Se encuentra usted aquí

Druidas, gigantes y piedras de poder

Miércoles 19 de Abril, 2017
Las tradiciones orales y la mitología nos proporcionan fascinantes pistas sobre el origen y propósito del megalitismo.
Paco González

Hasta que el reverendo William Stukeley (1687- 1765) propusiera sus teorías sobre Stonehenge, advirtiendo de que el eje formado por el complejo y la avenida frente al mismo se dirigían hacia «donde se alza el sol cuando los días son más largos», los británicos convivían con naturalidad con las «grandes piedras», sin hacerse demasiadas preguntas acerca de su origen y autoría. Así, la creencia popular despachaba el asunto aduciendo que la disposición de aquellas moles obedecía a algún ritual secreto, y que sus constructores, dadas las dimensiones ciclópeas de las rocas, tuvieron que ser brujos… o gigantes.

En realidad, las tesis de Stukeley, pionero de la arqueoastronomía, no se alejaban mucho de las de sus coetáneos, excepto porque éste señalaba a los druidas como más que probables arquitectos de aquellas magníficas construcciones.

A los británicos del siglo XVIII les cautivó la idea de que los druidas hubiesen erigido aquellos complejos megalíticos, y reivindicaron el papel que estos magos benévolos habrían desarrollado al levantarse contra los invasores romanos. Pero más allá de esta lectura de la antigüedad de las Islas Británicas, entre romántica y nacionalista, la verdadera aportación de Stukeley se concretó en que los investigadores de los megalitos dejaron de verlos como piedras ancladas a la tierra sin más vínculos con su entorno, pasando a estudiarlos según su posible relación con los cuerpos celestes. Si esto era así, los monumentos megalíticos cobraban una dimensión trascendente, al convertir a quienes los erigieron en sabios, arquitectos y astrónomos, probables conocedores de un código mágico-científico ancestral.

Por otra parte, la hipótesis de los druidas era exportable a otros lugares donde existían condiciones semejantes. Irlanda, el norte de España, la Galia (Francia) y, en general, la Europa céltica, tenían en común la abundancia de megalitos y la tradición de una clase sacerdotal pagana. Claro que, en abstracto, el megalitismo es un fenómeno extendido a prácticamente todo el mundo y estas construcciones presentan tanta diversidad en sus formas, como distintas fueron las épocas en que se erigieron. ¿Sigue funcionando la teoría de los druidas constructores de megalitos en esos otros lugares tan alejados geográfica y culturalmente?

BÚSQUEDA ESPIRITUAL
Frente a una mayoría de autores que acotan este fenómeno al focalizarlo en la Europa atlántica y en el Mediterráno, excluyendo así al resto de contrucciones repartidas por todo el planeta, otros no sólo advierten de que el mero hecho de desbastar y erigir estas grandes piedras pareció obedecer a un propósito común y universal, sino que buscan a sus autores en una especie de limbo en la historia de la humanidad, un periodo incierto y desde luego anterior a la última Edad de Hielo, que se correspondería con lo que se ha dado en llamar «Edad de Oro».

Obviamente, los defensores de esta cronología alternativa para la historia de la humanidad no son bienvenidos en los ámbitos académicos, desde donde se les liquida arrojando sus teorías al oscuro pozo de la pseudociencia. No obstante, la creencia en esa Edad de Oro y en la «Civilización Madre» que supuestamente la ocupó, continúa atrapando nuestra imaginación, pese a que se trata de una especulación sustentada por delicados cimientos, inaceptables desde el punto de vista de la ortodoxia científica.

