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El mesón embrujado

Jueves 22 de Marzo, 2018
Un restaurante cordobés es el epicentro de fenómenos poltergeist y apariciones. Su dueño cuando vio el local histórico lo rescató del traspaso, pero en cuanto empezaron las obras se sucedieron extraños sucesos que acabarían con el descubrimiento de huesas humanos y un mapa.

Llevaban sólo unos días de reformas en el local. Enrique estaba trabajando en el patio, mientras algunas personas de su confianza se encargaban de otras estancias. En cierto momento, necesitó un producto de la cocina y, al entrar, encontró a la compañera que estaba limpiando con la cara desencajada. Al verlo, ésta rompió a llorar y se lanzó a sus brazos, confesándole que estaba muy asustada. La chica le dijo que acababa de escuchar unos pasos a sus espaldas.

Había sentido cómo alguien se le aproximaba hasta tres veces. Pero cada vez que se giraba, no encontraba a nadie. Tras convencerla de que no abandonara su puesto, el equipo continuó trabajando hasta el día de la inauguración, sin sospechar lo que les esperaba.

La apertura del local al público, lejos de calmar la situación, la agravó. Cuando una camarera quiso coger un tenedor que estaba sobre la barra, este se deslizó súbitamente unos dos metros, como si hubiera sido arrastrado por un potente imán. Otro día, los botes de las especias, que se encontraban bien colocados y organizados en una estantería, cayeron al suelo a la vez.

IMPACTANTES EFECTOS FÍSICOS

Después de cada jornada, todos los cocineros y camareros tenían la costumbre de reunirse en el patio exterior para cenar juntos. Una noche, después de compartir una viandas, volvieron a la cocina y se encontraron un bote de alioli casero volcado sobre la mesa, con todo su contenido desparramado. Para provocar tal desaguisado había que apretar con fuerza el bote de plástico que lo contenía. En otra ocasión, durante una de esas cenas al aire libre, todo el equipo escuchó un estruendo que provenía del interior del local. Instantes después comprobaron que el sonido era consecuencia de la caída de una bandeja repleta de cubiertos, que instantes antes se encontraba depositada sobre una mesa totalmente plana.

Una noche, el camarero Javier Morillo estaba recogiendo las mesas antes de cerrar. Agarró un plato –una resistente pieza de Duralex– y, de repente, estalló en mil pedazos. Algunos días después le tocó abrir el mesón por la tarde. Aprovechando que todavía no había clientes, se puso a preparar unas tapas en la cocina.

Acto seguido decidió acercarse a la nevera a por cierto condimento, cuando comprobó atónito que un abridor que estaba colgado por una cadena al grifo de la cerveza, se balanceaba con enorme virulencia. Y así permaneció durante más de un minuto…

Entre la zona de la cocina y el salón donde se sientan los comensales hay una rampa de madera. Cada vez que alguien pasa por la misma, provoca un potente y característico sonido. Una tarde, Santiago Aranda, uno de los camareros, abrió el local y se dispuso a sacar las mesas al patio, momento en el que escuchó el inconfundible ruido que hacía la rampa. Se asomó al interior, pero no vio a ningún compañero. Comenzó a inquietarse porque pensó que podía haberse colado algún extraño, así que examinó hasta el último rincón del mesón, comprobando que estaba completamente vacío. Con el susto en el cuerpo, volvió a salir al patio para continuar con su labor, pero al minuto escuchó otra vez el característico sonido. De nuevo penetró en el salón y repitió la inspección, igualmente sin resultado. El hecho volvió a repetirse una tercera vez, pero Santiago decidió no actuar.

