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Se acerca El día de mañana

Domingo 01 de Agosto, 2004
La película ha generado polémica en EE UU. Su director ha declarado que confía en contribuir con ella a la derrota de George Bush en las presidenciales de este año. Un Informe encargado por el Pentágono sobre el peor escenario derivado de un cambio climático repentino, y publicado recientemente, también contempla la posibilidad de
un desastre global de tal magnitud que suponga el colapso de nuestra civilización.
Un gigantesco glaciar se desgaja de la Antártida. Bolas de hielo del tamaño de una naranja destrozan Tokio, mientras los vientos huracanados arrasan Hawai. Nevadas inesperadas devastan Nueva Delhi y potentes tornados se ciernen sobre Los Ángeles. El climatólogo Jack Hall teme que sus peores presentimientos se hayan convertido en realidad. Desde que las perforaciones en los hielos antárticos le aportaran la evidencia de que hace unos 10.000 años una brusca variación climática había producido una catástrofe global, Hall no podía dejar de preguntarse: ¿y si estuviésemos al borde de una nueva era glacial? ¿Y si el cambio climático que ya se ha iniciado no fuese paulatino, sino repentino y violento?
El profesor Rapson, uno de sus colegas, le llama desde Escocia para confirmarle los peores presagios: esos meteoros destructivos son el preludio de un cambio inminente. El derretimiento de las capas de hielo polar, por efecto del calentamiento de la atmósfera, ha vertido demasiada agua en los océanos, produciendo un aumento sin precedentes del nivel del mar, y ha desquiciado las corrientes marinas que daban estabilidad al clima de la Tierra.

Como muchos científicos, Hall se esfuerza por convencer a la Casa Blanca y a las autoridades de que es necesario tomar medidas urgentes. Pero sus advertencias no son atendidas hasta que ya es demasiado tarde.

El proceso está en marcha y tiene carácter irreversible. Con un eficaz sentido del drama, el director Roland Emmerich recrea una destructora supertormenta planetaria que señala el comienzo del fin de la actual civilización. Este es el futuro que nos describe la película El día de mañana.

A pesar de que la Administración Bush ha presionado a la NASA para evitar que sus expertos respalden la hipótesis del filme –e incluso para alentarlos a que la descalifiquen– muchos científicos han defendido su credibilidad. James Lovelock, mundialmente famoso por la «hipótesis Gaia», ha afirmado que «el cambio climático puede estar sucediendo mucho más rápidamente de lo que se había supuesto». El sobrecalentamiento de la Tierra podría causar una reacción inesperada del sistema, provocando un brusco enfriamiento y el comienzo de una nueva glaciación, como han advertido muchos otros expertos en el clima.

Pero Emmerich no ha querido hacer una película sobre el cambio climático, que sólo aporta el escenario del drama. Su mayor interés se centra en el ser humano, en la convicción de que, en situaciones extremas, éste expresa lo mejor y lo peor de su naturaleza. Sobre la imagen de fondo de un mundo asolado por la catástrofe global, la historia que narra es la odisea humana de Jack Hall, que acude a Nueva York para encontrar y salvar a su hijo, al mismo tiempo que busca desesperadamente ideas que permitan hacer frente a la debacle.

Al borde del abismo
¿Catastrofismo? Ninguno de los síntomas anunciadores del cambio climático que muestra esta película están ausentes de los partes meteorológicos de la última década, la más calurosa de un siglo que, a su vez, registra el mayor aumento en la temperatura media del planeta desde que existen datos fiables. Todos recordamos las enormes bolas de hielo que en el año 2000 se abatieron sobre distintas partes del planeta, incluida España, y que han seguido cayendo en otras partes del mundo hasta este año. El doctor Jesús Martínez-Frías –científico del CSIC y fundador del Grupo de Trabajo Internacional para el Estudio de caídas de bloques de hielo– sospecha que este fenómeno puede deberse al cambio climático (AÑO/CERO, 164). Lovelock fue más lejos en sus declaraciones al periódico The Independent, al comentar la gran ola de calor que recorrió Europa durante el verano de 2003 y que causó la muerte de 20.000 personas sólo en Francia: «No puede haber ninguna duda para una mente científica racional de que ésta (la ola de calor) debe considerarse la primera evidencia real del calentamiento global».

