo la enfermedad y se instaló en la isla junto a un sacerdote llamado Padre Manolis. Entre ambos llegaron a construir un pequeño hospital y una capilla.

Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, los nazis ocuparon Creta. Es entonces cuando aparece por Spinalonga un médico y oficial alemán muy interesado en investigar la lepra. Impresionado por las miserables condiciones en las que se encontraban los «habitantes» de la isla, decidió instalarse en el lugar junto a una enfermera. El médico era el doctor Seeger, un hombre excepcional que, en su obsesión por ayudar a los leprosos, llegó a secuestrar un barco de la Cruz Roja para repartir el cargamento entre los enfermos.

Una vez finalizadas sus pesquisas, Victor Zorbas publicó un libro, Spinalonga, la isla de los malditos, en el que narra con detalle estos sucesos. El investigador, durante el transcurso de una entrevista, me ofreció la posibilidad de acompañarle a Spinalonga, invitación que acepté gustosamente. A medida que nos íbamos acercando al lugar crecía mi intranquilidad. Y una vez en tierra cualquiera con un mínimo de sensibilidad es capaz de percibir el «pesado» influjo del lugar. Caminando entre sus callejones y murallas, uno se sorprende de la dimensión del recinto fortificado y de la soledad e inquietud que se respira. En el arco de la entrada principal de Spinalonga se puede leer en latín: «¡Oh vosotros los que entráis en este lugar, abandonad toda esperanza!». La frase –grabada por las tropas venecianas que ocuparon en su momento la isla– pertenece a un fragmento de la Divina Comedia de Dante, concretamente al pasaje que narra la llegada de los protagonistas ante las puertas del infierno.

Laguna con misterio

Otro lugar extraño es el lago marítimo de Aghios Nikolaos. En la costa de la bahía, la profundidad de las aguas apenas supera los diez metros y, sin embargo, en el lago parece infinita. Cuando la Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin, los alemanes que ocupaban la zona oriental de Creta –ante la inminente derrota– decidieron arrojar allí toda su artillería pesada para evitar que cayera en manos de los aliados. Recientemente, un grupo de investigadores decidió bucear en sus aguas para buscar los restos del armamento y de una embarcación pesquera que también se había hundido en esas aguas. La sorpresa del equipo llegó cuando comprobaron que el fondo de la laguna se transforma en un inmenso agujero abisal y pantanoso que se traga todo lo que cae en su interior. Por supuesto, no hallaron ni la embarcación ni restos de armas.
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