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En manos de las máquinas

Lunes 01 de Noviembre, 2004
Nos encontramos en plena era de la tecnología. Nuestros hogares están poblados de los más diversos aparatos electrónicos, y quién sabe si dentro de pocos años también los robots suplantarán a las niñeras. Durante todo el siglo XX muchos fueron los autores que se preguntaron por los peligros de nuestras propias creaciones…
Desde los comienzos del séptimo arte la pantalla grande se ha visto poblada de inteligencias artificiales de todo tipo: robots, cyborgs, superordenadores, androides… Con el estreno de Yo, Robot –Alex Proyas, 2004– el recurrente y siempre fascinante tema del dominio de la máquina sobre el hombre ha vuelto a ponerse de completa actualidad. En la película, situada en el Chicago del año 2035, y protagonizada por Will Smith y Bridget Moynahan, un policía y una psicóloga robótica deben enfrentarse al difícil caso de un asesinato supuestamente cometido por un robot, Sonny, perteneciente a la gama NS-5, los más modernos del mercado. Basada en una fusión entre un relato de la novela homónima de Isaac Asimov y un guión escrito por Jeff Vintar –Final Fantasy– bajo el título de Hardwired; Yo, Robot es un film de ciencia ficción de corte clásico –aunque empapado de acción y efectos digitales– que recoge la esencia de los grandes títulos del género, aquellos de ambiente existencialista y proapocalíptico que surgieron de la pluma de maestros como el citado Asimov, Philip K. Dick o Arthur C. Clark, entre muchos otros.

Asimov no fue el primero
Isaac Asimov escribió el libro de relatos Yo, Robot en 1950, adelantándose a su época y describiendo, casi proféticamente, un futuro que ahora es presente. A él se atribuye la invención del término “Robótica”, que aparece por primera vez en el cuento Runnaround en 1941 y que define como la ciencia del diseño, construcción y mantenimiento de los robots. Pero Asimov no fue el primero en escribir sobre inteligencias artificiales. Obviando la maestría y el don premonitorio de grandes del XIX como H. G. Wells o Julio Verne, ya que nos extenderíamos demasiado, algunos escritores y directores de cine ya reflejaron la inquietud ante el avance de la tecnología muchos años antes de que Asimov diese forma al relato adaptado por Proyas. En 1927, el realizador alemán Fritz Lang dirigió la que se convertiría en la película clásica por excelencia de la sci-fi: Metrópolis. En la cinta, rodada todavía en mudo, aparece por primera vez uno de los más famosos organismos cibernéticos de la historia del cine: el robot femenino AKA Futura. Creada por el doctor Rotwang con el fin de evitar una revolución proletaria, Futura acabará rebelándose contra su propio creador a favor de los más débiles.

La historia de la humanidad está salpicada de relatos y leyendas sobre la creación de criaturas semejantes a los humanos. El primer “generador” de seres artificiales de la historia no fue el doctor Rotwang de Metrópolis; ni siquiera el famoso doctor Frankenstein ideado por Mary Shelley –y que también, como las máquinas de la ciencia ficción futurista, acabaría rebelándose contra su “amo”–. Según la mitología, el dios griego Efesto creó a partir de oro mujeres mecánicas que le ayudaban en la herrería, y trípodes mecánicos que se desplazaban solos. Muchos siglos después, en 1592, una leyenda cuenta que Jehuda Löw, rabino de Praga, creó al Golem, una entidad de barro viviente sin espíritu a través de sus conocimientos de la Kabbalah hebrea. El Golem al final termina por cometer un homicidio y tiene que ser destruido por Löw… ¿les suena? Es el argumento recurrente de la sci-fi: la creación artificial y la rebelión del creado. Aunque no se puede considerar al Golem como un robot, su historia, al igual que la de las mujeres doradas de Efesto, recuerda demasiado a las retomadas por los escritores del siglo XX. Incluso Paracelso llegó a describir en una de sus obras a los homúnculos, seres que podían crearse a partir de una combinación de semen humano con enigmáticas fórmulas alquímicas.