Este científico está convencido de que en el pasado se ha infravalorado el alcance y la rapidez con que puede sobrevenir una variación del clima que incluso comprometa la supervivencia de la civilización.

La predicción de los expertos sobre el incremento de los meteoros destructivos, como los cambios extremos en el régimen de precipitaciones pluviales y la secuencia de veranos más cálidos y secos, alternándose con inviernos más crudos, también se están cumpliendo puntualmente. Lluvias torrenciales e inundaciones catastróficas se hallan a la orden del día. La sequía se ha convertido en endémica para muchas regiones del mundo, mientras el proceso de erosión de los suelos y el imparable avance de los desiertos se extiende de modo inexorable, como si hubieran anticipado paso a paso el guión de esta película. Un tercio del territorio español está afectado de grave erosión y las predicciones indican que Suiza se dirige hacia un futuro clima mediterráneo mucho más cálido, así como prevén un traslado de los cultivos del sur de España al norte.

Sin embargo, estas últimas predicciones se realizaron pensando en las condiciones menos adversas: una modificación paulatina del clima en la cual la situación desfavorable de algunas regiones se compensaría, en alguna medida, con condiciones más propicias en otras. En suma, España podría convertirse en desierto, pero Siberia disfrutaría de un clima más benévolo.

Este escenario «optimista» parece hoy mucho más improbable a la luz de unos indicios que apuntan a un cambio radical, que afectaría a todo el planeta con una nueva glaciación derivada del efecto invernadero. El mecanismo que la puede activar es muy sensible y su clave se encuentra en la circulación oceánica. En el Atlántico norte, un enorme caudal de agua proveniente de latitudes tropicales se enfría súbitamente al hundirse en capas profundas, liberando calor. Dicha liberación de energía térmica determina que el clima de Europa y del este de EE UU sea 8º más cálido de lo que sería si no se produjera el mencionado fenómeno. Pero el hecho es que bastaría un pequeño aumento de la temperatura o un incremento de las precipitaciones para que se redujera la salinidad y la densidad de las aguas. En este caso, no se produciría el hundimiento del caudal cálido, que produce el repentino enfriamiento de esa enorme masa de agua y la liberación del calor acumulado. Esta situación supondría una glaciación. No hay que olvidar que nos encontramos en una era interglacial, pero aun sin intervención humana se produce una glaciación cada 100.000 años y ese clima más frío puede mantenerse durante miles de años.

Cuando empezó a hablarse del cambio climático, los escépticos acusaron de catastrofismo a estas predicciones y aseguraron que las anomalías registradas durante las últimas décadas podían ser un fenómeno natural transitorio. Hoy muy pocos defienden semejante argumento, pero ante la evidencia de que el clima está cambiando rápidamente declaran que esta película recrea un escenario altamente improbable que «pretende venderse» como futuro inminente.

Sin embargo, no puede descartarse la hipótesis de un cambio repentino, que ha ido ganando credibilidad entre los científicos. Es verdad que el Informe encargado por el Pentágono a los analistas independientes Peter Schwartz y Doug Randall sobre cómo podría afectar a la seguridad de EE UU dicho cambio climático –y que adquirió especial resonancia con el estreno del filme de Emmerich–, fue elaborado sobre la base del peor escenario imaginable. Pero esto es lo sensato para implementar medidas de prevención, como ha puesto de manifiesto la prestigiosa revista de economía Fortune al publicar dicho Informe y advertir que una variación climática brusca originará guerras por el suministro de alimentos, agua y energía, así como la necesidad de muchos estados de fortificar y blindar sus fronteras para rechazar oleadas masivas de nuevos emigrados por motivos medioambientales.

El Informe pronostica que, si se afecta el sistema de enfriamiento de las aguas provenientes de las zonas cálidas del Atlántico ya mencionado, la temperatura media caería varios grados en Europa y en el este de América. Por eso el Pentágono encargó que el estudio se hiciese sobre la base de la peor hipótesis, no por veleidades catastrofistas. Ningún estratega lúcido deja de plantearse el escenario más adverso y de tomar precauciones para hacerle frente en el caso de que se produzca. Entre otras razones, porque es un porvenir posible y sería irresponsable no tenerlo en cuenta. Este imperativo resulta ineludible cuando se planifica el futuro. Y más si se trata del clima terrestre, sobre el cual nuestros conocimientos son insuficientes para establecer pronósticos seguros, incluso a corto y medio plazo.

