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Fernando Jiménez del Oso

Miércoles 01 de Junio, 2005
Fernando Jiménez del Oso ha sido nuestro maestro, amigo y compañero de innumerables viajes en busca del misterio. Su impronta, cuajada de carisma, perdurará entre nosotros in eternum, pues el legado que nos ha entregado es tan inmenso como su noble corazón.
Ensatez, honestidad, templanza… esas son las primeras palabras que acuden a mi mente cuando invoco su recuerdo en estos días aciagos tras su irreparable pérdida. Todo un icono del misterio, un divulgador de raza, de esos que aparecen cada cierto siglo para deleite de sus coetáneos.

Mi querido Fernando pasa por méritos propios a engrosar la galería de personajes ilustres de la comunicación española. Y, créanme que dados los difíciles asuntos que trató, el empeño no era nada factible. Sin embargo en él se encerraba la clave de la divulgación, esa herramienta maravillosa que le abrió la puerta, no sólo de lo insólito, sino también de millones de hogares españoles en los que se le recibía cada semana como uno más de la familia.

Nacido, incomprensiblemente, el 21 de julio de 1941 –pues, en verdad, el sabio doctor, parecía provenir de muchos siglos atrás–, su niñez transcurrió feliz en Collado Villalba, lugar de la sierra madrileña donde se gestaron sus primeros sueños, y donde, por supuesto, se trazó su vocación médica. Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Complutense, eligió la rama de la psiquiatría para desarrollar su talento como equilibrador de mentes y almas. Discípulo del prestigioso profesor López Ibor, pronto destacó en sus primeros trabajos clínicos, y aunque el éxito televisivo le acompañó de inmediato, nunca desatendió su consulta frecuentada primero por pacientes, y más tarde, durante treinta largos años, por amigos. Pero, en ese tiempo, otras inquietudes anidaron en su espíritu, las mismas que le proyectarían como gran mensajero de la heterodoxia.

La aventura de la televisión
En los años sesenta del pasado siglo conoció al realizador televisivo Chicho Ibáñez Serrador, su alter ego y, según gustaba proclamar, su hermano mayor. Juntos trabajaron en un guión de Fernando titulado El regreso, el cual terminó formando parte de la celebrada serie Historias para no dormir, con un breve cameo de Jiménez del Oso en un momento crucial de la obra. La amistad con Chicho se prolongaría desde entonces.

Más tarde llegaría su incorporación a aquella mítica televisión pública generadora de un irremplazable grupo de profesionales a los que tanto debemos: Miguel de la Quadra Salcedo, Félix Rodríguez de la Fuente, José María Íñigo, Manu Leguineche… Allí, Fernando participó colaborando y, desde 1976, dirigiendo míticos espacios que, desde entonces formaron parte de nuestro acerbo televisivo. Fueron catorce años ininterrumpidos, en los que quedó manifiesta su arrolladora personalidad, con narraciones asombrosas apoyadas por una presencia que seducía al espectador. Programas legendarios aún vivos en nuestra memoria como Todo es posible en domingo, Más allá, La puerta del misterio, La España mágica, Ellos o Punto de encuentro con lo desconocido hicieron de Jiménez del Oso un personaje absolutamente respetado y querido, no sólo en nuestro país, sino también en América, el continente al que tanto amó y del que tantos enigmas nos desveló.

Más tarde llegarían series documentales como En busca del misterio, junto al investigador Juan José Benítez, El imperio del Sol, El otro México, o Viaje a lo desconocido, además de la dirección y presentación de interensantísimos programas en Canal Nou, donde nos ofreció La otra realidad, una magnífica muestra de su buen hacer televisivo. Sus características ojeras soportadoras de una increíble mirada serena, y su gesto aristocrático a la par que tranquilo, no nos hacían temer a las experiencias ofrecidas por él. Supo como nadie transmitir interés gracias a su voz profunda, sugerente, medida y ensalzada en los momentos adecuados.

