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Mitra y Jesús: Un mismo dios 

Lunes 26 de Junio, 2017

Además de las sorprendentes analogías biográficas entre sus respectivos fundadores, el cristianismo y el mitraísmo coexistieron pacíficamente en la roma imperial. No obstante, ¿qué sucedió para que el cristianismo se impusiera como religión dominante? 


FLAVIO BARBIERO

En 384 d. C. moría en Roma el senador Vetio Agorio Pretextato, último «papa» del mal llamado «culto a Mitra». Su nombre y filiación política y religiosa están grabados en los pedestales ubicados frente a la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, junto con una larga lista de senadores romanos –compilada entre el año 305 y el 390–. Todos ellos tenían en común haber sido iniciados mitraicos. De hecho, nueve de ellos ostentaron el importante título de Pater Patrum, lo que confirma que el Vaticano fue sede de la jefatura suprema de la organización mitraica.

Durante casi setenta años, los jerarcas de ambas «religiones» convivieron en paz, como lo prueba el hecho de que, como prefecto de la ciudad, Pretextato confirmó en el trono de Pedro al obispo Dámaso en el año 367. Vetio Agorio declaró que si le hubieran ofrecido la cátedra de Pedro, se habría bautizado. Sin embargo, a su muerte sucedió todo lo contrario. El grado de Pater Patrum recayó en el obispo Siricio, primero en la historia de la Iglesia en adoptar el título de «Papa». Al hacerlo, Siricio heredó una serie de prebendas, títulos, símbolos y bienes materiales que fueron transferidos en su totalidad del mitraísmo al cristianismo. Para entender este «traspaso de poderes» entre los «Papas» mitraico y cristiano hay que remontarse al año anterior.

DECISIÓN POLÉMICA
En 383, el Senado romano había votado a favor de la abolición del paganismo en su Imperio de Occidente. Tal sufragio ha desconcertado a los historiadores, quienes se han preguntado si la decisión no obedeció a alguna clase de intimidación por parte del emperador Teodosio o de cualquier otro. Por aquel entonces, los miembros del Senado romano eran en su mayoría paganos. Incluso se ha escrito que el Senado fue el último bastión de la resistencia del paganismo frente al cristianismo emergente. Sin embargo, ello contradice la aseveración al respecto de San Ambrosio, quien insistió en que los cristianos ya eran mayoría en el Senado en dicho periodo, opinión que muchos historiadores contemporáneos consideran escasamente fiable. ¿A quién debemos creer? ¿A San Ambrosio o a los estudiosos actuales?

Para empezar, es poco probable que el obispo de Milán, que pertenecía a una gran familia de senadores y estaba al tanto de las cuestiones romanas, estuviese tan equivocado. Aunque tampoco podemos desestimar la opinión de los historiadores, pues éstos disponen de pruebas documentales y arqueológicas que confirman que la mayoría de los senadores romanos eran «padres» de Mitra Sol Invictus.

No obstante, lo que ninguno de estos historiadores parece haber entendido o se ha negado a aceptar es que, obviando las evidencias históricas, no era incompatible ser adepto del cristianismo y del mitraísmo a la vez.

El ejemplo más notable lo constituye el emperador Constantino, pero hay muchísimos más. Constantino era seguidor de Mitra Sol Invicto y nunca lo negó. De hecho, se vanagloriaba de ser «obispo designado por Dios para la humanidad al margen de la Iglesia». También Eusebio, su biógrafo, lo define como «nuevo Moisés» y «una especie de obispo universal». Sabemos que Constantino, ya como emperador cristiano, continuó acuñando monedas con símbolos de Mitra en una de sus caras, y que los cristianos de Constantinopla le erigieron una estatua colosal con dichos emblemas. Además, sólo accedió a bautizarse en su lecho de muerte. También sabemos que, inmediatamente después de la votación para abolir el paganismo, los senadores romanos abrazaron la fe cristiana, aunque en privado siguieran profesando el culto a Mitra. No obstante, ¿cómo era posible que una persona mostrara adhesión a dos religiones a la vez?

HERMANDAD INICIÁTICA
Debido a un pertinaz equívoco, el denominado «culto» a Mitra Sol Invictus siempre ha sido considerado como una «religión» paralela a la cristiana y en competencia con ella. De hecho, hay quienes sostienen que estaba tan arraigada y extendida en la sociedad romana, que por un estrecho margen no desbancó al cristianismo. Incluso el historiador Joseph Ernest Renan, poco dado a las exageraciones no fundadas, especula con que si el cristianismo hubiese sido suprimido durante el siglo IV, el actual orbe cristiano sería mitraico. La creencia en que el mitraísmo era una religión se consolidó gracias al historiador Franz Cummont, quien, a finales del siglo XIX, escribió –sin apoyo arqueológico o bibliográfico– el que está considerado como el trabajo seminal sobre el mitraísmo, según el cual dicho culto habría sido importado desde Persia por un antiguo legionario romano. Así, Cummont dedica gran parte de su obra a describir la religión solar persa y sus diversas variantes orientales, como el mazdeísmo y el magismo, partiendo del supuesto jamás demostrado de que el culto a Mitra que se profesaba en el Imperio Romano era una simple copia del oriental.