Pero, a la luz de lo poco que sabemos, ¿puede sostenerse que es tan altamente improbable una catástrofe climática? ¿No hay acaso indicios de que esto sucedió en varias ocasiones en el pasado? ¿No es verdad que estamos ante uno de los escenarios contemplados por los propios científicos para explicar la extinción de los dinosaurios?
Como han declarado varios expertos, empezando por los que elaboraron el Informe encargado por el Pentágono, un cambio climático brusco no es imposible. Y esta afirmación debe ser evaluada en un contexto significativo. En general, previniendo la tendencia al sensacionalismo de los medios de comunicación, los científicos extreman la prudencia cuando hacen un diagnóstico público de la situación. El mayor riesgo para su prestigio es que la comunidad a la que pertenecen les califique de catastrofistas.

La gota que desborda el vaso
Sin embargo, el cambio repentino es la norma, no la excepción. En todos los órdenes de la vida, y de forma manifiesta en la evolución de las especies, éste ha sido el mecanismo de transformación de las condiciones del planeta, y de la extinción y aparición de nuevas formas de vida. El fenómeno presenta dos fases: un proceso de acumulación cuantitativa que a partir de cierto punto se transforma en irreversible, seguido por un salto cualtitativo brusco en su culminación.

El proceso que conduce a dicho salto, a la mutación o al cambio que sea, puede prolongarse durante mucho tiempo, pero por lo general desemboca en una crisis y un colapso. Por supuesto, la caída de un edificio es el resultado de un prolongado deterioro: pequeñas grietas, ruidos imperceptibles que nadie detecta, mínimos desequilibrios que sobrecargan una parte de su estructura. Pero el resultado final, el derrumbe mismo, sucede en un instante y muchas veces tan rápidamente que puede no dar tiempo a los moradores del inmueble para ponerse a salvo.

Así ha evolucionado la vida en general y el ser humano en particular. Por eso mismo, no se entiende por qué se habla del cambio brusco como de un acontecimiento tan improbable. Como argumentó Emmerich, si su película presenta en pocas horas una catástrofe que podría extenderse a lo largo de varias semanas, ello obedece a la voluntad de advertir sobre la magnitud del desastre en términos dramáticos: conseguir una amplificación que muestre a los habitantes del edificio que éste está crujiendo peligrosamente y no es sensato que sigan desentendiéndose de la situación. Pero lo cierto es que, una vez roto el equilibrio, dicha catástrofe podría suceder en meses o en algunos años, no en siglos. Así se ha expresado recientemente, entre otros científicos, Raymond Schmitt, experto del Instituto Oceanográfico Woods Hall de Massachusetts (EE UU), al sostener que las investigaciones realizadas sobre los hielos del Ártico y otras regiones indican que probablemente habrá un cambio climático brusco en muy pocos años.

Nada tendría de extraño a la luz de los antecedentes conocidos. Basta una mínima alteración de la temperatura para que se produzcan modificaciones terribles en las condiciones ambientales. Sin embargo, nuestra cultura es tan ignorante como necia. Cuando se habla de un aumento de 2 grados en la temperatura media del planeta, la mayoría se encoge de hombros. ¿Qué son 2º más o menos? Bastaría quitarse el jersey y elevar un poco el consumo de aire acondicionado. No se le ocurre pensar que en un paciente con 40º de fiebre, 2º más pueden suponer el colapso del organismo y la muerte.

Esos 2º producen graves alteraciones en el régimen de precipitaciones pluviales, en el rendimiento de las cosechas, en la aparición de nuevas plagas y en la multiplicación de los vectores de enfermedades, así como un fuerte impacto sobre las reservas de agua potable, ya peligrosamente afectadas, y sobre la seguridad alimentaria mundial.

En el pasado, en numerosas ocasiones pequeñas alteraciones locales del clima causaron largas sequías, con las consiguientes hambrunas y migraciones masivas. Pero ¿adónde puede desplazarse actualmente un pueblo entero o varios en un planeta afectado globalmente y superpoblado como el nuestro a comienzos del siglo XXI? El agua ya es causa de conflictos armados en África y estas guerras se extenderán en un futuro próximo. El aumento del nivel del mar sumergirá muchas islas habitadas y miles de kilómetros de costas. Las lluvias violentas arrastrarán la delgada capa fértil de los suelos de cultivo.