En su conocida obra El retorno de los brujos, Louis Pauwels y Jacques Bergier planteaban la siguiente reflexión: «Si en la prehistoria existían técnicas altamente desarrolladas, ¿por qué no encontramos ningún indicio de ellas?’, pregunta el arqueólogo clásico. Claro que hay indicios. Y quizá encontraríamos más si el espíritu estuviera dispuesto a buscarlas». Resulta llamativo que Pauwels y Bergier apelaran a una búsqueda espiritual, no pragmática, como si los indicios probatorios de esa humanidad tecnológicamente avanzada aunque prehistórica tuvieran más que ver con la elevación de nuestra conciencia que con pruebas palpables y mesurables. Y, sin embargo, a veces quizá sea suficiente con que tomemos cierta distancia del objetivo…

TELESCOPIOS DE PIEDRA
Por ejemplo, y a propósito de esa pretendida tradición druídica vinculada con el megalitismo, viajemos hasta el condado de Antrim, en Irlanda del Norte. Allí, en los alrededores de la localidad de Doagh, en mitad de un campo sin encanto, una extraña piedra se yergue solitaria. Desde el camino más cercano, la roca tiene la pinta de un menhir convencional, aunque su apariencia de daga nos recuerda vagamente el perfil de un ave. No obstante, según nos acercamos, comenzamos a apreciar otra anomalía próxima a su vértice superior.

Se trata de un agujero perfectamente circular y no hay duda de que fue practicado intencionadamente. De hecho, la oquedad está cuidadosamente perfilada, como si alguien hubiese puesto todo su empeño en que así fuera. La pregunta es obvia: ¿Cuál pudo ser la finalidad de la abertura?

Como quiera que la piedra mide apenas un metro y cuarenta centímetros, ningún adulto que sobrepase dicha altura puede sustraerse a la tentación de mirar a través del agujero; esto es: nuestra curiosidad –aunque también nuestra experiencia– nos empuja a usar la oquedad como si de un rudimentario «mirador» se tratara. Claro que, ahora, surgen nuevas preguntas. Por ejemplo, descartando que existieran «turistas neolíticos», el mirador debió tener una finalidad menos lúdica; al fin y al cabo, no resultaría lógico que nuestros lejanos ancestros se tomaran tantas molestias sólo para pasar el rato. Es seguro que Sir Norman Lockyer, el gran astrónomo británico, se hizo estas mismas preguntas a finales del siglo XIX y, dadas su formación académica y mente abierta, formuló respuestas que hoy se nos antojan propias del sentido común, pero que en su día resultaron ser extremadamente audaces. Evidentemente, Lockyer sostenía que aquellas piedras agujereadas eran instrumentos para observaciones astronómicas, y se refería al peculiar fenómeno utilizando el plural, puesto que las Islas Británicas poseen numerosos ejemplos de estos misteriosos menhires horadados.

Hubo más, pero la intolerancia religiosa hizo que muchas acabaran destruidas a martillazos. Barn Stone, Tolven Stone, Men-an-Tol, Odin Stone y la ya citada de Doagh figuran entre las más conocidas de estas piedras agujereadas, pero resulta llamativo que no deban su fama a su capacidad para las observaciones astronómicas –o equinocciales, como sugería el mitólogo alemán Max Müller–, sino a sus pretendidas propiedades esotéricas, terapéuticas o contractuales, por mencionar sólo tres de las inopinadas aplicaciones que las acompañan.

UTILIDAD PRÁCTICA
Así, según preguntemos a un habitante de Cornwall, las islas Orcadas, Antrim o cualesquiera de los lugares donde permanecen ancladas, el interrogado sugerirá una utilidad práctica para la piedra en cuestión, bien sea la de cerrar un trato entre vecinos; sellar un pacto de amor o fidelidad entre futuros esposos; sanar de una determinada enfermedad; favorecer el paso del alma hacia el más allá; y, quizá la más evidente desde el punto de vista simbólico, promover la fertilidad de la mujer.

En cuanto al modo de obtener dichos parabienes, varían entre rodear el menhir cuantas veces nos indique nuestro anfitrión; estrechar la mano de la persona con la que cerremos un pacto a través del orificio practicado en la roca; hacer lo propio con nuestra pareja si se trata de jurar amor eterno al margen de la bendición de un sacerdote; pasar del mismo modo a un bebé para que los dioses le den salud, y un largo etcétera de posibilidades a cada cual más peculiar, pero todas ellas prácticas.

