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El aliento mortal de la puerta del infierno

Jueves 07 de Junio, 2018
Situada al suroeste de Turquía, Pamukkale-Hierápolis es célebre por sus aguas curativas, por su necrópolis y por un misterioso edificio que no hace mucho fue identificado como una “puerta del infierno”. Una investigación reciente confirma la mala fama de este lugar.

Casi tres horas después de dejar Éfeso, con las primeras luces del amanecer iluminando el paisaje, un par de kilómetros antes de llegar a Denizli, en el suroeste de Turquía, observo desde la carretera la montaña blanca que me advierte de la proximidad de mi destino: Pamukkale, «Castillo de algodón» en turco.

Aunque se trata de una figura literaria, el topónimo se corresponde con la realidad, porque lo más llamativo de Pamukkale son las impresionantes cascadas de caliza que cubren este paraje natural, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Idéntica distinción posee Hierápolis, la ciudad grecorromana que se construyó junto al «Castillo de algodón» hace unos 2.200 años. Erigida por Eumenes II, rey de Pérgamo, en torno a 190 a. C., Hierápolis contenía un ingente número de templos y santuarios, debido a lo cual también fue conocida por el sobrenombre de la «Ciudad sagrada».

PROPIEDADES TERAPÉUTICAS
Hay una buena razón para llegar lo más temprano posible a Pamukkale: evitar la marea de turistas que lo invaden en cuanto se abren al público las piscinas termales que dan fama al lugar, «instalaciones» que, entre otros cronistas del mundo antiguo, ya describiera Vitrubio, el célebre arquitecto de Julio César. Griegos y romanos atribuyeron a estas aguas propiedades terapéuticas, cualidades que unos y otros vinculaban con las acciones benevolentes de dioses o diosas como Asclepio e Higía.

En las ruinas de Hierápolis quedan muestras de que la ciudad fue sede de un importante centro dedicado al descanso y a la salud, y otros indicios con mayor interés para los aficionados a los misterios de la antigüedad. Entre estos últimos, sin duda el más interesante es un Plutonium o Puerta de Plutón, una especie de cueva o «entrada al inframundo» cuya ubicación exacta fue desvelada en 2013 por Francesco D’Andria, profesor de arqueología en la Universidad del Salento (Italia).

D’Andria, que descubrió el acceso siguiendo la ruta de un manantial, lo identificó como una «Puerta del Infierno» gracias al hallazgo de dos inscripciones dedicadas a Plutón y Koré –deidades del inframundo– y a otra prueba más singular: durante las excavaciones, el arqueólogo observó cómo varios pájaros caían fulminados al acercarse a la cueva…

DIÓXIDO DE CARBONO

«Este lugar está lleno de un vapor tan denso y brumoso, que apenas se puede ver el suelo. Cualquier animal que pase a su interior, encuentra una muerte segura». No, no son declaraciones de Francesco D’Andria, sino lo que dejó escrito Estrabón hace más de 2.000 años.

Al igual que sucedía en tiempos del geógrafo griego, las «Puertas de Plutón» eran trampas mortales debido a los gases que se concentraban en su interior, como bien sabían –o intuían– los sacerdotes de las antiguas Grecia y Roma. En el caso de Hierápolis, hace poco supimos que su Puerta de Plutón está situada sobre una falla que filtra niveles letales de dióxido de carbono. Un equipo de biólogos de la Universidad de Duisburgo-Essen, que ya había detectado varias fumarolas de gases venenosos en otras «Puertas del Infierno» ubicadas en Italia y Grecia, se desplazó a Hierápolis para confirmar lo que era un secreto a voces:

«Hace tiempo que los lugareños informan de la muerte de ratones, gatos, comadrejas e incluso zorros en el Plutonium de la ciudad»

declaraba a Livescience el vulcanólogo Hardy Pfanz, director de la investigación y experto en «mofetas», curioso término que designa a estas bolsas de dióxido de carbono y otros gases venenosos, emanaciones que en la antigüedad atribuían al aliento de Cerbero, el perro con tres cabezas que guardaba el inframundo. Por razones evidentes, una verja aísla la Puerta del Infierno de Hierápolis. No todo el mundo puede viajar al inframundo y regresar para contarlo.

SACERDOTES CASTRADOS
Según Estrabón, las «Puertas del Infierno» eran administradas por sacerdotes castrados que mostraban ser inmunes al «aliento venenoso» de Cerbero, el sabueso del Hades. ¿Cómo lo hacían?

Aunque ignorasen la fórmula química del dióxido de carbono, sí conocían el modo de evitar sus letales emanaciones: permaneciendo erguidos. Así, cuando se conducían hasta el Plutonium a un buey, un carnero o a cualquier otro animal para sacrificarlo, ponían su atención en no respirar por debajo de medio metro del suelo, altura máxima donde se acumulaba la neblina mortal de CO2 que, por razones obvias, sí afectaba a los animales. A los espectadores del ritual les impresionaría ver morir a las bestias sin que mediara un cuchillo, y cómo los sacerdotes regresaban indemnes del infierno.

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