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La ruta de los pueblos condenados

Jueves 01 de Febrero, 2007
Mientras las ciudades continúan extendiendo su manto de asfalto, los pueblos van plegando sus calles empedradas, apagando sus chimeneas y cerrando sus puertas, quizá para siempre. El abandono atraviesa España de parte a parte, formando una resquebrajada ruta de aldeas muertas que permanecen ignoradas, ocultas, como evitando que el viajero sienta vergüenza ante tan injusta desolación
A quien se atreve a entrar en ellas no le resulta difícil imaginarse a las mujeres llenando cántaros en fuentes por las que ya no fluye nada, a los viejos charlando en las plazas donde sólo hay bancos vacíos, a los niños sentados en unos pupitres carcomidos… Son pueblos evocadores que, en algunos casos, cuentan con las más curiosas leyendas, como las que en Soria intentan explicar las causas del abandono, achacándoselo a veces al veneno (inexistente) de las salamanquesas. Es el caso de Mortero, del que se dice que todos sus habitantes fallecieron durante una boda, ya que el lagarto habría contaminado las aguas de un pozo utilizadas para cocinar las viandas. Tan sólo una mujer pudo salvarse, una anciana a la que otra versión de la leyenda identifica con una bruja que se arrojó a una charca, hoy llamada «El manantial de los suspiros», cuando intentaba huir de los esqueletos de sus paisanos que la culpaban de las muertes.

En el precioso caserío de Pardos, situado en el Camino del Cid, a pocos kilómetros de la localidad zaragozana de Abanto, la laguna «Ojo de Pardos» cuenta con una historia poco conocida que deambula entre la ficción y la realidad. Se remonta siglos atrás, cuando una tarde un labrador se topó con la laguna anegando sus tierras, en las que había estado faenando esa misma mañana. Aún hoy no se ha podido dar una explicación a la formación del «Ojo de Pardos», aunque pudiera deberse, según creencia de algunos pardeños, al desplome del suelo hacia una bóveda subterránea formada por las filtraciones de agua. Sea así o no, la cuestión es que se trata de un lugar de malos presentimientos al que, tal y como dicen por allá, se han «echado» algunas personas.

Pero la ruta de los pueblos muertos va más allá de la leyenda, integrándose en los agrestes parajes de lo paranormal. Hay quien dice que, en su silencio, se oyen los ecos del pasado y se vislumbran las figuras de quienes ya no están, como si se hubieran negado a marcharse. Recorramos esta parte del sendero con paso firme y el mayor de los respetos, haciendo una primera parada en Zaragoza para contemplar el más grande de nuestros pueblos abandonados.

Belchite, ecos de la batalla

Las ruinas de Belchite viejo, que se abrazan a las paredes del municipio que desde 1954 lleva su nombre, no permiten que el visitante parta con indiferencia. Y es que no es posible caminar por sus calles sin contener el aliento a cada paso. Arrasado en 1937 durante una de las más cruentas batallas que se libraran en la Guerra Civil, desde entonces permanece abandonado, acribillado como los miles de cadáveres que se amontonaron en su regazo.

En 1986, el periodista Carlos Bogdanich y su equipo del programa Cuarta Dimensión, de Radio Heraldo de Aragón, captaron el dolor que desprenden sus piedras en unas psicofonías que han dado la vuelta al mundo. En ellas quedaron registrados los sonidos de la guerra: bombardeos, aviones… Tiempo después, Pedro Amorós grabó una voz diciendo «¡Rendíos!» que se ha relacionado, de una forma algo precipitada, con el mismísimo Francisco Franco. Los fenómenos parecen concentrarse en mayor medida en la iglesia de San Martín de Tours, cuyas bóvedas muestran las heridas de los obuses. Entre sus paredes se han obtenido todo tipo de psicofonías, como la registrada por David Garcés y Paco Calahorro, delegados de la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas en Valencia, en la que se puede oír a una niña diciendo «¡Rojo, al suelo!».

Son decenas las personas que aseguran haber vivido sucesos extraños en Belchite, como Daniel Alda Blanco quien, en la noche del 7 de diciembre de 2005, se dirigió al pueblo junto a su amigo Víctor Murillo para obtener por sus propios medios una prueba de lo paranormal. No llegaron a intentarlo porque el miedo les hizo regresar a casa a medianoche, después de que, por alguna extraña razón, quedasen anuladas tanto las baterías de todos los aparatos electrónicos de los que disponían como el sistema de arranque del coche. Cuando el mecánico de la grúa acudió al pueblo y puso en marcha el automóvil sin ningún problema, Daniel y Víctor decidieron regresar a Zaragoza.

