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Hitler murió en el búnker

Jueves 12 de Julio, 2018
Un equipo de científicos franceses ha tenido acceso a unos restos óseos que se guardaban celosamente, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en Moscú, y han podido corroborar que se trata de los del dictador nazi, que efectivamente habría muerto en Berlín en mayo de 1945. La teoría de la conspiración cae por su propio peso.

Han tenido que pasar más de 70 años para que las múltiples teorías de la conspiración sobre el destino de Adolf Hitler sean por fin desterradas de la historiografía. Y es que el tema del nazismo atesora no pocos misterios, como bien saben los lectores de ENIGMAS, pero éste precisamente siempre emanó un tufillo apócrifo, por mucho que algunos se empeñasen en convencernos de lo contrario.

Quizá porque los propios soviéticos y los estadounidenses –por no decir muchos de sus seguidores– contribuyeron a extender dicha leyenda, por motivos varios. Después de dos años de ardua investigación, un equipo francés de la Universidad de Versalles Saint-Quentin- en-Yvelines, comandado por el doctor Philippe Charlier, ha corroborado que los restos que se guardaban en Moscú –unos pocos dientes y un trozo de cráneo–, pertenecían al dictador alemán.

BERLÍN, 1945
La historia de aquellos restos “perdidos” y cómo su suerte dio pábulo a todo tipo de teorías conspirativas, un relato que recuerda a la trama de una novela policíaca, parece que sucedió como sigue. Una vez que los soviéticos tomaron Berlín y entraron en el búnker de la Cancillería, un soldado encontró el cadáver de Hitler junto al de su mujer Eva Braun, en el jardín, en el lugar que hoy ocupa un parking con una placa identificativa colocada por la sociedad Berliner Unterwelten e. V.

Ambos cuerpos, por orden directa del Führer, habían sido rociados con gasolina y quemados tras su suicidio; sin embargo, como muchos de los dientes que tenía el dictador alemán eran implantes metálicos, “la suerte jugó un papel importante: resulta que la mandíbula quedó casi intacta”.

Tres días después, el 8 de mayo de 1945, el coronel Vassily Gorbushin entregó en el más absoluto de los secretos a Yelena Rzhevskaya, intérprete del Ejército Rojo, una caja de color rojo y un mensaje: “aquí están los dientes de Hitler y a partir de ahora respondes con tu vida de ellos”.

Al parecer, aquellos vertiginosos días la caja se encontraba en una unidad más retrasada, y puesto que no había ningún lugar donde dejarla, se entregó el cometido a Rzhevskaya. No lo hicieron porque fuera mejor que cualquier otro soldado, sino porque, siendo mujer –siempre el machismo–, era menos probable que se emborrachase y los perdiera.

Por supuesto, aquellos cuerpos y aquellos dientes podían no ser los del responsable del holocausto, pero la ayudante de su dentista personal fue buscada por Yelena y obligada a presentarse para examinarlos en una improvisada morgue de un suburbio berlinés, en Buch. Una enfermera de nombre Käthe Heusermann guió a los soviéticos hacia la consulta del odontólogo, en el interior de la Cancillería, donde se hallaban todas las radiografías que, décadas después, servirían para corroborar la identidad del líder del III Reich.

Hitler, con una delicada salud, se había realizado varios análisis tras el atentado frustrado del 20 de julio de 1944 que le había dejado los oídos dañados, por lo que se le realizaron dichas radiografías y se recogieron otros documentos médicos que se unieron a su amplio informe como paciente.

La dentadura del Führer, o lo que quedaba de ella, fue entregada por Rzhevskaya en Moscú, y desde entonces ha permanecido en el archivo del cuartel general de la Lubianka, entonces sede de la NKVD –posterior KGB– y en la actualidad el principal edificio de seguridad ruso.

Gracias a aquella acción, se conserva un fragmento de su mandíbula  superior que mide 42x8 mm y que tiene un puente de metal dorado –probablemente en oro– en el segundo premolar derecho; y tres fragmentos de la mandíbula inferior –que miden respectivamente 48x20 mm, 30x33 mm y 40x27 mm–, tienen otras prótesis y se caracterizan por un estado óseo y dental muy degradado, con una erosión en el área de los incisivos.

El asunto de qué pasó con los supuestos restos “resurgió” en el año 2000, con motivo de la exposición “Agonía del III Reich. El castigo”, que tuvo lugar en Moscú y donde se exhibieron supuestos fragmentos del cráneo, uno de ellos perforado por una bala. Y es que el 30 de mayo de 1946, los soviéticos llevaron a cabo la operación secreta “Mito”, que pretendía verificar en Berlín nuevamente los análisis que se habían hecho un año antes para confirmar la tesis del suicidio con cianuro de Hitler y Eva Braun.

El equipo ruso descubrió en el suelo del búnker, oculto a unos 50 o 60 centímetros de profundidad, un fragmento de cráneo con un agujero en el mismo lugar donde hallaron los cuerpos al tomar la capital alemana.

