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Ciudades andinas: espejo de las estrellas

Viernes 01 de Abril, 2005
Las urbes incas reflejaban las formas del firmamento. Tanto la orientación como el número y la disposición de sus barrios plasmaban un orden cósmico que vinculaba los ciclos celestes con los estacionales. El principio rector de la construcción era este diseño sagrado del espacio terrestre bajo la guía de los astros, con la finalidad de que la vida humana expresara la armonía con el ámbito de lo divino.
Los pueblos prehispánicos de la América andina diseñaron sus ciudades en función del Cielo. Cuzco, Tumipampa (actual Cuenca) o Quito, reflejan sobre la Tierra sus antiguas constelaciones. El arquitecto ecuatoriano Alfredo Lozano Castro –director y profesor de la universidad Indígena de las Américas, en Quito (Ecuador)–, descifró las claves que determinaron la ubicación de estas urbes a partir de vestigios arqueológicos, crónicas y ritos ancestrales que todavía perviven en la memoria de los descendientes de aquellas civilizaciones.

El estudioso destaca que la observación de los fenómenos estelares tuvo especial consideración entre los pueblos de muy diferentes culturas. El Cosmos representaba la estabilidad a través del tiempo y, en esa medida, al recrear sus estructuras se intentaba asegurar la permanencia del mundo humano, generando un antídoto contra el Caos. Basándose en esta evidencia, Lozano reconstruye la apariencia arquitectónica original que presentaban las ciudades andinas, basándose en la proyección de determinadas constelaciones indígenas sobre las ruinas de sus antiguos asentamientos.
–En el caso de la civilización andina –explica a AÑO/CERO–, los sabios o amautas indígenas creían que era necesario aprender a caminar en las estrellas para saber orientarse después sobre la Tierra. Por esta razón, desarrollaron una ciencia astronómica centrada en las constelaciones y en su movimiento cíclico en el firmamento. Al proyectar dichas estructuras estelares sobre el territorio que ellos ocupaban, decidían el lugar y la orientación de sus poblados y cultivos.

Este vínculo tendía un puente entre el Cosmos y el mundo humano. Y era un principio que se extendía a todas sus actividades. Por ejemplo, una constelación importante era la del Puma. Cuando el Sol salía por el punto de la banda zodiacal que correspondía a este felino, daba comienzo una estación favorable. Sobre la base de la observación de su ciclo astronómico, los amautas desarrollaron un calendario solar y otro lunar, que tenían carácter sagrado y también regían las labores agrícolas.

Hasta hoy, para los indios el trabajo campesino constituye un acto religioso. Antes de labrar la tierra se realizan rituales. Lo mismo sucede con la siembra: se ora, se bendice la semilla y se besa el suelo en el cual se va a plantar. Cuando llega la cosecha se celebra una festividad en agradecimiento a la Pachamama, la «Madre Tierra». Esta liturgia todavía puede observarse actualmente, e incluye ofrendas de alimentos y bebidas dispuestos sobre unos pequeños montículos de piedras, llamados apachetas.
–La Pachamama representa la síntesis de la paz y el movimiento invisible del crecimiento vital –nos explica Lozano.

Los planetas y el zodíaco

Los incas poseían avanzados conocimientos sobre el movimiento de los astros. En el sistema solar identificaban siete cuerpos: Sol (Inti), Luna (Quilla), Mercurio (Catuilla), Venus (Chasca), Marte (Aucayoc), Júpiter (Pirua) y Saturno (Haucha). En su modelo, Júpiter ocupaba el centro del sistema, según dedujo Lozano de un mapa cosmográfico que recogió Juan Santacruz Pachacuti en su libro Relación de Antigüedades de este Reyno del Perú, escrito en 1613.

Una constelación especialmente relevante era Orión, conocida entre los aymaras como Uara Uara Khawa (cerro de las estrellas), que es visible tanto desde el hemisferio norte como desde el sur.
–Los amautas andinos se dieron cuenta de esta característica –comenta Lozano– y por eso concibieron a las tres estrellas del cinturón de Orión como un puente que unía los dos hemisferios astrales. Esta constelación formaba parte de la principal figura celeste del zodíaco indígena, la de Chuquichinchay, «el Felino de oro», asociada a Júpiter y al Creador del Universo, Illa T’iqusi o Viracocha. Los mayas la consideraban el núcleo original del Universo. La aparición de dicha constelación y la cercana Cruz del Sur en el cenit del hemisferio austral, en determinadas épocas del año, anunciaba el inicio del nuevo ciclo agrícola y el período de lluvias.