COMIENZA LA INVESTIGACIÓN

La cantidad de personas que se han enfrentado a situaciones inexplicables en el mesón El Condesito es asombrosa. Por ejemplo, la cocinera Lidia Barea escuchó silbidos con el mesón vacío, y el gerente, Enrique Fernández, se ha topado con lo insólito en varias ocasiones. Sobre todo por las noches, cuando le toca cerrar el negocio. Los interruptores están junto a la barra, por lo que después de cada jornada tiene que apagar todas las luces desde allí, y luego iluminarse con la linterna del móvil hasta alcanzar la salida. Un día, después de dejarlo todo a oscuras, al pasar junto a la barra, un escalofrío recorrió su cuerpo desde la nuca hasta los tobillos, y la impresión de que alguien le estaba mirando se apoderó de él. Salió corriendo sin mirar atrás, dejándose abiertas las puertas del local.

Como otras muchas, esta investigación surgió por aparente casualidad. Me encontraba junto a mi amigo José Alberto Chastang haciendo pesquisas sobre los fenómenos paranormales que ocurrían en un antiguo y misterioso edificio cordobés que se estaba rehabilitando. Volvíamos de fotografiar el pequeño cementerio privado de dicha construcción, cuando uno de los operarios que participaba en las obras de restauración nos reconoció.

Sabía que nos dedicamos al periodismo del misterio y no tardó en abordarnos: «¿Todavía no habéis investigado el mesón El Condesito de mi pueblo?», nos dijo. Tras intercambiar con él unas palabras, nos facilitó algunas pistas adicionales: «El mesón es conocido en todo el Valle de los Pedroches porque allí ocurren cosas extrañas».

El siguiente paso era tirar del hilo y descubrir qué había de cierto en esa sugerente afirmación. Inmediatamente llamé al teléfono del restaurante y concerté una cita con su gerente. En paralelo, mi compañero José Alberto contactó con los integrantes del programa radiofónico local Informe Misterio, quienes ya conocían el caso. Avanzando por estas dos vías, finalmente José Alberto y yo conseguimos reunirnos con Enrique Fernández, el gerente del local, y dos de los miembros de Informe Misterio: Adrián Aranda y su hermano Santiago.

Tras las presentaciones pertinentes, tuve ocasión de recorrer el rehabilitado edificio con la cámara y el cuaderno de campo, mientras Enrique compartía con nosotros los sucesos de origen supuestamente paranormal que sus trabajadores habían protagonizado desde que se hizo con las riendas del negocio.

Frente a la entrada pude observar la puerta de la cocina y la barra del bar. Según nos contaron, el suelo, ajedrezado y muy desgastado, era el original de finales del siglo XVIII. Mi primera impresión fue que me encontraba en un mesón tradicional, muy similar al resto de los que se pueden hallar por la zona. Pero esta idea inicial iba cambiando a medida que avanzaba en mi recorrido.

SONIDOS Y PRESENCIAS

En las pequeñas puertas de madera repintada pude observar extraños grafitis que debían llevar ahí varias décadas. A continuación atravesé un pasillo, cuya solería era diferente, de color anaranjado.

Sobre la misma destacaban unas manchas oscuras, posibles huellas de un incendio, y ciertas marcas que llamaron mi atención, tales como cruces, rectángulos e incluso una «W». Me dijeron que se trataba de «un tablero de tres en raya que habían grabado los presos en el suelo para matar el tiempo». ¿Presos? Efectivamente, el sitio es una caja de sorpresas. Durante los años cuarenta del siglo pasado, el edificio era una cárcel.

Seguimos nuestra ronda de reconocimiento bajando por la rampa de madera que hacía un sonido bastante brusco al pisarla. Así llegamos hasta un enorme salón repleto de sillas de madera y mesas con los típicos manteles blancos y verdes. A la izquierda, tras una verja metálica negra, se abrían unas estancias que bien podrían haber sido la zona de los funcionarios de la antigua prisión.

Durante esta toma de contacto también averiguamos que los encuentros con lo desconocido, lejos de formar parte del pasado, habían continuado produciéndose hasta pocos días antes de nuestra llegada. Por ejemplo, nos informaron que esa misma semana, mientras el cocinero Ismael Medina preparaba una de las últimas comandas de la noche, escuchó un extraño «bip».