En 1736, Jacques de Vaucason presentó un autómata –no se conocía entonces el sustantivo robot– del tamaño de un hombre, capaz de efectuar con su flauta alemana hasta doce temas diferentes. El mecanismo manejaba un teclado, movía los labios y era capaz de regular el paso del aire con una lengua automática.

El barón húngaro Wolfgang von Kempelen presentó hacia 1769 a su autómata ajedrecista, al que apodó “El Turco”. Consistía en una máquina con la apariencia de un hombre capaz de ganar a los mejores jugadores del mundo. Llegó a vencer a personajes de la talla de María Teresa de Austria, Federico “El Grande” y al mismísimo Napoleón. El autómata movía las piezas mediante unos complicados engranajes y realizaba gestos según la partida le fuera o no favorable. Tras sus grandes éxitos –que le llevaron incluso a Estados Unidos– fue relegado al olvido y sucumbió en un incendio en Filadelfia, en 1854. Años más tarde en uno de sus artículos, Edgar Allan Poe afirmó que se trataba sólo de un engaño, calificándolo de una “maravillosa superchería”. El escritor tenía razón; el ajedrecista no era realmente un autómata sino un hombre que se escondía en una caja bajo la máquina.

En 1798 se publicó una obra de Jean Paul Richter bajo el título de Palingenesien. El texto en cuestión trataba de Magnus, un hombre que vivía en una isla rodeado de robots y acababa volviéndose loco creyéndose uno de ellos.

A finales del siglo XIX el ilusionista Nevil Maskelyne recurriría a un engaño parecido al de von Kemplelen: su ajedrecista, de nombre Psycho, consistía en un mecanismo cuyas piezas eran movidas a partir de un tubo neumático por un cómplice escondido.

En un cuento de E. T. A. Hoffmann el protagonista cena con una autómata, Olympia, a la que pretende conquistar sin percatarse de que es una máquina. La “robot” se comporta en todo momento como una auténtica joven y el protagonista no sospecha de su artificialidad.

Asimismo, en 1893, Ambrose Bierce escribe El maestro de Moxon. El relato versaba sobre un autómata que juega, cómo no, al ajedrez. La máquina acaba montando en cólera y matando a su dueño cuando éste le hace trampa cambiándo las piezas ¿Una temprana rebelión de la inteligencia artificial?
La palabra robot aparece por primera vez en la obra de teatro Los Robots Universales de Rossum –R. U. R.–, escrita en 1921 por Karel Capek, un dramaturgo checo. En este idioma la palabra robota significa servidumbre y robotnik quiere decir servidor, esclavo. En la pieza teatral se cuenta cómo el magnate Rossum consigue fabricar tejido vivo, creando robots que harían los trabajos más duros en la industria. Al principio serviles, acabarán desarrollando conciencia y destruyendo a sus creadores para finalmente terminar con toda la raza humana.

El robot, protagonista absoluto
Aunque AKA Futura fue la pionera en esto del cine, muchas fueron las inteligencias artificiales que nos han deleitado –o asustado– con su presencia. En Planeta Prohibido –Forbidden Planet, 1956–, el famoso robot Robby, de aspecto tosco y algo ingenuo si lo comparamos con los prototipos actuales, era capaz de hacer la colada, ayudar en las más diversas tareas y además sentía un especial cariño hacia los seres humanos –algo poco habitual en estas historias–.

Aunque el superordenador HAL-9000 de 2001: Una odisea en el espacio –2001: A Space Odyssey, 1968– no puede ser considerado realmente como un robot, consistía en una computadora inteligente que acababa rebelándose contra los miembros de la tripulación de la nave Discovery para llevar a cabo una misión secreta a cualquier precio. Sin duda, junto a Metrópolis, 2001, dirigida por el maestro Stanley Kubrick, es uno de los mejores films de inteligencias artificiales y por ende de toda la historia del cine.

En Ultimátum a la Tierra –The Day The Earth Stood Still, 1951– dirigida por Robert Wise, el robot Gort llega a la Tierra a bordo de un platillo volante para avisar a los humanos del peligro de la escalada de armamento nuclear que están llevando a cabo –no en vano eran los oscuros años de la Guerra Fría entre EEUU, y Rusia y el mundo permanecía constantemente en alerta roja ante un inminente y más que probable ataque destructivo–. El mensaje de Gort, que se burlaba de las diferencias culturales del planeta, contenía un tono pacifista que no estaba de más en aquellos años de incertidumbre.