Cummont ha tenido una larga lista de discípulos que, tras aceptar acríticamente sus postulados, se han dedicado a estudiar las variantes del magismo persa o a reconstruir los aspectos esotéricos y astrológicos del mitraísmo romano, basándose en la escasa información proveniente de fuentes antiguas e integrándola de forma arbitraria con elementos tomados de fuentes orientales y de la mitología grecorromana, al objeto de reconstruir el contenido y el significado de los diferentes grados de iniciación en los que estaba dividida la institución mitraica. Así surgió un marco irreal en claro contraste con la que parece ser la realidad histórica de dicha institución.

A modo de ejemplo, diremos que en Persia no se ha encontrado un solo resto arqueológico que se parezca a un mithraeum romano (santuario de culto a Mitra). A pesar de la opinión de Renan, no es posible imaginar cómo pudo ser la pretendida «religión» mitraica romana. Si hay algo que surge con certeza a partir del material disponible, es que el llamado culto a Mitra en Roma no era una religión, sino una hermandad de iniciados. En este sentido, de la religión oriental ésta sólo habría tomado prestado el nombre y algunos símbolos exotéricos. Y en cuanto a contenidos, fines y modus operandi, no existe ninguna conexión entre el Mitra de los persas y el Mitra romano.

En conclusión, el mitraísmo practicado en Roma no era una religión volcada en la adoración de una deidad específica, sino una hermandad secreta cuyos miembros eran libres de adorar al dios que quisieran en sus manifestaciones públicas. Ésta es la verdadera clave que permite entender y conciliar las contradicciones e inconsistencias que hallamos al pretender examinar el mitraísmo comparándolo con una religión convencional.

ORÍGENES ESENIOS
Sin embargo, sabemos que la institución mitraica poseía una filosofía y una posición bien definidas en relación con las religiones. En las Saturnales, obra escrita por el eminente gramático Macrobio alrededor del año 430, a propósito de una de las conversaciones que mantiene Vetio Agorio Pretextato con los senadores mitraicos Símaco y Nicómaco Flaviano, el primero se detiene a explicar cómo todos los dioses paganos no son más que diferentes manifestaciones de un ente superior y único representado por el Sol, Gran Arquitecto del Universo. «Paganismo monoteísta», han concluido algunos, mientras otros hablan vagamente de sincretismo religioso.

Es cierto que la mayoría de los historiadores coinciden en señalar que los seguidores de Mitra eran monoteístas, pero olvidan añadir que, debido a su peculiar filosofía sincrética, éstos «infiltraron» o tomaron posesión del culto a la mayoría de los dioses paganos. De hecho, las «cuevas» mitraicas (al igual que los templos masónicos modernos) acogían a dioses paganos como Saturno, Atenea, Venus, Hércules, etc., y los seguidores de Mitra –exclusivamente hombres–, en su vida pública ejercían la función de sacerdotes al servicio no sólo del Sol (que era venerado en templos públicos muy distintos de los pequeños santuarios mitraicos subterráneos donde se celebraban reuniones secretas sólo para adeptos), sino también de otras divinidades romanas. Esto, insistimos, se puede comprobar en los pedestales de la Basílica de San Pedro. Junto a los nombres de los senadores figura el título «patres» de Mitra Sol Invictus, así como una larga serie de cargos en relación con el culto a otras deidades, hierofantes, pontífices o augures de Hécate, Isis, etc., amén de otros cultos paganos, sin olvidar que eran los responsables del fuego sagrado de Vesta y la institución de las vírgenes vestales. No había ninguna manifestación de carácter religioso en el Senado que no estuviera ligada a la tradición pagana y que no fuera oficiada por un senador mitraico. Y ese mismo senador normalmente tenía tras de sí una familia cristiana. Dado que cuando el paganismo fue abolido cada uno de ellos abrazó el cristianismo rápidamente, nos surge la siguiente pregunta: ¿Eran paganos o cristianos los senadores «mitraicos»?

Para explicar la estrecha relación entre el cristianismo y el mitraísmo hay que regresar a sus orígenes. El cristianismo, tal como lo conocemos, fue fundado por san Pablo, el fariseo enviado desde Jerusalén a Roma alrededor del año 61 d. C., quien creó en dicha capital su primera comunidad cristiana. La religión auspiciada por Pablo en Roma era muy diferente de la predicada por Jesús en Palestina y practicada por Santiago el Justo, entonces jefe de la comunidad cristiana de Jerusalén.