En relación a este futuro, bastan dos cifras para expresar claramente el enorme riesgo que corremos. La temperatura media de la Tierra se ha elevado en 1,6º en el último siglo. Y las décadas de los 80 y 90 del siglo XX son responsables del 75% de ese incremento. Las proyecciones indican que, a finales del siglo, la temperatura podría haber aumentado en más de 5º. Pero nadie advierte que existe una posibilidad elemental: mucho antes puede producirse el colapso del actual clima y la brusca irrupción de uno nuevo, inhóspito y hostil al mantenimiento de las formas de vida actuales, incluyendo a la propia humanidad. Y este panorama desolador nada tendría de novedoso en la historia de nuestro planeta.

Extinciones masivas
Hubo una extinción masiva a fines del cretácico. De las nuevas condiciones surgieron los mamíferos. Mayor aun fue la que tuvo lugar en el Pérmico, hace 245 millones de años, cuando desaparecieron el 96% de los seres vivos de todos los ecosistemas. Otras extinciones masivas acabaron con el 50%.

Los escépticos aducen que tales extinciones probablemente obedecieron a multitud de factores no bien conocidos y que, por tanto, no puede señalarse un motivo único. Pero olvidan que entre las causas señaladas por los científicos existe un amplio consenso en dibujar, en todos los casos, un escenario caracterizado por cambios en el nivel del mar y por una alta concentración de determinados gases como efecto de erupciones volcánicas, o bien un ocultamiento de la luz solar provocado por el impacto de un gran meteorito. Es decir, que más allá de los múltiples factores que condujeron al cambio climático que sea, éste aparece como la causa determinante del colapso de unas condiciones ambientales y de las extinciones masivas.

Es verdad que dicho fenómeno fue provocado hasta ahora por procesos naturales. Y también es cierto que basta una serie de erupciones volcánicas importantes a lo largo del mundo para que el nivel de los gases de invernadero en la atmósfera aumente sensiblemente, situándose muy por encima del que habrían supuesto las emisiones derivadas de la actividad industrial en ese mismo periodo. Pero esto no es un motivo válido para no tomar medidas y no reducir las emisiones. Como no sería un motivo válido aducir que la causa de la grave dolencia respiratoria de un minero afectado de silicosis es la mina, y no el tabaco, para que un médico le diga que puede seguir fumando.

Por otra parte, hay un elemento nuevo que no puede soslayarse. En nuestra época, la contribución humana ha incidido notoriamente en el calentamiento progresivo de la atmósfera y su peso específico no ha dejado de incrementarse cada vez más, superando con creces la capacidad de los océanos y bosques de absorber el CO2 y otros gases de invernadero generados por el hombre.

Desde luego, toda modificación profunda en el hábitat terrestre es el resultado de un proceso. Pero el problema es que la actual fase de progresiva contaminación atmosférica por parte del ser humano no es de ayer, sino que viene de antiguo: deforestación para ganar praderas y tierras de cultivo; crecimiento de los rebaños como fuente de leche, lana y carne, con el consiguiente aumento de la polución por metano; contaminación generalizada del aire, el agua y los suelos, derivada de la propia actividad productiva. En los últimos dos siglos, dicho impacto ambiental se ha disparado por efecto del moderno sistema de producción agraria, y ha añadido unas emisiones industriales en aumento exponencial y unos volúmenes de quema de combustibles fósiles sin precedentes. Por lo tanto, lo nuevo es que el hombre y su actividad se han transformado en un factor de creciente peso en el aumento del efecto invernadero que puede desembocar en el cambio climático tan temido.
¿A qué altura del proceso de acumulación de gases de invernadero en la atmósfera nos encontramos? No lo sabemos. Bien podríamos haber traspasado ya el punto de no retorno que supusiera un proceso irreversible de calentamiento. En esta hipótesis, el cambio del clima sería inevitable. Pero incluso en semejante coyuntura lo sensato sería tomar medidas urgentes para no precipitarlo, ganar tiempo con el objetivo de prepararse para hacer frente a la adversidad y minimizar el precio en términos de destrucción, hambrunas y dolor. Como es obvio, el hecho de que el coche se haya quedado sin frenos y resulte inevitable que acabe por colisionar, no es una razón válida para apretar aún más el acelerador. Al contrario, cualquier conductor sensato intentaría maniobrar de forma que el impacto fuese lo menos brutal posible.
¿Por qué estas verdades tan evidentes no son tenidas en cuenta por los gobiernos y por la sociedad en general? ¿Por qué nadie quiere atender a la necesidad de asumir una modificación radical en el modo de producir, distribuir y consumir que suponga una forma razonable de prevención?
Desde que la humanidad asumió el riesgo real de un cambio climático catastrófico, y desde que la ONU celebra el Día de la Tierra para recordar la necesidad de tomar medidas, la situación ha ido a peor con mayor rapidez. No sólo no se ha invertido el volumen de la contribución de la actividad humana al efecto invernadero, sino que se ha incrementado progresivamente. Más aun: incluso en el dudoso caso de que la mayoría de los países del mundo llegara a cumplir el compromiso del Protocolo de Kyoto de limitar las emisiones de gases de invernadero a la atmósfera para el año 2010 o 2012 a los niveles ya muy altos de 1990, el aumento previsto de tales emisiones sólo por parte de EE UU, responsable del 25% del total de dicho impacto, elevaría en otro 6% el total mundial de las mismas.

