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Toledo y la Mesa de Salomón

Martes 23 de Agosto, 2011
ENIGMAS

José Ignacio Carmona Sánchez acaba de publicar Toledo y la Mesa de Salomón, un exhaustivo ensayo sobre la incansable búsqueda de uno de los objetos de poder más esquivos y fascinantes de la historia. Ofrecemos las últimas pistas sobre su paradero.
La llamada Mesa de Salomón nos evoca un misterioso pasado. A lo que nos remiten los cabalistas es a que el origen de ciertas tradiciones esotéricas relacionadas con “la palabra perdida”, se encuentra en relatos mitológicos mesopotámicos y egipcios como el que nos presenta a una Isis arrebatando el secreto del nombre al dios Ra.

Esta formulación conteniendo el nombre secreto de Dios y escrita en una lámina de oro que lucía el sumo sacerdote judío en su frente, traslada por una suerte de osmosis sus supuestas propiedades mágicas a un objeto mítico conocido como Mesa de Salomón.
¿Existió, pues, dicho objeto mágico? Si nos atenemos a las distintas crónicas que se hacen eco de la Mesa sin profundizar en si su origen es puramente legendario, histórico o una mezcla de ambos, encontramos multitud de referencias. Ahora bien, ¿esa mesa de la que hablan las diferentes fuentes es inequívocamente la misma? Esto no está tan claro.

De una parte existieron muchos objetos reales ligados a la Tienda del Encuentro, o templo itinerante morada de Yahvé, más tarde el Templo, que pudieron ser por sus características físicas confundidos puntualmente con la Mesa: el altar del incienso, el altar de los holocaustos, la mesa de los panes de la presencia o el mismo propiciatorio.

Una teoría clásica
Flavio Josefo menciona una mesa admirada en todo el mundo donada por Ptolomeo Fidalelfo al Templo de Jerusalén en sustitución de la original desaparecida con la destrucción del primer Templo por Nabucodonosor. En la Carta de Aristeas se describe pormenorizadamente la mesa de tal modo que Filón de Alejandría y Flavio Josefo insisten en relacionarla con los ciclos zodiacales. Posteriormente en las distintas crónicas árabes relacionadas con la conquista de Toledo por Tarik se la describe siempre con connotaciones fabulosas.

El jurista egipcio Al-Layt en el año 791 habla de una mesa de oro adornada con aljófares, jacintos y piedras preciosas. Al-Makkari en la obra Naft Al-Tib la describe igualmente hecha de oro incrustado de perlas, rubíes y esmeraldas. Ajmar Machmua, Al-Rhaman y el resto de cronistas difieren poco en su rica ornamentación.

Hay que precisar que en modo alguno es creíble que una mesa perteneciente al primer Templo sea la que recala posteriormente en Toledo, pues es casi imposible que su rica ornamentación sobreviviese a los constantes episodios de robos y saqueos protagonizados por pueblos extranjeros e incluso acaecidos entre los propios judíos, divididos en dos reinos tras la muerte de Salomón. Asimismo no cabe duda de que la Mesa de la que habla Flavio Josefo reconstruida probablemente sobre modelos anteriores, es la Mesa de los panes de la presencia que eran renovados cada semana, y en ningún caso se la puede relacionar con la ceremonia sacrosanta y secreta realizada en el interior del Devir.

No obstante, el punto de inflexión histórico lo marca la segunda destrucción del Templo por parte de las legiones de Tito. El emperador romano dejó Jerusalén bajo la custodia de la décima legión, y se encamino con un rico botín de objetos y esclavos a Roma: “Traían muchos otros despojos, pero más se mostraban los que habían sido ganados en la ciudad de Jerusalén y hallados en el Templo: la mesa de oro, de más peso que un gran talento, y el candelero, también hecho de oro; pero trocada venía ya su obra y manera de lo que solía servirnos a nosotros… seguía después la ley de los judíos que era el último de los despojos”.

Así es como la Mesa finalmente recala en Roma y es depositada en el templo de Júpiter Capitolino: “Puso también aquí todos los ‘;ingenios’ y cosas que los judíos tenían con gran magnificencia suya. La Ley y los dos velos que tenían en los lugares más secretos mandó que fuesen muy bien guardados”.

Los acontecimientos se precipitan

Estamos en el año 395. Los godos unificados bajo el reinado de Alarico, sintiéndose fuertes invaden el Imperio romano de Occidente. Estos temibles bárbaros asolan sin dificultad Roma, que cae el 24 de agosto del 410 y es saqueada durante seis días. La entrada en la ciudad eterna es incruenta tras haberles abierto las puertas los esclavos de una familia arriana.

Antes de recalar en Toledo el tesoro hubo de hacerlo necesariamente en Barcelona –allí murió Amalarico, según el Padre Mariana, por una lanza arrojada por un franco–, el primer centro de poder de los visigodos en la Península tras peregrinar a merced de los acontecimientos entre Tolosa, Rávena y Carcasonne, pero es Toledo sin duda alguna su final de etapa, pues el tesoro real era el elemento material legitimador de la monarquía hasta época de Leovigildo.

Además hay un dato revelador que nos aporta Juan G. Atienza. La mención expresa en los concilios toledanos de la persona encargada de la custodia del tesoro: “La prueba la tenemos en la oculta veneración en que las mantuvieron mientras formaron parte de su Tesoro Antiguo, cuyo guardián oficial recibía el nombre de Conde de los Secretos y figura como uno de los presentes, aún en los concilios toledanos que se celebraron después de la conversión visigoda al catolicismo”.
(Continúa la información en ENIGMAS 189).

José Ignacio Carmona Sánchez
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