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El misterio del alfabeto

Martes 17 de Octubre, 2017
¿Y si la escritura nos fue revelada desde esa ‘dimensión superior’ que tanto nos fascina?
Por Javier Sierra

Como sucede con tantas cosas de uso común, también el origen de la escritura navega por las aguas del misterio. Los expertos llevan años discutiendo si el primer alfabeto –la verdadera herramienta de la palabra escrita, más allá de jeroglí- ficos, ideogramas, signos cuneiformes o glifos– fue una invención fenicia o cananea, o si nació en Asia o en el norte de África.

Lo único cierto es que el diseño de un número limitado de letras que simbolizaran fonemas con los que llevar a un soporte físico la palabra hablada fue una genialidad absoluta.

En 1905, uno de los más grandes egiptólogos de todos los tiempos, sir William Flinders Petrie, hizo un hallazgo sorprendente a este respecto. Se había propuesto explorar un remoto templo en la montaña del Sinaí consagrado a la diosa Hathor, levantado en tiempos de la III Dinastía, antes de la construcción de la Gran Pirámide. Mientras buscaba sus ruinas en la vertiente occidental del macizo, tropezó con unas inscripciones en la roca que recordaban vagamente a letras del alfabeto hebreo. Las dató hacia el año 1800 a. C. y enseguida fueron pre- sentadas como la escritura alfabética más antigua que se había descubierto jamás.

El hallazgo –hoy prácticamente olvidado– tenía ciertas implicaciones trascendentes. En primer lugar porque la cordillera del Sinaí era –y es– un lugar desértico, sin ciudades ni ruinas de grandes asentamientos que justificaran esos grafitis. Pero, sobre todo, porque la tradición bíblica dice que allí fue donde Yahvé entregó un texto escrito a Moisés que cambiaría para siempre el futuro del pueblo judío: las tablas de la Ley.

Que en un mismo lugar fueran encontradas las trazas del primer alfabeto conocido y el único escrito de «puño y letra» de Dios, resultaba una coincidencia extraordinaria. Pero, como sucede habitualmen-  te con este tipo de asuntos en los que Historia y mito convergen, el tema terminó relegado a las páginas de un puñado de ensayos especializados.

El informe que escribió Petrie sobre su expedición –Researches in Sinai– duerme sepultado en bibliotecas universitarias, apenas sin lectores, y su hallazgo de aquellas letras ancestrales ha acabado relegado a un lugar secundario en las biografías del alfabeto. Todos olvidaron relacionar ambos hechos con otro que se me antoja funda- mental: que el primer libro de la Historia escrito enteramente usando un alfabeto fue el Antiguo Testamento.

¿Pudo ser el alfabeto otro de esos avances «revelados», recibidos por algún visionario, profeta o chamán? ¿Y si la herramienta con la que hoy hemos levantado nuestra civilización nos fue dada desde esa «dimensión superior» que tanto fascina? ¿No es eso lo que explica el hecho de que los judíos fueran el primer pueblo que construyó una religión adorando la palabra escrita –la Palabra–? ¿Y no fue ese culto a Dios a través de su Palabra la gran revolución que separó el mundo antiguo del moderno?

Me reafirmo en lo dicho antes: el alfabeto, su invención y su efecto en nuestra civilización están más cargados de misterio de lo que habitualmente concedemos.

 

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