En 2008, el arqueólogo estadounidense Nick Bellantoni sobornó a unos funcionarios rusos para acceder al mismo, consiguiendo una muestra de ADN que, tras ser analizada en los EEUU, resultó ser el de una mujer, probablemente perteneciente a Eva Braun.

En 2017, Jean-Christophe Brisard y la periodista Lana Parshina, tras remover cielo y tierra para que la Administración rusa les permitiese analizar los restos, pudieron ver de cerca ese hipotético fragmento del hueso occipital de Hitler –que se guarda en la antigua sede del KGB–, aunque no tocarlo. Sin embargo, permitieron al médico forense Philippe Charlier analizar la mandíbula.

Gracias a los datos del dentista del Führer, se pudo conocer cómo era su dentadura en vida, sus prótesis, reconstrucciones y puentes: “Tenía sólo cuatro dientes sanos. El resto o no estaban o iban asociados con prótesis dentales o reconstrucciones”.

Charlier, toda una eminencia por haber realizado la investigación forense de personajes históricos de gran calado, como los restos de Enrique IV de Francia o de Luis XVII, afirmó a los medios sobre el viaje a Lubianka: “Creo que nos eligieron porque no querían que un laboratorio ruso hiciese el trabajo, sino algo más objetivo. Y tampoco que los norteamericanos tomasen parte”.

Afirma también que: “Tomamos muestras de los cálculos dentales, pero lo más importante del estudio era saber si estos restos eran auténticos”. Tras ser confrontados los restos no sólo con la autopsia oficial de los archivos soviéticos –se han encontrado fragmentos de deposiciones azules en los dientes que parecen ser restos de cianuro, una coloración provocada tras su interacción con el metal–, sino también con las radiografías que se hallaban en los archivos de los EEUU y con datos adicionales de ambas partes, la suma de indicios –huesos, dientes y prótesis– permitió concluir que SÍ, que se trata del cadáver de Hitler y que éste, efectivamente, se suicidó en el búnker de Berlín el 30 de abril de 1945. Eso, y que parece que efectivamente era vegetariano. Paradójico si tenemos en cuenta que fue uno de los mayores carniceros de la historia.

TEORÍAS CONSPIRATIVAS
La hipótesis sobre una fuga a Latinoamérica de Adolf Hitler parece que fue un rumor que propagó el propio Stalin, quien pretendía perjudicar a los EEUU sugiriendo que el Führer vivía oculto con su ayuda –lo cierto es que la OSS y más tarde la CIA sí utilizarían los servicios de antiguos nazis–.

El líder soviético parece que engañó incluso a su mariscal Gueorgui Zhúkov, y el diario oficial del régimen, Pravda, afirmó falsamente que las noticias del cuerpo eran una treta fascista, mientras los huesos que sobrevivieron del alemán eran ocultados en un pequeño cuarto secreto de la Lubianka.

El 17 de julio de 1945, durante la conferencia de Potsdam, Stalin mencionó que el jefe del III Reich desapareció “en España o en Argentina”, y que habría pasado por las islas Canarias rumbo a algún puerto ubicado entre Argentina o Brasil aquel año. Los investigadores norteamericanos sostenían algo parecido: que Hitler había pasado por Fuerteventura y se habría situado en Jandía. También la prensa británica insistió, citando fuentes del entorno oficial de la diplomacia de la Corona, que el nazi “estaba en Canarias o habría pasado por las islas rumbo a algún punto del Cono Sur americano”.

Cuando unos mandos británicos intentaron visitar el Führerbunker en 1946, lo hallaron tomado por el servicio secreto soviético y un oficial ruso les dijo que Hitler estaba vivo en Argentina. El bulo echó a correr, y en 1947 lo extendió aún más el periodista húngaro Ladislao Szabo en el libro Hitler no murió en el búnker, que sirvió de texto de cabecera de futuros conspiracionistas.

Contribuyó de nuevo a extender el mito, el pasado 2017, la desclasificación de un memorando de la CIA, bajo el epígrafe “HVCA-2592”, fechado en 1955, cuando llegó a la agencia un aviso de que Hitler no se habría suicidado en Berlín, sino que escapó de Europa y residió un tiempo en Colombia –unos meses durante 1954–, antes de pasar a Argentina.

El informe, remitido por el director de la CIA en Caracas (Venezuela), David Brixnor, a la central en Washington el 3 de octubre de 1955, señalaba que no había sido posible la verificación, aunque “lo transmitía para que quedara constancia”. Rizando más el rizo, el esoterista y diplomático filonazi chileno Miguel Serrano afirmó en algunos de sus libros que Hitler se montó en uno de sus platillos volantes y, junto a los 120 submarinos que desaparecieron sin dejar rastro al final de la contienda, puso rumbo a una base ultrasecreta en la Antártida, con la intención de prepararse para instaurar un IV Reich. Pura fantasía, que ahora se ha corroborado.

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