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3 prácticas zen para una vida plena

Martes 13 de Noviembre, 2018
Vivimos sometidos a presión y estrés que cohíben la posibilidad de vivir con consciencia y plenitud, las premisas de la filosofía zen. Para poner un poco de atención en uno mismo no hace falta ser un monje. Sergio Basi.

Occidente siempre ha mostrado cierta afición por el arte, el diseño, la filosofía y, en general, la cultura japonesa. A finales del siglo XIX este interés se constituyó en el término “japonismo”, palabra que titula un libro sobre el arte de alcanzar una vida plena, editado por Cúpula y firmado por Erin Niimi Longhurst, la escritora y bloguera anglojaponesa destacada por sus labores de consultora digital para organizaciones benéficas y ONGs.

Pues bien, si en Occidente se ha dado este interés por la cultura japonesa es por la drástica diferencia que existe entre una y otra. Y es que Japón no inició un proceso de apertura al mundo y, en cierto modo, de occidentalización, hasta finales del siglo XIX; todo lo anterior fueron más de doscientos años de historia de aislamiento. Unas islas que se mantienen cerradas y ajenas a todo lo que sucede en el mundo exterior, limitando el comercio con el extranjero hasta puntos insospechados y limitando incluso el permiso de salir o entrar en el país.

Este sakoku, o “país cerrado”, desarrolló una cultura muy genuina, basada en una identidad muy fuerte, definida y rica al no tener influencias externas durante este largo periodo de aislamiento. Esta cultura se basaba en un cuidado íntimo de uno mismo, una búsqueda del equilibrio personal en busca de la consciente en el momento presente, en la inmediatez de vivir con plenitud el aquí y el ahora enfocados a una actitud hacia la vida positivo y gratificante.

Todo esto, en cierto modo, se puede traducir en la filosofía y espiritualidad Zen, las cuales abogan por una vida plenamente consciente de uno mismo y de cada acción. A continuación cuento tres ejemplos de interés que Erin Niimi menciona a lo largo de Japonismo y que bien pueden constituir 3 prácticas zen para una vida más plena. 

¿Alguna vez le has encontrado atractivo a lo imperfecto? En eso se basa el wabi-sabi, un concepto de imposible traducción que nos habla de lo esencial que es apreciar la belleza de la imperfección. La única perfección posible está en lo imperfecto, en lo asimétrico, en lo que tiene algún pequeño fallo. El guión vital que se nos plantea en este mundo regido por un sistema neoliberal ejerce demasiadas exigencias y presiones de todo tipo, así lo señala la autora:

“estamos bajo la constante presión de alcanzar la perfección en todo lo que hacemos, de ser felices y de tener un aspecto increíble. Se nos dice que tenemos que hacerlo todo y tenerlo todo: una carrera de éxito y pasar buenos ratos con la familia, comer bien, lucir un cuerpo de infarto y mucho más”.

Y es que esto no es sano. No nos permite estar donde debemos estar. Es necesario aceptar lo transitorio que es todo, entender que las cosas son mucho más inestables que cualquier guión que nos escriban y ver que en el caos absoluto hay una belleza enorme e indiscutible. Esto tiene mucho que ver en la relación que cada cual tiene con los objetos. De nuevo, el mundo capitalista nos incita a consumir sin cuidado, pero la realidad es que poner conciencia en nuestros objetos es asumir que pasan a formar parte de nuestra historia, del mismo modo que nosotros pasamos a formar parte de su ciclo vital.

Los objetos más wabi-sabi son los llamados shibui, o lo que es lo mismo, los más humildes y discretos que insinúan una complejidad profunda a pesar de la aparente sencillez que los define.

Sobre esta forma de sencillez tiene mucho que decir el kintsugi, una técnica por la que se arreglan piezas de cerámica con oro, para destacar la belleza de su daño y enfatizar en él como algo positivo y definitorio. Esto tiene un punto económico y minimalista, espiritualiza las cosas en tanto que los objetos dejan de ser una simple cosa de usar, tirar y sustituir. El kintsugi aplicado a la psicología más zen nos viene a decir que las cicatrices emocionales no son algo que evitar o esconder, al contrario, la única forma de sanarlas es haciendo de ellas algo bello y digno de admirar, eso nos ayuda, sin duda, a gozar de una vida más plena.

La autora también recomienda fervientemente la desconexión de los aparatos tecnológicos para aprovechar con plenitud momentos de naturaleza, los llama shinrin-yoku o baños de bosque, en los que sumergirse en un ambiente calmo lleno de vida natural genera numerosos beneficios a todos los niveles. Hasta en términos científicos está probado que dar un paseo rodeado de naturaleza es bueno para la salud cardiovascular, puede reducir el estrés y la presión arterial… y es que los árboles liberan fitoncidas, unos compuestos que se inhalan al pasear por el bosque y que un estudio de 2009 observó que estos compuestos estimulan la actividad de los glóbulos blancos.

Como vemos, estas cuestiones y muchas otras son muy simples y obvias, tanto que a veces ni paramos a pensar en lo necesarias que pueden llegar a sernos para llevar una vida plena y consciente. Pasear por la naturaleza atendiendo a las sensaciones propias, considerar los objetos casi como sujetos en lugar de simples cosas o entender que la presión que se nos impone constantemente por lo perfecto es absurda si se pretende asumir una vida plena. Pues bien, estas simples prácticas zen esconden tras de sí una importante carga de filosofía zen que, con premisas tan básicas como estas, ya podemos empezar a poner en práctica.

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