Como ven, las piedras sirven para casi todo, pero las tradiciones populares suelen escatimar su pretendido uso como ancestrales telescopios con los que observar las estrellas. Ahora bien, ¿hemos de desestimar todas estas creencias como fruto del desconocimiento o la imaginación popular? ¿Y si tales relatos, al igual que muchos mitos, representaran el recuerdo residual de un suceso verdadero que se ha mantenido a duras penas sólo gracias a la tradición oral?

Volviendo a la piedra de Doagh, en el condado irlandés de Antrim, el arqueólogo amateur Henry Cairnes Lawlor dejó escrito lo siguiente en 1930: «No puedo pensar en ningún monumento prehistórico, de cuya historia escrita no sepamos absolutamente nada, cuya finalidad haya sido tan bien preservada por una tradición inviolable como la piedra horadada (...) A día de hoy, pese a la mentalidad cambiante de las gentes y al paso de las generaciones, la costumbre que identifica la piedra horadada con un compromiso, con el símbolo del matrimonio, permanece intacta; de hecho, parejas de todo el condado siguen acudiendo hasta Doagh para juntar sus dedos a través del anillo o agujero de la roca, por difícil que esto les resulte». En su intento por rastrear el origen de la singular tradición preservada en Doagh, Henry C. Lawlor descubrió que la piedra horadada fue causa de una agria disputa de índole religiosa que motivó la separación de las diócesis de Down y Connor.

Curiosamente, uno de los obispos implicados habría sido Malachy O’Morgair, más tarde canonizado (san Malaquías de Armagh), quien en 1137 se lamentaba profundamente del arraigo de las costumbre paganas entre los habitantes de Connor. «Se me envío a tratar con hombres, no con bestias», se supone que dijo el autor de la célebre Profecía de los papas al referirse a aquellos campesinos.

REYES IRLANDESES
Sin embargo, Lawlor no pudo descender mucho más en el tiempo a propósito de la peculiar costumbre instaurada en Doagh, ni tampoco determinar el origen de la piedra misma. No obstante, en un artículo publicado en The Irish Naturalists’ Journal, Lawlor recogía un interesante fragmento del diario de un viajero que, tras visitar el condado de Antrim en 1808, distinguió la piedra horadada de Doagh como «una marca territorial de los antiguos jefes tribales irlandeses», que era tanto como decir que aquella humilde roca tenía que ver con los casi legendarios Reyes de Irlanda. En realidad, en Antrim todo tiene que ver con casi todo. De la misma y sorprendente manera que la tradición de los esposos conservada en Doagh, tiene parangón con otra de las piedras horadadas que he citado anteriormente, la conocida como Piedra de Odín, cuya sola mención resulta harto sugerente…

Llamándose así, cualquiera de nosotros situaría dicha cota en algún país nórdico. Pero erraríamos el tiro, aunque por muy poco. En cierto sentido, aunque la roca estuvo ubicada en las Islas Orcadas –y utilizo el pasado porque la Piedra de Odín original acabó hecha añicos–, es sabido que el remoto pasado de este mágico archipiélago, ubicado al norte de Escocia, posee conexiones muy evidentes con la historia y mitología escandinavas.