Debajo de Orión se encontraba la Chakana (Cruz del Sur), que pudo haber inspirado la orientación de los ejes celestes y terrestres (los puntos cardinales). Mayu era la Vía Láctea, el «río sagrado de estrellas que fluye en el firmamento». Y los puntos cardinales andinos eran los suyus: Anti Suyu (sureste/noroeste), Chinchay Suyu (noreste/noroeste), Colla Suyu (sureste/suroeste) y Cunti Suyu (noroeste/suroeste).
–La intersección de estos dos ejes o planos con el centro de la Tierra definía el punto de la creación del Cosmos visto desde la Tierra, que dio lugar a la noción del espacio sagrado y, por ende, al simbolismo del centro –nos explica el académico.

Según los estudiosos, las constelaciones zodiacales andinas eran trece. Como hemos mencionado, la más importante fue El Puma o «Felino de oro», considerado el «Padre de la Humanidad». En diversos registros mitológicos aparece como devorador de la Luna y causa de los eclipses. Esta constelación estaba formado por Orión. La estrella Rigel era el ojo, Tahalí la nariz y boca, el Toro formaba el dorso y el aglomerado estelar de las Pléyades la cola, mientras que los pies correspondían a Géminis. Este animal aparece frecuentemente en la iconografía andina, desde Chavin de Huantar (en Perú) hasta en Tiahuanaco en Bolivia. El arquitecto ecuatoriano recurrió a las crónicas y a antiguos relatos míticos para encontrar los orígenes de estos conocimientos cósmicos, una investigación que dio a conocer en su libro Ciudad Andina, concepción cultural: implicaciones simbólicas y técnicas (1996).

Todas estas tradiciones suelen girar en torno a la figura de Viracocha. Éste salió del lago Titicaca (situado entre Perú y Bolivia), para crear el Cielo, la Tierra y la primera Humanidad. Luego desapareció, dejando al mundo sumido en la oscuridad. Más tarde, volvió a manifestarse y convirtió en piedras a la Humanidad precedente. A continuación creó el Sol, la Luna, las estrellas y los humanos actuales.

Ayudado por sus súbditos, viajó por todo el planeta, poblando diferentes regiones. Su periplo terminó cuando se marchó a través el mar con sus acompañantes.

Hace algunos años, Alfredo Lozano descubrió que la planificación de algunas ciudades prehispánicas andinas obedecía a determinadas condiciones «geoastronómicas». El centro de los poblamientos era el cruce de tres ejes orientados astronómicamente, que simbolizaba el punto donde giran el espacio y el tiempo.

La estructura urbana

Según este arquitecto, «la parte central de tales ciudades estaba orientada de forma que registrara los acontecimientos estelares y era el punto en el cual se concentraba la energía celeste. Su configuración característica se basaba en los ejes de orientación, teniendo como punto de referencia el levante o salida del Sol. Luego se procedía a determinar los ejes diagonales, que señalaban los puntos extremos del recorrido del Sol en su movimiento anual aparente, desde el Trópico de Capricornio –en el solsticio de diciembre–, hasta el Trópico de Cáncer, durante el solsticio de junio. También se dibujaban sobre el terreno los ejes de Mayu, ‘;el río de estrellas’ o Vía Láctea que en el ecuador celeste tiene una posición bien definida durante los período solsticiales».

Resumidamente, eso quiere decir que los astrónomos indígenas, mediante la observación de la posición del Sol respecto de la Vía Láctea, tenían a su disposición métodos muy exactos para predecir las efemérides astronómicas. Por ello, los ejes terrestres de los relojes solares –gnomones que proyectan su sombra sobre una superficie– estaban orientados en función de esas efemérides. La planificación de las ciudades obedecía, por lo tanto, a un sistema calendárico lunar-solar que tenía como base material el sistema de ceques. Estos señalaban los puntos de los solsticios, los meses, el tiempo de sembrar y el de cosechar. La palabra ceque significa raya, línea, término o rumbo, y su ubicación determinaba la de las wacas o adoratorios situados alrededor de la ciudad de Cuzco.

Según Lozano, los ceques podían funcionar como un computador, que traducía los ritmos astronómicos a los ciclos estacionales mediante una «simulación» en el calendario ceremonial que regía las relaciones sociales y la producción agrícola. Una prueba de ello es la orientación de los ceques, definida por cerros donde se erigían observatorios y relojes astronómicos que permitían conocer la sucesión de las estaciones, especialmente el inicio del año agrícola y los períodos de sequía y de lluvias, cuando se celebraban las grandes festividades rituales.

Uno de los descubrimientos de Lozano es que se pueden identificar los trece meses del año andino con los ceques. Tres de estos se corresponden con un mes. El total de trece meses determinaba el número de barrios de la ciudad.