Esto en el escenario ficticio de que únicamente EE UU ignorara el Protocolo, que sólo han ratificado 47 países y casi ninguno ha cumplido. En Kyoto se había acordado que EE UU debía reducir sus emisiones en un 7% para el 2010 respecto del nivel de 1990. No obstante, la superpotencia no sólo no ha ratificado el acuerdo, sino que ha anunciado que aumentará los niveles de 1990 en un 40% para ese año.

Pero no incurramos en el error de buscar un chivo expiatorio. EE UU no es el único «malo de la película». España ha aumentado las suyas en un 29% durante la última década y para el 2010 habrá sobrepasado en un 60% el impacto que producía en 1990, superando en un 400% el límite del 15% de incremento de las emisiones sobre 1990, establecido en Kyoto como techo máximo para este país. Lo mismo podemos decir de la mayoría de las naciones del mundo.

Apretando el acelerador
En 1990, las emisiones a la atmósfera sólo de los seis gases contemplados en los compromisos de Kyoto, era de 308 toneladas (Tn) anuales. En el 2000 prácticamente aumentaron en un 25%, rozando los 400 millones de Tn. En estos últimos diez años, únicamente el sector energético incrementó en el 30,5 % sus emisiones de dióxido de carbono, pasando de 216 Tn a 262 Tn.

La producción de cemento, industria química y metalúrgica, aumentaron sus emisiones en el 33%, mientras la actividad agropecuaria y los desechos elevaban sus cotas en un 65%. Kyoto se ha quedado en papel mojado: una declaración de buenas intenciones, como tantas otras de la ONU, pero sin la mínima operatividad, ya que no existe voluntad política ni social para convertir esas metas en una realidad a corto plazo.

Todos apretamos a fondo el acelerador del sistema de producción, distribución y consumo. Queremos coches nuevos cuanto más potentes mejor, deseamos mayor consumo eléctrico para dotarnos de las últimas novedades en materia de electrodomésticos, no estamos dispuestos a viajar menos, ni a ralentizar el crecimiento económico, ni a renunciar al despilfarro y a la galaxia de productos desechables.

El grado de desarrollo de un país se mide en indicadores económicos que implican más emisiones de invernadero: mayor consumo energético, más bienes y servicios, más transporte de mercancías y personas, más demanda de materias primas no renovables, más impacto medioambiental en todos los ámbitos, e incluso mayor volumen de desechos per cápita. Estos son los indicadores que se consideran a la hora de establecer el rango económico de un país en el concierto mundial, y no sus niveles de protección ambiental ni los adelantos que introduzca en su sistema productivo para reducir las emisiones de invernadero. ¿Por qué nos extraña entonces el panorama?
Esta es nuestra cultura. La forma de pensar, sentir y vivir de la abrumadora mayoría de los seres humanos; ésa misma que los demagogos estimulan con sentencias tan falsas como «el pueblo siempre tiene razón» o «el pueblo es sabio».

No se trata de una camarilla perversa de empresarios inescrupulosos, ávidos de mayor riqueza y poder a cualquier precio, sino de una sociedad predadora en la cual los desfavorecidos que tienen acceso a menor nivel de consumo sólo desean alcanzar los niveles que disfrutan los más favorecidos. Casi todos los seres humanos quieren mayor desarrollo económico y lo miden con las pautas del modelo vigente que nos ha conducido al borde del desastre. Nadie parece querer darse cuenta de que un modelo que para brindar al 15% de la población mundial los estándares de calidad de vida propios de las sociedades desarrolladas ha llevado al planeta a esta situación límite, no puede servir para darle los mismos bienes y servicios al 100% de una población humana que no deja de crecer a ritmo de vértigo.