Otros films de la misma década sirvieron para demonizar al “enemigo rojo” y representaban a los visitantes extraterrestres como seres malvados con intención de destruir el mundo. Los invasores asumían el rol de los “incivilizados rusos” que pretendían acabar con los valores occidentales –más bien los valores de la América de la época–. Sirva de claro ejemplo La invasión de los ladrones de cuerpos –Invasion of the Body Snatchers, 1956– dirigida por Don Siegel, una historia de vainas extraterrestres que, silenciosamente, producían duplicados de los seres humanos que gradualmente se hacían con el control del país. Este film clásico de ciencia ficción ha contado con dos remakes, uno dirigido por Philip Kaufman en 1978 y titulado La invasión de los ultracuerpos, y otro realizado por Abel Ferrara, Body Snatchers, en 1993.

Antes de que Arnold Schwarzenegger decidiera dar el salto del cine a la política y se convirtiera en gobernador del Estado de California, y aún contando con una carrera bastante pésima en eso de la interpretación a lo largo de más de veinte años, en 1982 protagonizó uno de los films apocalípticos sobre el futuro más importantes de la ciencia ficción. Aquella novedad se llamó Terminator y fue dirigida por James Cameron, director de éxito que años más tarde dirigiría bodrios multimillonarios como Titanic. En este caso las máquinas enviaban del futuro a los entonces nuestros días un androide destructor –el Exterminador T-800– para acabar con la vida de Sarah Connor –Linda Hamilton– la mujer elegida por el destino para dar a luz al que sería líder de la resistencia contra las máquinas en el futuro: John Connor. Terminator se convirtió en un éxito inesperado que marcó todas las producciones del mismo estilo en el futuro, y contó más tarde con dos secuelas: Terminator 2, El juicio final –James Cameron, 1991, donde la angustia vital y el miedo al apocalipsis se hizo aún más patente que en la primera entrega– y Terminator 3, la Rebelión de las Máquinas –Jonathan Mostow–, estrenada el pasado año y de peor calidad que las anteriores. En este último caso veíamos la evolución del superordenador SkyNet hasta hacerse con el control de la Tierra.

Como comprenderá el lector, es imposible en la escasa extensión de un artículo no sacrificar grandes títulos del género que sin duda darían para llenar las páginas de un par de libros, pero es inevitable. Sin embargo, aunque sean pocas las líneas dedicadas a ellos, no podemos dejar pasar por alto la importancia de dos inteligencias artificiales en la historia del cine de los últimos treinta años: C3-PO y R2-D2, de la saga Star Wars ideada por George Lucas. El primero, inspirado en el diseño de AKA Futura de Lang, es un droide de protocolo que muestra sentimientos: alegría, tristeza, miedo. Su forma es ya casi humana y se aleja bastante de la del pequeño Robby u otros prototipos robóticos como la extraña criatura peluda de la serie televisiva de los años setenta Galáctica –Battlestar Galactica–. El segundo, R2-D2, ha servido desde su aparición en la pantalla grande a muchos investigadores del campo de la robótica como modelo a seguir en sus prototipos, modelos dicho sea de paso actualmente muy avanzados aunque, por ahora, incapaces de pensar por sí mismos y de sentir.