Pero no podemos olvidar que Fernando, además de cautivarnos desde la pequeña pantalla, también consiguió ilusionar a miles de navegantes y exploradores ávidos de conocimiento en todo lo relacionado con los asuntos fundamentales para nuestra civilización. Y, en ese sentido, destacan sus trabajos supervisados y escritos con la edición de más de 150 obras amparadas en sus aplaudidas colecciones de lo insólito. Gracias a ello los quioscos del mundo hispano cobraron brillo inusitado con títulos que nos invitaban a descubrir lugares ignotos, hechos prodigiosos y civilizaciones perdidas. En su faceta literaria nos ofreció media docena de títulos, incluida Viracocha, su única novela publicada por la editorial Planeta. La última obra que nos dejó llevaba por título En busca del misterio, posiblemente la frase que le acompañó toda la vida.

Sitio de honor en los quioscos
A principios de 1989 sorprendió a todos con la fundación y dirección de la revista Más Allá de la Ciencia. El lanzamiento del primer número fue todo un acontecimiento, con más de 250.000 ejemplares vendidos. Todos hablaron de aquella publicación innovadora que, para mayor relumbrón, regaló en el siguiente número una casette con diferentes psicofonías registradas por aquellas fechas. La imagen de Fernando, y sobre todo, su profunda credibilidad desde la difusión de las grandes inquietudes humanas, consolidaron de inmediato la revista, que aún perdura en nuestros días. Empero, como buen aventurero y amante de los retos más arduos, inició un nuevo proyecto editorial. En esta ocasión el título elegido para la flamante publicación fue Espacio y Tiempo, en la que colaboraron los mejores especialistas en diversas materias. En 1996 llegaría ENIGMAS del Hombre y del Universo, su última gran apuesta profesional, y en la que permanecería 113 números, hasta que una maldita enfermedad nos privó de su magia íntima y personal.

Sin embargo nos quedan muchas cosas de Fernando: más de 800 documentales y programas televisivos; más de 600 intervenciones radiofónicas –un tercio de ellas en mis programas Turno de Noche y La Rosa de los Vientos–; varias series documentales –por una de ellas, El imperio del Sol, fue declarado hijo predilecto del Perú–. Y sobre todo, nos queda la sensación de haber compartido vivencias y amistad con una persona increíble y buena, alguien del que te podías fiar, del que podías aprender, con el que podías crecer. Fernando tenía el don de agradar y muy pocos pueden presumir de eso.

Viajes maravillosos
Ahora me lo imagino desencriptando los misterios por los que se preguntó en tantas ocasiones. Nadie como él pudo describir la magnitud de la Gran pirámide de Keops en Egipto, la grandeza de Machu Pichu en Perú, el enigma de Pascua en el ombligo del mundo, los misterios de la Zona del Silencio en México, la sorpresa arqueológica de Mohenjo Daro en Pakistán, la serenidad sagrada de Jerusalén, los efluvios artúricos de Glastombury en el Reino Unido, o la belleza de Petra en Jordania, su último viaje por este planeta. A estas alturas ya sabrá cómo se construían las pirámides, cómo fueron realmente los incas, qué se esconde bajo las aguas del lago Titicaca, o para qué sirvieron las líneas de Nazca. Todo esto mientras realiza un magnífico dibujo sobre algún amigo suyo, o consigue una imagen 3D de Dios.

Querido Fernando, el 27 de marzo de 2005 no te perdimos porque sé muy bien que, desde ese momento, algo tuyo forma parte de nuestros corazones. El sosiego demostrado por tu esposa Pilar, así como la tranquilidad que nos transmitieron tus hijos Fernando y Pablo son fidedigna muestra del buen trabajo que hiciste aquí en la Tierra. Gracias por todo y viaja tranquilo, pues aquí ya hiciste suficiente.

Ahora, al fin ya has abierto la puerta del misterio. Hasta siempre druida y ojalá desde donde estés me cuentes alguna noche lo del medallón; ya sabes…
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