Sencillamente, el mundo no puede soportar semejante expolio irresponsable. Pero nadie postula ni promueve otro modelo de convivencia, ni nuevos valores que hagan posible una sociedad mundial basada en una economía sustentable. Incluso los ecologistas juegan a hacerse trampas al solitario cuando esgrimen demagógicamente el argumento indefendible de que es posible reducir el impacto ambiental a niveles sostenibles sin renunciar a nuestro confort actual, medido en bienes y servicios disponibles.

Trampas al solitario
El concepto de «desarrollo sostenible», tal como ha sido formulado, es una broma de mal gusto por resultar impracticable, como ocurrió con el famoso «crecimiento cero» postulado por el Club de Roma en los años 60. No hay forma de aplicar estos modelos sin un profundo cambio de nuestra cultura.

Todo el diseño del futuro económico en la famosa aldea global se ha hecho dando por descontado que las emisiones aumentarían exponencialmente y afirmar otra cosa es mentir conscientemente. Esta es la filosofía de una economía mundial que produce los componentes donde sea más rentable y después los traslada a unos enclaves especializados en integrarlos para volver a distribuirlos por todo el planeta, o que hace viajar desde China los ajos que se consumen en España. Un sistema perverso desde el punto de vista de la preservación del medio natural.

Cuando se dio luz verde al mercado único europeo, se tomó esta decisión con plena conciencia de que suponía un aumento inmediato del 20% de las emisiones de invernadero, sólo por concepto de incremento del tráfico de mercancías por carretera.

Todos los gobiernos del mundo, sin excepción anteponen sus prioridades políticas, económicas y sociales al medio ambiente, porque en caso contrario se quedarían sin votantes. Y todas las medidas que se han tomado en las últimas décadas para lograr una supuesta mayor protección del medio natural, han obedecido a guerras comerciales, no a prioridades medioambientales, y se han traducido en normas absolutamente ineficaces para hacer frente al progresivo calentamiento de la atmósfera terrestre, aunque muy eficaces para la cuenta de resultados de algunas multinacionales.

Carros de combate ecológicos
La prohibición de los CFCs de los sprays en los años 80 sólo representaba una mínima parte de la contaminación por cloro que afecta a la capa de ozono en la alta atmósfera. Las otras fuentes, responsables de la mayor parte del impacto sobre el ozono atmosférico, no se tocaron; entre éstas, infinidad de usos industriales, los vuelos supersónicos de decenas de miles de aeronaves militares y el propio Concorde, o los fitosanitarios empleados en la agricultura intensiva.

La gasolina sin plomo –que no era una prioridad para reducir el impacto de los gases que producen el efecto invernadero, el principal desafío atmosférico– representó la victoria de la industria alemana de convertidores catalíticos sobre la francesa, que en los 70 y 80 apostaba por el desarrollo de motores eléctricos. Para mayor «recochineo ambiental», a finales de la década de los 80 el gobierno alemán decidió equipar sus carros de combate con convertidores catalíticos para conseguir una actividad bélica «más respetuosa con el medio ambiente».

La sustitución de los fosfatos de los detergentes por las zeolitas, porque el exceso de esos nutrientes hacía proliferar las algas rojas y éstas desoxigenaban las aguas continentales, acabando con las otras formas de vida, aparte de que sólo fue un buen negocio para la multinacional que entonces disponía en exclusiva de la nueva tecnología, se ha traducido en un empeoramiento de la situación. A diferencia de los fosfatos, que podían eliminarse mediante tratamiento terciario en las depuradoras, las zeolitas introdujeron nuevos impactos y una contaminación de las aguas para la cual no se disponía de un tratamiento eficaz.

Pero lo sensato ambientalmente era eliminar los fosfatos y sustituir esos detergentes por jabones biodegradables. ¿Por qué no se hizo? Estos últimos lavan perfectamente y los fosfatos no añaden nada a la limpieza final. Pero el consumidor no quiere sólo la ropa limpia, sino «el superblanco más resplandeciente» que conseguían los fosfatos y anunciaban los anuncios publicitarios, aunque esa blancura de cine no sea sinónimo de mayor higiene y suponga un impacto demoledor sobre las aguas continentales.

