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Saber la verdad

Jueves 20 de Abril, 2017
Saber la verdad

La estadística de sucesos suele ser fría. Imaginamos que, de lo contrario, quienes se dedican a analizar datos y s datos, si no lograsen ese aislamiento emocional, no podrían vivir con el equilibrio mental que todos necesitamos. Baste decir que al cabo del año se producen en España más de diez mil desapariciones; el pasado 2016 casi quince mil. Nuestros Cuerpos de Seguridad del Estado, al cabo de los meses, logran resolver el 70% de los casos. Y pasado el año, aproximadamente el 95%. Pero hay un porcentaje que no es resuelto; no hay pista, móvil o razón que las justifique. La única certeza es que de sus protagonistas no se vuelve a saber.

En nuestro historial hay casos tristemente célebres como el del «niño pintor de Málaga», David Guerrero, o Juan Pedro Martínez, «el niño de Somosierra». Con estos y otros sucesos es evidente que se han de aplicar todas las medidas posibles para intentar resolverlos. ¿Es por tanto criticable que la Policía acuda –o escuche– a personas que supuestamente poseen estas capacidades extrasensoriales?

En el Reino Unido, por ejemplo, la Policía Metropolitana de Londres no muestra complejos a la hora de consultar a psíquicos para resolver casos que se atascan ad aeternum. Porque el objetivo es dar paz  a los familiares, pero también a las  víctimas. En España no aceptamos esta opción, quizás porque hemos asistido a sonados «fracasos» como el de Anabel Segura. Para el autor del reportaje de portada, «la participación de los videntes en el caso Segura fue patética». Fue situada viva en lugares como Cuenca o Vigo, cuando llevaba semanas enterrada en Toledo.

Sucesos así generan rechazo y polémica. Pero, como en cualquier otro ámbito, no conviene generalizar. Porque existen personas con dichas capacidades, que, incluso, en un porcentaje pequeño, pueden controlar. Pero no hacen ruido; no son célebres; rechazan los flashes y los espectáculos televisivos. Sus «poderes» son extraordinarios porque, al contrario de lo que pretenden hacer ver los «televidentes», no son ordinarios. Si fuera así, ¿quiénes somos para juzgar a los que pretenden resolver casos irresolubles? Es interesante ponerse, lejanamente, en la piel del familiar de un asesinado, de un secuestrado… y preguntarse si no haríamos lo imposible para saber la verdad.

 

Puedes encontrar esta editorial en el número 322 de la revista AÑO/CERO.

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