PICTOS Y VIKINGOS
Suele achacarse a los pueblos nórdicos que invadieron las Orcadas el respeto, el miedo incluso, que los antiguos habitantes de estas islas sentían por los abundantes vestigios prehistóricos que las salpican. Lo mismo ocurría con la Piedra de Odín, que permaneció vigilante junto al círculo megalítico de Stenness, en la isla principal de las Orcadas (Mainland), hasta que en diciembre de 1814 el capitán W. Mackay, un terrateniente llegado de Escocia, decidió que aquel monolito situado en su recién adquirida propiedad era un estorbo y, mazo en mano, lo hizo pedazos. Pero el capitán Mackay no midió bien las consecuencias de abatir la también llamada «Piedra de los esposos», pues además de liquidar 5.000 años de historia, se ganó la animadversión de los orcadianos, especialmente celosos a la hora de proteger el legado de sus enigmáticos ancestros. No había mejor mecha que la sangre vikinga y picta que corría por las venas de los aguerridos lugareños. Ni cortos ni perezosos, decidieron prender fuego a la hacienda de Mackay… con él dentro, desde luego. Sin embargo, el terrateniente escocés, un ex militar astuto y receloso, no sólo escapó ileso del atentado, sino que amplió sus ansias destructivas contra el resto de megalitos del círculo de Stenness. Pese a que intervinieron tarde, las autoridades de las Orcadas impidieron que Mackay arruinase por completo el invaluable tesoro megalítico de estas islas. Aunque nada pudieron hacer para salvar la integridad de la Piedra de Odín, verdadero detonante de la batalla entre los orcadianos y el terrateniente foráneo. Pero, ¿por qué tenía Mackay tanto interés en derribar aquel monolito?…

Al poco de que el capitán escocés tomara posesión de sus tierras, se encontró con que numerosos campesinos las atravesaban sin darle explicaciones. El destino de los lugareños era el círculo megalítico de Stenness y, más a menudo, la horadada Piedra de Odín, protagonista de una costumbre local fuertemente arraigada. De hecho, se trataba de la misma tradición que provocó las iras de san Malaquías a propósito de sus muy paganos feligreses de Doagh. Ya lo habrán adivinado: los jóvenes enamorados que vivían en esta isla de las Orcadas se prometían fidelidad enlazando sus manos a través del orificio practica do en la roca. ¿Es casualidad que Doagh y Mainland, separadas por el mar y casi 800 kilómetros, cuenten con sendas piedras horadadas? ¿Lo es también que los habitantes de ambos enclaves honren una misma tradición cuyo origen ni ellos ni nadie conoce? Las fuentes históricas no proporcionan respuestas satisfactorias a ninguna de estas interrogantes, pero sí las leyendas y mitos fundacionales de los celtas y otras culturas ancestrales de la región.

Tomemos como ejemplo la fascinante Lia Fail (Piedra del Destino o Piedra de Tara), junto a la que se coronaron los antiguos reyes irlandeses. Al contrario que la Piedra de Scone, cuya procedencia –Jacob mediante– la conectaría con las tres grandes religiones monoteístas, la de Tara posee una historia netamente pagana, alimentada por las pródigas fuentes de la mitología celta.

GIGANTES EN TARA
Situada en la cima de la célebre Colina de Tara, en el condado irlandés de Meath, la Piedra del Destino es un tosco menhir sin nada que delate el carácter mágico que se le atribuye. No obstante, la tradición celta la señala como uno de los emblemas de los Tuatha Dé Danann, unos misteriosos personajes, mitad hombres mitad dioses, que habitaron estas tierras mucho antes de la llegada de los celtas, tras arrebatárselas a sus primitivos moradores, una estirpe de cíclopes gigantes. Asimismo, se indica que la piedra no siempre estuvo en su ubicación actual, sino que fue traída por los Tuatha desde el lugar donde estos vivían, unas islas situadas al noroeste de Britania que algunos autores identifican con las Orcadas, en tanto que otros lo hacen con la fabulosa Hiperbórea de la mitología griega… si es que aquéllas y ésta no fueron idéntico lugar. ¿Acaso Doggerland, el continente que hace alrededor de 12.000 años sirvió como puente de tierra firme entre Gran Bretaña y Europa? El reciente hallazgo de evidencias de esta misteriosa isla-continente podría aportar nuevas y significativas pistas al estudio del oscuro origen de nuestra civilización.

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario