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El poder de la meditación en el laboratorio

Martes 03 de Enero, 2017
Los estudios neurocientíficos revelan que los seres humanos están programados para tener experiencias místicas, entre ellas, las suscitadas por le meditación, un proceso neuronal diseñado para desbloquear el potencial innato de nuestros cerebros.

El cerebro humano es toda una proeza, fruto de la ingeniería neuronal, o, en otras palabras, un magnífico ordenador de naturaleza biológica. Durante las dos últimas décadas, y gracias a la complejidad que muchos medios de experimentación han adquirido, ha sido posible investigar con éxito los mecanismos internos del cerebro y delimitar de qué manera participa en rutinas diarias, entre las cuales se encuentran el reconocimiento de objetos, o la expresión, a través del lenguaje, de las cosas que conocemos e, incluso, la atracción sexual. Sin embargo, los aspectos menos visibles de lo que significa ser humano han escapado, durante mucho tiempo, al examen científico. No sólo estamos todavía intentando definir la base neurológica de las cualidades específicamente humanas, tales como la creatividad y la inspiración, sino que nos encontramos bastante lejos de com prender la naturaleza última de la relación cerebro-conciencia.

Hasta ahora los científicos creían que las experiencias místicas o religiosas formaban parte de áreas muy ajenas a la ciencia, como son la religión o la espiritualidad. Sin embargo, a principios de siglo surgió un novedoso tipo de investigación que empezó a arrojar un poco de luz sobre la participación del cerebro en este tipo de experiencias, provocando un creciente interés en esta clase de fenómenos en los confines de cada laboratorio.

EXPLORANDO LA ESPIRITUALIDAD
La investigación sobre los sucesos provocados de una manera artificial en el cerebro está bastante lejos de ser perfecta. Teniendo esto en cuenta, los investigadores Andrew Newberg y Eugene d’Aquili llevaron las experiencias místicas suscitadas por la meditación a un laboratorio para poder estudiarlas. Se pidió a budistas experimentados que meditasen y, que cuando sintiesen que estaban llegando a un estado místico o alterado de consciencia, conocido a veces como momento álgido o trascendente del budismo, tirasen de una cuerda. Les habían inyectado previamente un líquido de contraste para rastrear los efectos de la meditación en el cerebro usando la tomografía computarizada de emisión monofotónica. Así fue como capturaron y visualizaron la información de la actividad cerebral del meditador en el clímax de la práctica.

A partir de estos experimentos cruciales, Newberg y d’Aquili demostraron que la meditación provocaba dos importantes cambios en la actividad cerebral. En primer lugar, el incremento de la actividad en la corteza prefrontal, en el área del cerebro que está implicada en la atención plena, conocida como el área de la corteza asociada a la atención. El incremento de la actividad en esta área de la corteza conduce a un descenso de la actividad en las regiones próximas responsables de procesos cognitivos complejos. Esto es debido a los circuitos innatos que eliminan la información innecesaria para mantener la atención plena ante continuas distracciones.

Cuanta más atención se centra en un foco particular, mucho más fácil es mantener la atención.

El rasgo clave de este momento es un cambio de la actividad cerebral desde el hemisferio izquierdo al derecho, ya que la atención es principalmente una función del hemisferio derecho. En segundo lugar, el incremento de la actividad en la corteza prefrontal conduce a un descenso de la actividad del lóbulo parietal. Este alberga dos importantes áreas de asociación en la corteza: la corteza asociada a la orientación y la corteza asociada a la expresión verbal-conceptual. La primera da lugar a nuestro sentido de la orientación en el espacio y el tiempo y contiene el circuito neural que define los límites entre lo que es el yo y el no-yo, mientras que la última nos confiere la destreza necesaria para expresar nuestras vivencias en palabras. Así, un descenso de la actividad en el lóbulo parietal conduce tanto a un descenso de la consciencia del espacio y el tiempo como a una pérdida de habilidad para poder describir la experiencia usando el lenguaje. La atención plena (mindfulness) es crucial para todos los tipos de meditación y estos resultados experimentales confirman que el mindfulness suscita cambios en la actividad de la corteza prefrontal originando el despliegue de la  experiencia meditativa.

Muchos meditadores también subrayan una disolución de los límites entre el yo y el no-yo y una expansión de la consciencia acompañada de una sensación de infinitud y trascendencia. Esta experiencia, conocida como mística, se puede entender en términos de cambio en la actividad cerebral, ya que la meditación interrumpe el circuito cerebral en el lóbulo parietal implicado en nuestra percepción de tiempo y espacio, nuestra posición en estos y el límite entre el yo y el no-yo. Además, aquello que pareciera imposible de expresar sobre la experiencia mística puede explicarse a partir de la disminución de la actividad en el lóbulo parietal, ya que esta parte del cerebro alberga también circuitos neuronales que confieren la habilidad de expresar, a través del lenguaje, nuestras experiencias. 

Lee el reportaje completo en el número 318 de AÑO CERO, de enero de 2017

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