La predicación de Jesús estaba en consonancia con la manera de vivir y pensar de la secta judía de los esenios.

El contenido doctrinal del cristianismo se estableció en Roma a finales del siglo I, pero estaba muy próximo al de la secta de los fariseos a la que Pablo pertenecía.

GOLPE A LOS JUDÍOS
Junto con la mayoría de sus discípulos, Pablo fue condenado a muerte por Nerón hacia el año 67. Sorprendentemente, no tenemos información sobre lo que sucedió dentro de la comunidad cristiana en Roma durante los siguientes 30 años, pero debió ser algo excepcional. De hecho, algunos de los ciudadanos más eminentes de la capital se convirtieron al cristianismo, como el cónsul Flavio Clemente, primo del emperador Domiciano. Además, la Iglesia de Roma adquirió una estructura monárquica e impuso su liderazgo en todas las comunidades cristianas del Imperio. Así lo demuestra una carta de Clemente a los corintios, escrita hacia el final del reinado de Domiciano, donde se establece claramente la supremacía de la Iglesia romana. Esto significa que durante los años de «desinformación», alguien con acceso a la familia imperial habría rehabilitado a la comunidad cristiana romana hasta el punto de imponer su autoridad sobre todas las demás comunidades cristianas del imperio. Y ese «alguien» conocía perfectamente la doctrina y el pensamiento de Pablo.  Hay un episodio al que los historiadores apenas han prestado atención, pero que ocurrió en la misma época y estuvo relacionado con la familia imperial y los círculos judíos: la llegada a Roma de un grupo de 15 sumos sacerdotes con sus respectivas familias. Pertenecían a la casta que había gobernado Jerusalén durante medio milenio desde el retorno del exilio en Babilonia, cuando 24 familias sacerdotales, bajo los auspicios de Esdras, acordaron crear una organización secreta para garantizar sus fortunas a través de la «propiedad» del Templo y la administración del sacerdocio.

La dominación romana en Judea se había caracterizado por fuertes tensiones religiosas, lo que provocó una serie de revueltas. La última, acaecida en 70 d. C., supuso un devastador golpe para la nación judía y para su casta sacerdotal, pues culminó con la destrucción de Jerusalén y del principal instrumento de su poder, el Templo, a manos de las tropas de Tito Flavio. Aunque hubo supervivientes, claro está, en especial un grupo de 15 sumos sacerdotes que compraron el perdón de los romanos a cambio de entregar a Tito el tesoro del Templo. Sabemos que luego les fueron restituidas sus propiedades y que, al llegar a Roma, obtuvieron la ciudadanía. Sin embargo, aquel oscuro episodio desapareció para siempre de la escena histórica, excepto por lo relativo al personaje más destacado de aquel grupo: Flavio Josefo.

Josefo era un sacerdote que pertenecía a la más ilustre de las 4 familias de sacerdotes judíos. Durante la revuelta contra Roma había desempeñado un papel de liderazgo en Palestina. Fue nombrado gobernador de Galilea por el Sanedrín y luchó contra las legiones del general Vespasiano, quien había recibido de Nerón la orden de reprimir la revuelta. Atrincherado en la fortaleza de Jotapata, sólo se rindió a condición de poder hablar personalmente con Vespasiano (Guerra de los judíos, III, 8,9). Dicho encuentro fue decisivo para ambos. Cuando poco después Vespasiano se convirtió en emperador, Josefo fue «acogido» por la familia imperial y adoptó el nombre de Flavio. Luego obtuvo una villa patricia en Roma, una pensión anual a expensas del Estado y enormes propiedades en Palestina. Pese a ser considerados unos traidores por la comunidad judía, aquellos sacerdotes atesoraban tradiciones milenarias y formaban parte de una organización secreta creada por Esdras. Existen indicios de la actividad de dicha organización gracias a los escritos de Flavio Josefo, quien relató la historia de los acontecimientos que él mismo había protagonizado. Había sido la voluntad de Dios –decía–, la que le había persuadido para construir un Templo Espiritual en vez de optar por reconstruir el templo material destruido por Tito. Pero estas enigmáticas palabras no estaban destinadas a los judíos, sino a los cristianos. En un famoso pasaje de su libro Antigüedades judías, Flavio Josefo acepta abiertamente la resurrección de Cristo y la identificación de éste con el Mesías profetizado, declaración que por sí sola hacía que un judío de su tiempo fuera considerado cristiano.

Lee el artículo completo en el nº289 de la revista AÑO CERO

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