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Guaraníes. En busca de la Tierra sin Mal

Jueves 20 de Mayo, 2010
La Tierra sin Mal puede entenderse como un mito guaraní sobre el más allá, o como algo físico en el tiempo y en el espacio. Puede interpretarse como un lugar habitado por los vivos o solamente por las almas de los muertos. Sea como fuere, pocas culturas han buscado con tanto ahínco su paraíso perdido.
A su llegada, los europeos llegaron a la convicción de que América era un lugar donde la historia se encontraba detenida, transcurriendo cíclicamente y sin solución de continuidad. Los indígenas que les salieron al paso no daban muestras de progreso alguno en materia económica, social o religiosa, como si un dedo sobrenatural los hubiera tocado, condenándolos al ensimismamiento y a la eterna repetición de sus comportamientos. Pero nada más lejos de la realidad. Es cierto que los indígenas sudamericanos carecían de un sentido de progreso “a la europea”, pero su existencia estaba inexorablemente guiada por un propósito o una tendencia hacia el futuro de tipo lineal, en el caso de los guaraníes la búsqueda de la enigmática Tierra sin Mal.

Los guaraníes no mostraban evidencias de ostentación religiosa. No levantaban templos ni centros ceremoniales. Todo, absolutamente todo, remitía a lo sagrado de forma irreconocible. Como pueblo eminentemente agrario, a caballo entre las depuradas culturas de México o Perú y las arcaicas tribus cazadoras-recolectoras, su religiosidad prescindía de cualquier símbolo o jerarquía teocrática. No había más propiedad que la comunal, y su profundo sentido de la vida, perteneciente al ámbito del clan, se encontraba perfectamente imbricado en la conciencia individual y colectiva.

En las tribus agrarias de Sudamérica la adoración de lo material había dado paso a una incipiente noción de lo sobrenatural. Los hombres sólo pensaban en hacerse dignos y conmover a sus dioses a través de sus actos. Únicamente el chamán podía arrogarse el derecho de comunicación con el más allá, obteniendo para la tribu el favor de los dioses, sanando enfermedades y procurando buenas cosechas. Por derecho propio, el hechicero estaba en condiciones de entablar relación con entidades sagradas buenas o maléficas, todas ellasinvisibles, pero que se manifestaban a través de la naturaleza circundante. En estas sociedades, los sueños naturales o inducidos con alucinógenos tenían rango de auténtico oráculo. El indígena era capaz de todo con tal de seguir los dictados de un sueño.

Con ínfulas de superioridad, en definitiva, los europeos subestimaron el verdadero nivel social y religioso de estas sociedades agrarias, tildándolas de oscuras e idólatras, cuando no de salvajes. Los guaraníes cargaron con el apelativo de “eternos niños”, noción que abundaba en lo que los europeos consideraban un indolente y caprichoso carácter, en la imposibilidad de hacerles comprender los axiomas de la evolución y de la fe. Según el obtuso impulso civilizador europeo, era necesario emprender la revitalización de un indígena que había permanecido demasiado tiempo anclado en la historia, sin caer en la cuenta de que, en realidad, estaba interrumpiendo un proceso espiritual secular. (Continúa la información en ENIGMAS 174).

Gabriel Muñiz
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