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Todos queremos más

Viernes 01 de Septiembre, 2006
Los medios informativos se han hecho eco de dos serpientes de verano espaciales que no han despertado mayor conmoción en una opinión pública cada vez más adormecida: La Unión Astronómica Internacional ha propuesto una definición de planeta, según la cual nuestro sistema solar contaría con doce de estos cuerpos. Y un científico ha denunciado la desaparición de las grabaciones en vídeo originales de la llegada del hombre a la Luna, lo que ha hecho suponer a algunos medios que esto apoyaría la teoría según la cual la llegada a la Luna fue un montaje.

Si los conspiranoicos apenas se han hecho eco de esta última sospecha, seguramente es porque los supuestos conspiradores no ganarían demasiado con la desaparición de dichas imágenes y, por el contrario, aumentarían las sospechas. Más sencillo sería pensar en la simple ineficacia burocrática o que alguien en la NASA intenta llamar la atención sobre su falta de medios y aumentar su presupuesto. Un motivo similar nos permitiría entender –en opinión de algunos malpensados– por qué ahora los astrónomos se deciden a ampliar la nómina de planetas solares, de forma arbitraria, cuando algunos colegas suyos llevaban décadas anunciando la existencia de éstos y otros cuerpos celestes: buscarían la atención mundial y mayor financiación para unas investigaciones sin aplicaciones prácticas, algo difícil en una sociedad tan utilitarista como la nuestra.

En el fondo, nada criticable, nada que la mayoría de nosotros no pretendamos: todos queremos más y más y mucho más, por encima de todo y de todos.

Las reservas de agua potable son cada vez menores y más contaminadas, al igual que los mares, pero seguimos derrochándolas y ensuciándolas de mil y un modos. Como los vertidos accidentales de ese petróleo que consumimos tan vorazmente como la electricidad, cuya producción –al igual que el consumo de aquél– lanza diariamente toneladas de anhídrido carbónico a la atmósfera, sin que nuestra ansia de querer tener y consumir más sea frenada por las nefastas consecuencias de todo esto.

Una de las más evidentes sería el cambio climático, cuyas catastróficas consecuencias denuncia ahora quien estuvo a punto de liderar los EE UU en el simbólico año 2000, atreviéndose a ir contra la inercia del consumismo depredador. Aunque esto fuera una mera estrategia electoral suya, prefiero mil veces antes a alguien que miente diciendo que va a intentar cambiar las cosas, que no a un Bush que se niega a firmar el protocolo de Kyoto y nos conduce hacia una guerra nuclear con la pretensión de controlar las estratégicas reservas energéticas de Oriente Medio.

Es una gran noticia que el ex vicepresidente del país más poderoso y depredador explique que estamos al borde del abismo. Al menos esto da mayor credibilidad a esos puñados de idealistas y voluntarios que –con todos los defectos de la condición humana– se empeñan en poner su grano de arena para salvar el mundo y la dignidad humana. Ellos también quieren más presupuestos y más donaciones, y yo le se los daría gustosamente, aunque sepa que para acabar con los males del mundo es necesario frenar la voracidad insaciable de nuestra mente y de nuestro ego, y permitir a nuestro Ser que se siente Uno con Todo.

Enrique de Vicente
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