Hasta ahora, la preservación del medio ambiente sólo ha sido un mecanismo ficticio para generar nuevas oportunidades de negocio. Pero el hecho decisivo que determina la adopción de las normas ambientales y los acuerdos internacionales en la materia es que una economía dominante haya desarrollado una tecnología nueva, capaz de sustituir a una vieja declarada obsoleta, independientemente de que el impacto que produzca la nueva que se impone –por supuesto, «por el bien del medio ambiente»– sea , incluso, más contaminante.

Lo único nuevo respecto al medio ambiente en las dos últimas décadas es que se ha convertido en argumento de ventas, en arma de marketing y en fórmula para imponer a los fabricantes tecnologías específicas, alterando las reglas del libre mercado en beneficio de un aparato productivo respaldado por un poder con capacidad de elevar su interés particular al rango de norma jurídica y de imponerlo al resto.

Las ardillas rojas
A diferencia de nuestra cultura, que vive de espaldas a la naturaleza, el hombre primitivo percibía los signos que anunciaban una catástrofe inminente. Cuando los rebaños salvajes huían en estampida después de olfatear el aire, sabía de qué dirección provenía la amenaza. No hacía sino seguir el ejemplo de los propios animales, siempre atentos a las señales de otras especies mejor dotadas para detectar las amenazas a tiempo.

Sin embargo, como dijo Nietszche, «la vida, segura bajo el imperio del instinto, peligra bajo el imperio de la razón». Antes nos bastaba un signo sutil para saber que era necesario mantenerse alerta. Hoy los ignoramos orgullosamente, como si se tratara de trivialidades. Nos sentimos más fuertes que la naturaleza. Nos vemos como vencedores en la lucha por dominarla, controlarla y ponerla a nuestro servicio. Un tonto optimismo tecnológico ha convencido a la humanidad de que siempre encontrará la forma de neutralizar los fenómenos naturales adversos. De modo que vivimos sin tener en cuenta los indicios que anuncian lo peor.

Son muchas las especies de aves migratorias que ya no emigran, dado que los inviernos más cálidos les permiten permanecer en el mismo hábitat. Pero eso nada nos dice. Investigadores de la Universidad de Alberta (Canadá) han descubierto recientemente que las ardillas rojas de Yukón y Alaska se han adaptado a una temperatura más cálida, alterando su conformación genética para enfrentarse al calentamiento global progresivo. Este estudio, desarrollado durante 15 años, ha sido publicado recientemente en la revista Proceedings, de la Royal Society de Londres. Y es la primera vez que se observa a una especie que responde con una adaptación genética a un cambio medioambiental.

Si las ardillas rojas han modificado su conformación genética es porque sus organismos han detectado que el calentamiento progresivo no es un episodio transitorio, sino que se trata de un factor que regirá las condiciones de su entorno natural en el futuro, aunque esta adaptación no les sirva si el fenómeno deriva en una nueva era glacial.

Los científicos han detectado un descenso alarmante de la luz solar que llega a la superficie de la Tierra como efecto de la contaminación atmosférica. Desde los años 50 a los 90 la luminosidad diurna se redujo en un 10%, y en torno al 3% sólo durante la última década. En algunas regiones de EE UU y Europa este descenso ha sido incluso mayor. Y en las ciudades más contaminadas del mundo, como Hong Kong, ha alcanzado el 37%.

Los satélites en órbita permiten descartar que el brillo del astro rey se haya alterado. Es nuestra actividad la que oscurece el sol, la fuente de la vida. Y como advirtió el gran científico Fred Hoyle en su libro El universo inteligente: «cuando un mono es tan estúpido que se niega a ascender por la cuerda que se le tiende desde arriba, está condenado a la extinción».
¿Está cerca El día de mañana? Seguramente, cada vez más próximo por nuestro empeño en apretar el acelerador, lanzándonos en dirección prohibida, como los kamikazes del volante que siembran el terror en la carretera. Si así vamos por la vida, no se necesita un doctorado en física para saber que esta cultura acabará en un amasijo de hierros retorcidos abandonado en la cuneta de la historia. Esperemos que su conducción temeraria no se lleve también por delante el futuro de toda la especie.
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