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Moscú bajo tierra

Jueves 06 de Febrero, 2014

Como si de un gigantesco queso gruyere se tratara, el subsuelo de la capital rusa está horadado por mil y un pasadizos secretos. 

Desde la Edad Media, pasando por la era del temible Iósif Stalin y hasta la Guerra Fría, se fue tejiendo un laberinto de instalaciones ocultas. Gracias a filtraciones en los servicios secretos, afortunados descubrimientos fortuitos y las hazañas de audaces espeleólogos urbanos, vamos conociendo un poco más el asombroso inframundo que se esconde bajo la agitada superficie de Moscú.   

 Aunque tibio, el lujo del hotel Holiday Inn de Moscú, en el histórico distrito de Sokólniki, contrasta y mucho con la penuria que se adivina en algunos edificios a apenas 200 metros de su hall, sobre todo al anochecer, cuando al turista le aconsejan no salir solo o, directamente, no salir. Sin embargo, estas advertencias tienen más que ver con las molestias que causan a los anfitriones las desapariciones de las carteras o los pasaportes de sus clientes, que con el devenir diario de esta ciudad inabarcable, por otra parte tan segura como cualquier otra capital europea.

No obstante, resulta conveniente atender a otras recomendaciones. Por ejemplo, evitar hacer uso del taxi, un servicio mal regulado y proclive, al parecer, a demasiados abusos. Además, la alternativa que nos proponen es mucho más atractiva y sugerente, sobre todo al objeto de lo que vamos a contarles. Se trata, en suma, de utilizar el Metro de Moscú, el transporte más dinámico y popular de la ciudad del Moksva.

Desde la entrada del Holiday Inn, a apenas cien metros de distancia, se ve perfectamente el acceso a la estación de Metro de Sokólniki, el lugar donde comienza nuestra historia…

 STALIN OCULTISTA

Corría el año 1935. Concretamente el 15 de mayo, Iósif Stalin, jefe absoluto de la Unión Soviética, descendía por las escaleras de Sokólniki para materializar uno de sus proyectos más ambiciosos: dotar a Moscú de una vasta red de Metro, que permitiera a sus ciudadanos desplazarse cómoda y rápidamente, evitando así las aglomeraciones de la superficie y los rigores del invierno, particularmente adverso en estas latitudes.

Es obvio que en la mente de Stalin estaba modernizar la ciudad, pero el Metro también era el escaparate perfecto en el que plasmar su idea del «realismo socialista», a ojos de sus compatriotas y frente al escrutinio de los capitalistas occidentales. De ahí que pusiera especial énfasis en el diseño de la red, tanto en su planificación como en la arquitectura y decoración de las estaciones, estas últimas llamativamente lujosas. No hay más que visitarlas para entender por qué los moscovitas llaman Palacio Subterráneo al metro de su ciudad.

A cualquier observador podría parecerle que este suntuoso despliegue poco o nada tendría que ver con los ideales de la Rusia de aquellos tiempos. Se equivoca. La intención de Stalin, tras el triunfo de la Revolución Bolchevique, era poner a disposición del pueblo las riquezas y prebendas de las que muy poco antes sólo disfrutaban la aristocracia y los zares y, de paso, enviar a Occidente el mensaje de que el comunismo proveía de arte, cultura y felicidad a los ciudadanos soviéticos de a pie.

A Stalin le preocupaba y mucho la carga simbólica de sus actos. Por ejemplo, no es casual que la primera línea de metro que inauguró fuera –y siga siendo– la Línea Roja, por las connotaciones evidentes de dicho color. Ni que ésta, integrada por trece estaciones, concluyese en un lugar apenas transitado… (Continúa en AÑO/CERO 283).

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