Inmediatamente, tanto él como la compañera que fregaba los platos se giraron, comprobando que el sonido provenía del microondas, el cual acababa de encenderse solo y programarse durante una hora. Extrañado, Ismael se aproximó al aparato, que se apagó de repente.

EL DESCUBRIMIENTO

También nos dijeron que algunos clientes mostraban un comportamiento raro, como si hubieran sido testigos de algún suceso inexplicable. Eso le ocurrió a una pareja. Javier Morillo, el camarero antes mencionado, se acercó a ellos porque se dio cuenta de que la mujer estaba muy pálida. Con mucha educación les preguntó si ocurría algo, y ellos únicamente respondieron que debían marcharse porque sentían una potente energía que no les permitía continuar allí ni un minuto más.

Durante la visita al mesón, me separé del grupo por unos minutos. Quería respirar en soledad aquel ambiente mágico y tan cargado de historia. Observé las diferentes estancias y pasillos, examinando con detenimiento las huellas que un pasado tan agitado dejó grabadas por todos sus rincones. Entonces volví a fijarme en el suelo, concretamente en aquellas marcas que supuestamente habían trazado los presos para jugar.

Y uno de esos símbolos llamó poderosamente mi atención: esa «X» no era una simple cruz, sino que tenía una especie de escalones en su parte inferior. Junto a la misma estaba ese cuadrado que a su vez contenía otro. La principal teoría era que se trataba de una especie de tablero de tres en raya, pero entonces vi claro que probablemente no era así. Con la cara iluminada, pregunté a nuestros anfitriones hinojoseños si a día de hoy existe algún calvario en el pueblo, y me indicaron la ubicación de dos, uno al norte y otro al sur. A continuación, quise saber si cerca de alguno de ellos había una plaza rectangular, pero la respuesta fue negativa. Un poco decepcionado, volví a bajar la cabeza hacia esos enigmáticos grabados. Entonces sucedió. Al alzar la mirada, vi colgada en la pared la fotografía aérea de una bomba cayendo sobre el pueblo en 1936, durante la Guerra Civil española (1936-1939).

La descolgamos y la colocamos en el suelo junto a la extraña cruz y a los rectángulos concéntricos. Para asombro de todos los que en un momento nos congregamos a su alrededor, mis sospechas se confirmaron: junto a uno de los calvarios que todavía existen, en 1936 había una plaza rectangular desaparecida en la actualidad.

UN MAPA EN PIEDRA

El entusiasmo nos invadió a todos. Rápidamente, a partir de ese calvario y esa plazuela, comenzamos a identificar el resto de símbolos que se encontraban dispersos por el suelo con distintos elementos representativos del pueblo, hoy ya inexistentes. Tras mover un barril y retirar parte del mobiliario, descubrimos que había incluso más signos. Durante un lapso de tiempo realmente emocionante, entre todos averiguamos que el rectángulo representaba un convento, la flecha marcaba una dirección, las dos líneas paralelas un camino y la «W» invertida simbolizaba la cordillera montañosa situada al norte del municipio. Una vez que todos los símbolos estaban descifrados, dimos un par de pasos hacia atrás para obtener una visión global del criptograma, y llegamos a una fascinante conclusión: lo que teníamos delante no era ningún pasatiempo. Se trataba, más bien, de un gigantesco mapa que había permanecido ahí, grabado en el suelo y bajo los pies de cientos de personas, durante más de medio siglo, sin que nadie hasta ahora se hubiera percatado de su presencia.

A día de hoy desconocemos qué oculta. ¿Señala una vía de escape para un plan de fuga de los presos? ¿O el emplazamiento donde un forajido escondió su botín antes de ser encarcelado?

En las próximas semanas, mis compañeros y yo tomaremos picos y palas e iremos al campo, al lugar exacto que indica el mapa. Encontremos o no «el tesoro», será una aventura digna de ser contada. Seguiremos informando.

 

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