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Sorte: el lado salvaje del misterio

Martes 23 de Mayo, 2017
Nos adentramos en la recóndita y peligrosa región donde nació la magia venezolana.
JACQUES FLETCHER

En el estado de Yaracuy, distrito Chivacoa, a 260 kilómetros de Caracas, se encuentra la Montaña de Sorte, el lugar donde la leyenda sitúa la morada de María Lionza, considerada una reina o diosa por los venezolanos, quienes conjugan en torno a este personaje creencias católicas, indígenas y africanas. Es tal la confusión que existe tanto acerca de su origen como sobre su realidad misma, que pese a defenderse su naturaleza indígena, se la representa como a una mujer blanca. Aunque no existe documentación histórica alguna que avale su existencia real, sí proliferan multitud de teorías sobre el surgimiento del mito, tantas que es difícil quedarse con una. Lo que sí es cierto es que, desde principios del siglo XX, a María Lionza se le otorgó un estatus de divinidad, por lo cual es venerada en Venezuela.

Podríamos decir que su culto es la fusión y mestizaje de las culturas indígenas, africanas y españolas comunes en el país, puesto que María Lionza, como he dicho, nace primero como una doncella indiana y termina como diosa caucásica. Sea como fuere, alrededor de Lionza se ha amalgamado una especie de rito a la manera espírita (no en vano, Alan Kardeck está hoy presente en muchos rituales de Sorte), conformando un corpus sólido de creencias que se ha consolidado con la apariencia de una verdadera liturgia.

LAS TRES POTENCIAS DE MARÍA LIONZA
María Lionza no está sola en el panteón de Sorte, pues se acompaña de otras «deidades» que integran su culto: el cacique Guaicaipuro y el Negro Felipe, que fue soldado durante las guerras de Independencia de Venezuela. Así las cosas, estas «Tres Potencias » organizan unas «Cortes» espirituales y jerárquicas que tienen diferentes órdenes y finalidades.

Entre ellas, destacan la Corte Celestial (los santos católicos); la Corte Indígena (caciques indianos); la Corte Negra (esclavos y brujos negros); la Corte Libertadora (los que lucharon contra la corona española, entre ellos, el propio Simón Bolívar); la Corte Malandra (delincuentes conocidos como la chama Isabel o Luis Sánchez); la Corte Médica (encabezada por José Gregorio Hernández y otros galenos conocidos en el país); la Corte de las Ánimas (compuesta por ánimas milagrosas venezolanas); la Corte Chamarrera (surtida de brujos de diferente orden); la Corte de los Juanes (del folclore venezolano, como Don Juan del Tabaco o Don Juan de las Cruces), y una infinidad de cortes de menor rango como la Egipcia, la Bruja, etc. Asumiendo este peculiar organigrama, nos podemos hacer una idea más o menos clara del compromiso doctrinario al que nos veremos expuestos.

Para acceder al lugar concreto de Sorte donde se llevan a cabo los rituales, se requieren buenos contactos, pero también ánimo y una voluntad firme, pues lo que allí sucede no es para tomárselo a la ligera. De hecho, ir solo representa asumir varios riesgos, entre ellos el de no regresar jamás. Porque aunque la gente acude a Sorte para sanar el espíritu o buscando la cura de las más diversas enfermedades físicas o no, alrededor del santuario se urden otras componendas que no resultan benefactoras, pese a lo cual quise conocerlas.

LA MONTAÑA DEL MILAGRO
El camino que lleva a Sorte es polvoriento y tortuoso y, a medida que avanzamos, vamos encontrándonos con pequeños puestos donde se venden refrescos, comida o distintos objetos para el culto. Al llegar al paso principal, nos topamos con altares de todo tipo, incluido el templo principal de «La Reina». Yo venía acompañado de dos sacerdotisas de diferente rango que me hacían de guía y, además, intervenían por mí cuando era necesario. Aquí, en este punto, y antes de entrar en la selva y la montaña propiamente dicha, fue donde conocí a Bolivita, un minusválido que vive en el mismo Sorte y que me refirió su extraordinaria historia. Bolivita vive en la montaña desde que María Lionza le salvó la vida. Siendo un muchacho (hoy tendrá unos 70 años), este simpático y devoto hombrecillo tuvo la mala fortuna de caer al río Yaracuy, rompiéndose las piernas. Braceó todo lo que pudo, pero con las extremidades destrozadas la corriente se lo llevaba y estuvo a punto de ahogarse. Fue entonces cuando ocurrió el milagro y sintió unos protectores brazos que lo sujetaban por las axilas y lo levantaban en el aire. Miró hacia arriba y vio lo que él me dijo enfáticamente era la diosa María Lionza.

Lo transportó hasta la orilla, donde lo depositó cuidadosamente, evaporándose a continuación. Bolivita la venera con auténtico fervor y consagra sus días a su fe, a pesar de carecer de pies, pues el accidente le dejó mutilado de por vida. Para él, su experiencia es una prueba clara de la existencia del espíritu del Sorte y la Madre Naturaleza representados como María Lionza.

Desde este sitio, pasadas las numerosas tiendas y altares con sus velas encendidas en honor a las deidades principales que se diseminan por todas partes, debíamos seguir a pie y adentrarnos en la tupida selva que envuelve la montaña con una floresta exuberante. Allí se encuentra el despeñadero donde nace el río Yaracuy, en cuyas aguas vemos una multitud dándose baños y abluciones sanadoras –que ellos llaman «despojos»– con varios chamanes como oficiantes. Por doquier oímos gritos, oraciones y cánticos estridentes. Los tambores resuenan en el espacio con un eco tribal y primitivo… y, de repente, una explosión descomunal se escucha a lo lejos. 

Lee el reportaje completo en el nº318 de la revista AÑO CERO

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