Mientras permanezcan en pie las ruinas de Belchite, y esperemos no sólo que sea así sino que alguien se preocupe de preservarlas, siempre habrá quien asegure haber sentido el fragor de la batalla. Continuará el misterio, al igual que en ese otro despoblado de Burgos famoso desde que se avistara sobre su torre el llamado «OVNI de Treviño».

Ochate, la puerta maldita

Se trata del pueblo maldito español por excelencia. Situado en el condado burgalés de Treviño, entre las localidades de Aguillo, Imiruri y Ajarte, ya desde los años 40 las gentes de las cercanías hablaban de extrañas luces que aparecían de pronto sobre sus tejados. Fue en 1947, tras subir a la ermita de Ochate, que acababa de sufrir el impacto de un rayo, cuando el labrador Víctor Moraza, testigo ya de las luminarias, encontró un precioso medallón que es una de las interrogantes del pueblo.

Pero Ochate se hizo popular en julio de 1981 gracias a Prudencio Muguruza, empleado de banca que, paseando durante el anochecer por las inmediaciones, fotografió una enorme esfera luminosa aparecida entre él y la silueta del despoblado. Así descubrió el joven la existencia de Ochate, cuyas ruinas le llevaron a indagar hasta el punto de encontrar una necrópolis antropomórfica a escasos quinientos metros. Su investigación se publicó en 1982, con el título de «Luces en la puerta secreta», en la desaparecida revista Mundo desconocido, dando comienzo a una oleada de peregrinos que buscaban en el pueblo alguna de las manifestaciones descritas por Muguruza. Según éste, Ochate, nombre en sí mismo no exento de misterio, pues en euskera significa «puerta del frío» o «puerta secreta», fue diezmado por tres pestes (viruela, tifus y cólera) entre 1860 y 1870. Hoy, una investigación de Enrique Echazarra afirma que no existen documentos que prueben que el tríptico pandémico acabara con los habitantes de Ochate. Sea como fuere, el misterio envuelve sus escasas piedras, entre las que sobresale la torre de una iglesia que parece inalterable.

En Ochate han ocurrido extrañas desapariciones, se han desorientando los militares en una niebla inesperada, se han visto humanoides y un rostro fantasmagórico asomando por el hueco de un cobertizo…Y no son pocos los que han oído el latido de un corazón o han visto la silueta de una mujer de negro paseándose por la ermita. Una amplia fenomenología que nos ha legado documentos interesantes, como las ya míticas psicofonías registradas por Radio Vitoria: la «Pandora», nombrada por una niña, y la pregunta «¿Qué hace la puerta cerrada?», formulada por una señora mayor. Secretos, en definitiva, tras una puerta que aún no se ha abierto del todo.

Continuemos nuestro sendero buscando otras entradas, aquellas que en Cataluña parecen conducir a otros planos de existencia.

La Mussara, pasaje a La Villa del Seis

En Tarragona, a unos 50 kilómetros de Reus, se encuentra La Mussara, que en 1920 aún contaba con unos 169 habitantes. El aislamiento, la escasez de agua y el temor a los bandoleros fueron algunas de las causas que motivaron la marcha de sus pobladores hasta dejarlo abandonado en 1959.

La niebla suele rodear La Mussara de improviso, convirtiéndolo en un lugar tenebroso que, al igual que ocurriera con el despoblado de Treviño, no parecía ser del agrado de sus vecinos, como queda reflejada en una «cantarella» publicada por Leonardo Fernández Bueno en su libro La guía del terror (Espejo de Tinta, 2006): «Madre, si marido me dais / no me lo deis de La Mussara / que allí siempre hay niebla / y la tierra no me agrada». Por este carácter supuestamente maldito, en La Mussara se han practicado rituales mágicos, relacionados a veces con el mismísimo Satanás. Pero los fenómenos abarcan también la ufología, pues hay quienes dicen haber presenciado la aparición de OVNIs e incluso de seres extraterrestres.

Para el autor de estas líneas, la historia más fascinante susurrada por las grietas de La Mussara es aquella que hace referencia a las puertas dimensionales, a las que se relaciona con las desapariciones ocurridas en el lugar y en concreto a la que da paso a la enigmática Villa del Seis (Vila del Sis), pueblo al que se accede atravesando una piedra situada junto a una antigua masía. La tradición oral ha divulgado la leyenda de la Villa del Seis hasta la actualidad, captando incluso el interés de las nuevas tecnologías, que le han dedicado un tenebroso videojuego, obra de Yasmina Llaveria del Castillo y Joan Alba Maldonado, al que se puede jugar en Internet.

El pasado julio, el Ayuntamiento de Vilaplana, municipio al que pertenece La Mussara desde 1961, anunció la rehabilitación de algunas de sus construcciones: la iglesia, el cementerio, la rectoría y el huerto del rector. Los edificios serán remodelados como equipamiento cultural y formarán parte del proyecto del Parc Natural de les Muntanyes de Prades. Cuando esta magnífica idea se haga realidad, ¿continuará la Villa del Seis recibiendo visitantes o cesarán las desapariciones?
Nuestro siguiente destino, más al sur, en tierras de Valencia, mantiene intacto su atractivo paranormal pese a que sus casas han dejado de existir para siempre.