Tiahuanaco y Cuzco

Es posible que la primera gran ciudad andina planificada según la cosmología haya sido Tiahuanaco, en Bolivia. Más tarde, este «corpus» de conocimientos pudo haberse transmitido a través sociedades secretas de amautas. Pero el hecho es que su aplicación se refleja en el trazado geométrico-ritual de todas las urbes como un principio fundamental. Cuzco es un buen ejemplo. Está ubicada justo en el centro de la confederación del Tawantinsuyu (Imperio incaico) y significa «ombligo». A su vez, cada uno de sus trece barrios se identifica con una constelación zodiacal concreta.

Cuzco fue construida teniendo como modelo la antigua ciudad de Tiahuanaco. Seguramente allí se conmemoraba ritualmente la aparición de cada una de las constelaciones zodiacales en el firmamento. Coincidentemente, esos trece meses zodiacales también se interrelacionaban con los trece meses del calendario lunar.

El mes de marzo era el primero del año. La luna del mes de junio, llamada Atún Cusoul, señalaba el momento de arar la tierra. En julio empezaban a regar. Durante la luna de septiembre, o Citua Quilla, se juntaban en la plaza principal de Cuzco (Haocaypata) los indígenas de todas las comarcas para hacer sus sacrificios al Sol. Durante la luna de noviembre (Raymi Quilla) algunos se horadaban las orejas y se rebautizaban con los nombres de sus antepasados.

La ciudad andina también se dividía en tres partes desde un punto de vista social y funcional. En el centro estaban los templos dedicados al culto estelar y allí residían los gobernantes, los sacerdotes y sus asistentes. Alrededor de este núcleo se extendía la zona administrativa, sede de los curacas o representantes de las naciones confederadas, que abarcaba los barrios correspondientes a los meses del calendario agrícola. Por último, en el anillo exterior de la urbe se hallaba el sector de las viviendas del resto de la población.

La ciudad de Quito y la de Cuenca (la antigua Tumipampa), ambas en territorio del actual Ecuador, también confirman la implicación que tiene este trazado de las ciudades indígenas con los conceptos astronómicos mencionados. En ambas, la planificación urbanística se basó en una proyección de la constelación del Puma o «Felino resplandeciente».

Lozano investigó la pervivencia de estas antiguas creencias cosmo-religiosas en la actualidad. Muchos centros sagrados indígenas fueron sustituidos por iglesias, capillas o ermitas, con sus imágenes del santoral cristiano, especialmente vírgenes y cristos. Generalmente, la Virgen se sincretiza con la Pachamama, lo que explica la enorme devoción que existe hacia esta figura en toda la región andina.

Las festividades del Inti Raymi –ligadas al solsticio de junio, que es el de invierno en el hemisferio sur– coinciden con las celebraciones cristianas del Corpus Cristi, San Juan, San Pedro y San Pablo. Los indígenas las asimilan al comienzo de su año agrícola, ya que señalan el final de las cosechas y el momento de prepararse para las siembras del nuevo ciclo estacional.

También perviven aún algunas fiestas que se relacionan con el solsticio, como la de Licán, dedicadas al Inka Palla, en el día de San Pedro (30 de junio). Los indígenas de Macají se congregan al pie del cerro Itsibug, al sudoeste de Licán, con una niña y un niño de entre 8 y 9 años, quienes se visten de reyes. Luego de dar tres vueltas al cerro, se desplazan hasta la plaza, donde visitan al cura y a los políticos locales. Según los nativos, el origen de esta celebración se remonta a la época en que el rey Puruguay Cacha llegó a Licán perseguido por los conquistadores.

El monarca apareció sentado en un trono de oro en el cerro Itsibug. Al ser desalojado de aquel sitio, su trono se hundió en la montaña y el rey volvió a reaparecer sobre un cerro llamado Atarasana, sujetando un cetro de oro. Finalmente, clavó el bastón en esa colina y volvió a reaparecer en otra, distante media legua. Este mito fue formalizado en una liturgia de peregrinación que todavía se celebra en nuestros días.
–En este ritual –nos explica Lozano– parece clara la relación de la mitología precolombina con hitos astronómicos ligados al solsticio de junio, pero también con el amanecer y el atardecer.
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Comentarios

Le sujiero profundizar su investigacion en Bolivia que fue el centro irradiador de todo conocimiento ancestral QUE REPERCUTIO A LOS INCAS

Muy bueno el articulo. Es claro que los antiguos habitantes de la zona andina sabian mucho de astronomia. Tal vez hayan sabido muchas mas cosas de las que conocemos ahora sobre el universo.

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