Sirva, para hacer honor a su nombre, y a falta de espacio para comentarlas, citar el título de algunas películas importantes en este campo: El Golem (1917), La mujer Perfecta (1949), THX 1138 (1971), El engendro mecánico (1977), Robocop (1987), Alien, el octavo pasajero (1979), La Amenaza de Andrómeda (1971), Desafío Total (1990), Tron (1982), Asesinos Cibernéticos (1995), Planeta Rojo (2000)…

La máquina quiere sentir
Uno de los mensajes más trascendentales de Yo, Robot, por encima de la pugna hombre-máquina y la atracción de un ambiente futurista de sci-fi al uso es, sin duda alguna, el ansia del robot Sonny por ser considerado como un ser humano. Lo primero que hace este modelo NS-5 para “existir” es adoptar un nombre, algo vital para dejar de ser un ente artificial y convertirse en alguien –que no en algo– capaz de desarrollar los sentimientos más excelsos. En este sentido no sólo la novela, sino también el film de Proyas, reflejan esta personificación de Sonny, un robot que ha sido dotado de rostro y expresividad y que, al romper una de las tres famosas leyes de la robótica formuladas por Asimov –un robot nunca puede dañar a un ser humano, por el contrario, debe obedecer a éste en todo momento y ayudarle cuando se encuentre en peligro– desafía al control burocrático y esclavista de sus creadores.

En este sentido no podemos dejar de señalar algunas cintas que han abordado el tema con acertada sensibilidad. Uno de los títulos más significativos que ha dado el género es Blade Runner (1982), película dirigida por Ridley Scott sobre la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, protagonizada por Harrison Ford, Rutger Hauer y Sean Young. Es la historia de unos androides, los replicantes, que asumen un rol completamente humano: temen la muerte y aman la vida. Programados para ser destruidos tras un concreto período de tiempo, éstos se niegan a aceptar esa destrucción de sus “vidas” por una decisión del hombre. K. Dick, en un ambiente opresivo claramente heredero del cyberpunk de Neuromante –William Gibson–, nos lleva a reformularnos una serie de preguntas: ¿quiénes somos? ¿Somos mejores que las máquinas?
En una de las escenas más inolvidables de la historia del cine de ciencia ficción, el replicante Roy Batty –Rutger Hauer– demuestra ser más humano que el caza recompensas o blade runner Rick Deckard (Harrison Ford) –este último posiblemente también un replicante, en uno de los aspectos más debatidos y oscuros del film– salvándole de caer desde lo alto de un edificio. Batty iba a ser destruido por Dekkar y, sin embargo, decide, en un alarde de la más absoluta humanidad, salvar la vida de su enemigo.

Y como reflejo más sublime en el cine de los sentimientos personificados en los robots, no podemos olvidar un film bastante más reciente que Blade Runner y que sin duda ha aportado mucho a la nueva ola de sci-fi en celuloide: Inteligencia Artificial (A.I.), el proyecto de Stanley Kubrick que retomó Steven Spielberg al fallecer este maestro del séptimo arte. En la cinta el niño robot David –Haley Joel Osment– ha sido programado para amar –¿qué sentimiento nos hace más humanos que éste?– y es adoptado por una familia cuyo hijo se encuentra en coma. Desde ese momento David es visto desde dos perspectivas, que podríamos ver como las posturas que casi seguramente adoptaría la sociedad ante un hipotético avance de este tipo: la de la madre, que lo quiere como si de su propio hijo se tratase –no en vano David tiene el aspecto exterior de su verdadero hijo enfermo– y la del padre, que únicamente considera a David como un electrodoméstico más, una novedosa computadora.

David descubrirá más tarde, cuando se encuentre sólo ante los peligros de una ciudad también de corte opresor y apocalíptico al uso, el desprecio que sienten los humanos por los robots, gracias a la ayuda del androide sexual Gigoló Joe –Jude Law–. Es entonces cuando esta genialidad que es Inteligencia Artificial –quizá estropeada en parte por el final made in Spielberg– basada en el cuento corto Supertoys Last All Summer Long escrito por Brian Aldiss en 1969, se convierte en una metáfora del esclavismo –el hombre como “señor” y el robot como “siervo”– que inevitablemente lleva a la rebelión.
¿Tienen derecho las máquinas a sentir?, ¿reemplazarán algún día a nuestro seres queridos? ¿Es éticamente correcto desafiar a la naturaleza convirtiéndonos en Dios y creando seres a nuestra imagen y semejanza? Demasiadas preguntas para una sola respuesta… Quizá nos sirvan de reflexión estas palabras de Maureen McHugh: “…muy pronto será imposible decir dónde termina lo humano y dónde comienza la máquina…”. o
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