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Peter Kürten, ¿asesino o vampiro?

Lunes 31 de Diciembre, 2018
El relato del primer asesino en serie de la historia es terrorífico. Mataba, torturaba y violaba con suma frialdad. Sus crímenes se hicieron famosos a nivel mundial y su anhelo por beberse la sangre de sus víctimas le otorgó el sobrenombre de “El vampiro de Düsseldorf”. Sergio Basi.

Entre febrero y noviembre de 1929 un terrorífico mal se desató sobre la pequeña población de Düsseldorf en Alemania. Algo o alguien desató su instinto asesino más primario al llevar a cabo múltiples asesinatos y numerosos asaltos sexuales que no tardaron en alcanzar fama mundial.

Una niña de ocho años fue asesinada; también dos hermanas y una mujer cuyo cuerpo fue destrozado a martillazos hasta la muerte. Las víctimas se sucedían, unas estranguladas, otras degolladas… y otras tantas violadas. La locura de este asesino llegó a su cénit cuando mató a una niña de cinco años y envió al diario local del pueblo un mapa que conducía a la tumba de la niña asesinada.

Los actos criminales de este asesino llegaron a ser tan maquiavélicos que tenían a la localidad sumida en el pánico, nadie se atrevía a caminar solo por las calles de la ciudad y la policía llegó a ofrecer suculentas recompensas a cambio de pistas sobre el primer criminal tratado como asesino en serie de la historia. Las autoridades alemanas llegaron a recibir miles de nombres de sospechosos.

El caso no se resolvería hasta mayo de 1930, cuando el criminal más buscado y famoso de toda Alemania, Europa y parte del mundo, cometió un error básico para alguien con su historial: dejó con vida a una empleada doméstica a la que violó en un bosque cercano; la había estrangulado previamente para abusar de ella, sin embargo, no la había llegado a matar. El asesino, después del orgasmo, marchó pensando que estaba muerta. Cuando despertó, corrió a denunciarlo la policía, y en poco rato ya había detalles precisos con los que se había realizado un retrato robot del criminal.

IDENTIDAD Y VIDA DEL ASESINO
No mucho tiempo después el asesino era localizado y detenido, se llamaba Peter Kürten y se trataba de un conductor de camión casado con una mujer socialmente distinguida. En su ficha delictiva ya figuraban numerosos delitos que dibujaban la historia de su vida.

Se trataba de alguien cuya infancia había sido miserable, cuyo padre era un alcohólico que maltrataba a su madre y violaba a sus hermanas, por lo que, con ocho años, había abandonado su hogar familiar. ¿Podría la maldad de alguien tan perturbado ser producto, en parte, de sus circunstancias? ¿Era un asesino semejante víctima de un contexto deplorable? Mala influencia le sobraba sin duda.

Lo cierto es que da lo mismo, sus fechorías eran descabelladas: desde que huyó del seno familiar no dejó nunca de delinquir. A los nueve años, cometió sus dos primeros asesinatos ahogando en el río a dos amigos. No volvería a matar personas hasta algunos años más tarde. Mientras tanto, trabajó por un tiempo como perrero, período en el cual descubrió el sumo placer que le producía la tortura, el maltrato y la violación de animales, una tendencia muy propia de algunas personas con graves desequilibrios como él. En estos años fue intercalando estos delitos con numerosos hurtos y tuvo que pasar, por ello, temporadas breves encerrado en la cárcel. 

Poco a poco, se fue cansando de matar animales, ya no le saciaba su sed de sangre igual que en un comienzo… con lo que no tardaría en pasarse a matar a humanos. En 1913 merodeaba una casa vacía para robar, pero en ella se encontraba en realidad una niña de trece años que dormía en su habitación y que él no dudó en estrangular.

LA LEYENDA DEL VAMPIRO
Su leyenda como vampiro nació cuando, ya arrestado, confesó su enorme gusto por “oír los chorros y el goteo de la sangre, salía a borbotones en un arco”. Y así, lo más vampírico de todo. Se bebía la sangre de muchas de sus víctimas. Sentía placer sexual al matar, así lo declaraba: “al rociar la gasolina sobre el cadáver y vi el fuego sobre el cuerpo, tuve una eyaculación de la altura del fuego”.

Además, culpaba de sus actos a la sociedad, decía que aleccionaba y era opresiva porque que “con sus castigos ha destruido todas mis sensaciones como humano, por eso no tenía ninguna compasión para mis víctimas”. Así fue bautizada la leyenda del Vampiro de Düsseldorf. Aunque de leyenda poco. Más bien era una terrible realidad.

Confesó haber cometido 79 delitos y no menos de 80 agresiones sexuales; aunque en el juicio que se celebró posteriormente procuró demostrar lo contrario alegando enajenación mental. Los psicoanalistas trabajaron duro para demostrar que estaba cuerdo, nadie quería a semejante peligro fuera de la guillotina.

Y así, el Vampiro de Düsseldorf -así ya lo conocían en todo el mundo-, fue finalmente sentenciado a muerte y ejecutado en la ciudad alemana de Colonia el 2 de julio de 1931, aunque la sentencia por la que fue condenado tan sólo recogía nueve asesinatos, siete intentos frustrados y los numerosos abusos sexuales.

Sus últimas palabras pasaron a la historia y demostraron la grandiosa obsesión por la sangre que tenía este personaje. Obsesión que lo convertía en un verdadero vampiro. No de los que temen al ajo o a las estacas. Un vampiro de los de verdad, de los que jamás sacian su sed de sangre. Un ser que no muestra escrúpulos ante la muerte, cuya frialdad ante la vida es absoluta, hasta el punto de solicitar silencio a los verdugos después de que le decapitaran para poder oír por unos instantes el fluir de su sangre: “dígame, cuando me hayan decapitado, ¿podré oír siquiera un momento el ruido de mi propia sangre saliendo del cuello? Sería el mayor placer, para terminar todos mis placeres”.

Un detalle curioso es que el mismo mes de la ejecución, el cineasta Fritz Lang estrenó un clásico del cine como es el filme policial M, el vampiro de Düsseldorf, que se inspiraba totalmente en este personaje y sus crímenes, haciéndolo aún más famoso en todo el mundo. También es destacable el hecho de que la cabeza del Vampiro de Düsseldorf ¡se diseccionó y momificó! A día de hoy se puede ver en el museo de Wisconsin Dells, en Estados Unidos, donde todavía la conservan, como el recuerdo manifiesto de los temibles actos de un demente que desencadenó el mal durante demasiado tiempo.

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