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SAVASSONA: EL BOSQUE MÁGICO DE CATALUÑA

Miércoles 20 de Noviembre, 2013
Jesús Ávila Granados

En el centro de la comarca catalana de Osona, entre los pantanos de Sau y Susqueda, al norte, y la ciudad de Vic, al sur, se encuentra Savassona, uno de los enclaves más enigmáticos de la España mágica, integrado en el espacio natural de les Guilleries-Savassona, en donde gravitan las más herméticas fuerzas fruto de una superposición cultural que ahonda sus raíces en la Protohistoria. Una visita a este enigmático lugar provee de extrañas sensaciones que superan los límites del tiempo y el espacio.
Savassona es una pequeño agregado de Tavèrnoles, propiedad privada perteneciente al conde de Savassona, constituido por un par de masías y una iglesia, románica, del siglo XI, aunque su fachada fue modificada tras el desolador terremoto del siglo XV. Se trata de la iglesia del antiguo castillo de Savassona, del que únicamente restan fragmentos de lienzos de muralla y nada de las tétricas mazmorras subterráneas, en las cuales, según cuenta la leyenda, estuvo preso el temible bandolero catalán Joan de Serrallonga (s. XVII), antes de ser conducido a la Ciudad Condal, donde fue ejecutado públicamente. Todo ello, a la derecha de la carretera. Sin embargo, lo que sin duda llamará la atención del viajero se encuentra enfrente.

APARENTE CAOS DE ROCAS
Dejamos el vehículo aparcado bajos unos árboles y nos disponemos, botas de montaña y bordón en mano, a penetrar en el frondoso robledal, con algunas manchas de pinar, que se extiende junto a la calzada izquierda de la carretera. Las huellas arqueológicas no tardan en aparecer: un importante poblado ibero, en cuyas paredes, habitaciones y silos, todavía sin excavar, dormita un sueño de 25 siglos de historia.

El camino, flanqueado por una tupida alfombra de helechos y líquenes ya fosilizados por el tiempo, parece conducirnos, seguidamente, a un mundo más próximo al más allá, y un silencio sepulcral invade el aire que respiramos. En el seno de ese extraño bosque, según narran con estupor los naturales de la región, viven brujas y demonios, porque durante las noches de luna llena y, sobre todo, en los solsticios –o eso cuentan los campesinos de la zona–, se oyen ruidosas fiestas y refulgen fuegos extraños, a modo de mágicos aquelarres.

La verdad es que la atmósfera, aún en pleno día, no puede ser más propicia. Incluso los nebulosos atardeceres que tamizan de tonos violetas la espesura del bosque, habituales en el lugar, dada la terrible humedad reinante a consecuencia de la proximidad del río Ter y el embalse de Sau, favorece el escenario onírico de este enclave encantado…
La «Piedra del Diablo» –conocida tradicionalmente como «De los sacrificios»–, impresionante roca de 15 metros de altura, grabada en estrías horizontales, a modo de peldaños, para que descienda la sangre de los animales sacrificados a las divinidades, aparece de golpe, entre la abrupta vegetación como un frío espejismo. Se trata de una ciclópea piedra calcárea, desprendida hace miles de años de la cima del acantilado fluvial, y que, según se puso de manifiesto en las excavaciones arqueológicas que se efectuaron en su base, hace tres décadas, debió de utilizarse como centro sagrado, en donde no faltaban tumbas de reyes-guerreros de finales del Neolítico… (Continúa en AÑO/CERO 280).
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