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El baúl del muerto

Viernes 02 de Noviembre, 2018
El fenómeno de la transcomunicación instrumental es sin duda uno de los comodines más usados por parte de los buscadores o experimentadores de aquello que catalogamos como sobrenatural o que escapa a nuestra comprensión. Nuestro último viaje así lo atestigua… Fede Padial

Desde aquellas famosas grabaciones de Friedrich Jürgenson, el fenómeno parafónico se ha mantenido vivo y parece haberse ido adaptando a las nuevas tecnologías: grabadoras de cinta abierta, de cassette, digitales, etcétera. Cualquier aparato susceptible de recoger registros sonoros ha servido de medio para tratar de captar esas voces que hoy continúan siendo un enigma.

Hoy contaremos una historia que nos remonta varios años atrás y en la cual captamos una de esas voces que de alguna manera parece estar relacionada con el enclave. Para ello nos dirigimos al paraje de Calañas en Huelva, donde se encuentra el abandonado complejo minero de La Torerera, un auténtico pueblo fantasma y una red de túneles por las que perderse camino de otro tiempo.

Es en 1911, cuando la Unión Española de Explosivos, a través de su filial GEINCO, se interesa por una mina de pirita en la zona de Calañas. Los trabajos de extracción se suceden desde 1925 a 1931, resurgiendo la actividad en los años cuarenta con la construcción de de una fábrica de explosivos subterránea que se mantiene vigente hasta la década de los setenta.

La vida en la mina es dura, y los accidentes se suceden de forma irremediable:

–En 1945 fallece Diego F. C., en el pozo de “la lenta”.

–A primeros de 1950, una explosión en el departamento de nitrificación destroza por completo las instalaciones. –Otra accidente similar acaba con la vida de dos obreros a mitad de esa misma década.

–Un mecánico muere atrapado por un torno en otro de los talleres subterráneos, mientras se suceden accidentes en el proceso de estabilización de la nitroglicerina, al no estar mecanizado, el transporte manual de la nitro no permitía ningún fallo.

–El incidente más tristemente recordado fue el acaecido un 8 de agosto, a las siete menos cuarto de la mañana, cuando el taller número ocho de cartuchería explota, cobrándose la vida de seis mujeres. Recuerdos de dolor que sin duda impregnan sus túneles y depósitos todavía hoy.

EL DESPOBLADO DE LA TORERERA
Abandonado en la década de los 60, forma parte del complejo minero; entre sus desoladas calles engullidas por la vegetación encontramos los restos de la casa-dirección, las oficinas, escuela, su hotel para los ingenieros forasteros, la derruida ermita de Santa Bárbara y su espléndido casino, testigos de un ayer en el que el paso inexorable del tiempo ha tornado el gris de la piedra en verde.

Diseminadas por toda la montaña encontramos los restos de las viviendas de las cerca de 1.000 personas que llegaron a habitar lo que fue prácticamente un pueblo; no podemos dejar de imaginar el poblado en plena actividad, los niños recorriendo sus callejas, los ingenieros con sus carpetas y los operarios dirigiéndose al casino tras una dura jornada de trabajo, imágenes que se tornan fantasmales al caer la noche, cuando la oscuridad y el silencio se apoderan de sus desdibujados edificios.

Un lugar que cautiva y sobrecoje por igual, ideal para los amantes del pasado y de las caminatas campestres. Curiosamente, parece haber una extraña relación entre avistamientos de fenómenos aéreos y las cuencas mineras, y ésta no iba a ser menos; son numerosos los avistamientos recojidos por los investigadores onubenses, incluso se han referido casos del estrambótico “chupacabras”, algo bastante inusual en la Península ibérica y que aquí recibió eco.

EXPERIMENTACIÓN
Si bien hemos realizado alguna experiencia de trascomunicación en el despoblado, nuestra atención se centró desde el primer momento en el complejo de túneles y talleres de la mina. Tras unas primeras incursiones de mapeado de galerías y depósitos, y comprobar posibles puntos de caídas a varias alturas –la seguridad debe de ser la premisa de cualquier visita de esta índole–, y esquivando las nutridas colonias de murciélagos que anidan en su interior, decidimos marcar diferentes puntos que llamaron nuestra atención y en los cuales fuimos realizando las diversas experiencias, encaminadas a intentar recoger en nuestros dispositivos esas “voces” que parecen haber quedado impresas en el tiempo o que en alguna ocasión, incluso, da la sensación de que tratan de interactuar con el investigador.

Nuestra primera sorpresa fue una experiencia de “voz directa” mientras desplegábamos los diferentes aparatos de audio. El grupo entero, compuesto por cuatro personas, se giró a la vez ante lo que parecían gritos de alguien que no debería estar allí. Al momento, paramos toda actividad buscando al responsable y, ante nuestro asombro, nos encontrábamos solos en aquel laberíntico complejo. A día de hoy no podemos dar una respuesta a aquel fenómeno.

En el total silencio de las galerías y salas realizamos consecutivas sesiones parafónicas, creando un arco de seguridad en las diversas entradas con sensores sonoros de movimiento para evitar la contaminación por parte de algun animal o persona. Tras el estudio de las grabaciones, y de haber descartado los sonidos producidos por murciélagos y la propia tierra, los resultados no se hicieron esperar: las palabras “ayuda” y “corre” fueron registradas por las grabadoras, palabras arquetipo en las incursiones sonoras y que parecen ser un clásico de las parafonías, muy acordes con el lugar y su largo historial de trágicos accidentes.

Sin embargo, se registró algo que nos dejó perplejos; ante la típica pregunta tipo, “hay alguien aquí”, una voz clara con soniquete casi cómico pareció responder: “yo soy el muerto”.

Aquel registro junto a otro en el cual identificábamos como unos pasos metálicos, fueron una obsesión que nos llevó a visitar aquel entramado subterráneo en muchas otras ocasiones y con diversos grupos de experimentadores, sin que consiguiéramos volver a registrar aquella voz perfectamente audible que se presentaba como “el muerto”.

Lo recóndito del enclave hace que tengamos pocos compañeros que dispongan de material para contrastar resultados obtenidos, sin embargo, hace poco tiempo el investigador onubense Alfonso Manuel Sánchez, con el que compartía una charla sobre este registro, me aportó un dato que habíamos pasado por alto: la noticia recogida en prensa del hallazgo en agosto de 1999 del cadáver de un hombre de entre 35 y 50 años metido en un baúl, en alto estado de descomposición, por parte de un grupo de excursionistas en el interior de la citada mina. Junto al cuerpo se halló también una prótesis correspondiente a la pierna izquierda del cadáver.

¿Conseguimos registrar la voz de aquel cadáver con prótesis metálica? ¿O todo fué fruto de una pareidolia sonora? Sin duda, sólo “el muerto” lo sabe.

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