Domeño, los habitantes del cementerio

El privilegiado enclave del Domeño antiguo, cuyos habitantes se vieron obligados a marcharse en los años 70 para que se hundieran sus recuerdos en las aguas del embalse de la Loriguilla –cosa que nunca ocurrió–, muestra una insólita estampa formada por un impresionante salto de agua, un decrépito castillo de origen musulmán y el cementerio, en el que aún quedan tumbas que reciben visitas desde el nuevo Domeño, alejado unos 30 kilómetros. Pero ya no existe el viejo pueblo, ni siquiera abandonado pues, cosa habitual en la idiosincrasia del Hombre, se decidió destruir en vez de reconstruir, y las máquinas excavadoras lo arrasaron hace unos años. Los domeñeros que aún acuden al cementerio miran con recelo a todo aquel extraño que se acerca por allí, pues se han dado casos de rituales que han alterado la fisonomía del camposanto y, quizás, la tranquilidad de los propios fallecidos. En Domeño, David Garcés obtuvo un documento sonoro realmente espeluznante: «Y los muertos también», se oye decir.

A unos quince kilómetros de lo que fuera Domeño se encuentra otro pueblo abandonado, Loriguilla, que sí mantiene algunas de sus edificaciones, la iglesia entre ellas, y que parece ser foco también de extraños fenómenos paranormales.

Pero Valencia guarda otras incógnitas. Más al sur, cerca de Requena, moran los duendes.

La Cornudilla, duendes en «La casa del ruido»

Entre Los Ruices y Los Marcos se encuentra el caserío de La Cornudilla, abandonado a finales de los 50 o principios de los 60. Apenas quedan restos, pero a la entrada del pueblo se alza una modesta construcción que se resiste a caer del todo. Se trata de la «Casa del Ruido» o «Casa del Duende», conocida así en los alrededores. Quienes allí vivieron padecieron casos de poltergeist y oyeron el sonido inquietante de unas cadenas en el piso superior.

La Cornudilla ha tomado una cierta relevancia en los últimos años gracias a las diferentes investigaciones llevadas a cabo por colectivos valencianos, especialmente por la Asociación de Búsqueda, Investigación y Análisis de lo Paranormal (ABIAP), que obtuvo varias psicofonías en la Casa del Ruido. Entre ellas, una en la que se puede oír «¿Dónde está?».

El dueño de las viñas que circundan la casa, un vecino de Los Ruices, confirma el interés del lugar para los investigadores pues, «sobre todo desde la emisión de un programa en la televisión valenciana, no cesan de llegar coches por la noche». Este señor recuerda cómo los ruidos que se oían en la casa obligaban a sus habitantes a dormir a la intemperie y cree que fueron los duendes quienes provocaron que la casa se deshabitara. Se trata pues de uno de los últimos hallazgos de lo desconocido, como también lo es el que alberga el despoblado del final de nuestro camino, ya en Andalucía.

Las Casillas de Díaz, ¿procesión de almas?

En la sierra de Gibralgalia, Málaga, existe un caserío que, abandonado a principios de los 70, parece ir recuperándose poco a poco como lugar de descanso vacacional. El investigador malagueño José Manuel Frías, que tuvo a bien mostrármelo, fue quien se topó con sus misterios. Según los testimonios de algunos pastores y ancianos de la zona, por la calle principal se habría visto más de una noche una procesión de «personas» que, portando velas y profiriendo extraños cánticos, caminaba hasta desaparecer en la espesura. Los testigos aseguran que los miembros de aquella comitiva parecían de verdad, pero que creían que no eran de este mundo. «Evidentemente podría tratarse de gente real que estuviera haciendo algún tipo de ritual, pero lo que resulta extraño es el numero tan alto de personas que participaban en la procesión, e incluso que ocurriera en muchas ocasiones. Eso es lo que hizo pensar a los lugareños que lo que ocurría era más bien de tipo paranormal», apunta Frías. ¿Almas en pena? ¿Extraños rituales? Un enigma que quizás no lleguemos a despejar, pues desde que Las Casillas está conociendo su resurgir, la procesión parece haber desaparecido.

Aunque nuestro viaje acabe aquí, la ruta de los pueblos muertos continúa inexorable por todo el país, susurrando a través de sus puertas una invitación para que se pase al interior de sus casas. Quizá encontremos alguna chimenea encendida, calentando una vieja mecedora en la que parece no haber nadie. ¿Quién sabe si, más allá de nuestro entendimiento, continúa la vida por estas calles olvidadas?.
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