Se encuentra usted aquí

Triángulos malditos Las fronteras de la incertidumbre

Domingo 01 de Abril, 2007
¿Qué fuerza, energía, o fenómeno extraño actúa en distintos lugares del mundo donde la incidencia de accidentes, desapariciones y desastres es mucho mayor que en otras? Podría deberse a causas físicas explicables o a fuerzas ignotas. Quizá sean sólo casualidades, como pretenden algunos. Pero las últimas constataciones, científicas y del día a día, podrían certificar que se trata de los primeros síntomas de acontecimientos que van a cambiar el destino del hombre…
No es necesario buscar mucho para toparnos con misterios insondables. El hombre, ante magnitudes colosales, como las del mar o las del Universo, se da perfecta cuenta de que no conoce cuál es su verdadero lugar, y también que estos espacios donde la vida humana normal es imposible, están llenos de cosas sorprendentes y desconocidas. Esto debería llevarnos a aceptar nuestra gran insignificancia. Pero hay pulsiones, genuinamente humanas, que nos llevan a traspasar machaconamente las fronteras de la incertidumbre. Nuestra capacidad de asombro es infinita, pero también lo es la necesidad de encontrar respuestas. Son viejas las leyendas que nos hablan de algunos naufragios en los que no ha aparecido ningún rastro, ni de hombres, ni de navíos, ni de sus enseres. Lo habitual es que tras un accidente, más tarde o más temprano afloren a la superficie indicios o restos esparcidos por amplias zonas. Pero, ¿qué sucede cuando no sólo no aparece nada, sino que las circunstancias son inhabituales, y le añadimos que este tipo de accidentes se concentran en lugares determinados? Más misterioso aún. En algunos casos las naves aparecen navegando a la deriva sin que quede el menor resto de sus ocupantes, como el barco Rosalie, que desapareció en 1840 camino de La Habana, o el buque escuela Atlanta, del que se esfumaron trescientos hombres sin dejar rastro. Existen sucesos muy famosos. El Mary Celeste partió hacia Génova desde Nueva York el 5 de noviembre de 1872. Fue visto un mes después entre las Azores y Portugal. Cuando los tripulantes del Dei Gratia subieron a bordo, no encontraron a nadie. El último dato tenía dos semanas, cuando el cuaderno de bitácora registró las últimas anotaciones propias en una travesía sin problemas. Algunas huellas permitían pensar en un asalto, pero no había cadáveres, ni faltaban objetos que pudieran justificar un robo. Los doce “triángulos” La fama internacional de estos lugares dio comienzo con el mítico Triángulo de las Bermudas. Viajemos a 1964. La paternidad del misterio es de Vicente H. Gaddis, cuando bautizó la zona en un artículo que se publicó en febrero en la revista Argosy, que se reproduciría también en el número de julio-agosto de la Flying Saucer Review. Poco antes había aparecido Wings of Mystery –“Vientos de misterio”–, libro de Dale Tiler donde hace mención a un deadly triangle o “triángulo mortífero”. Es posible que recogiera diversos rumores que se comentaban a nivel local desde 1950. Se suscitaron numerosas discusiones sobre la autenticidad del fenómeno, a la vez que distintas teorías explicativas. Diez años después, un hombre famoso por sus trabajos en la enseñanza de idiomas, el estadounidense Charles Berlitz, publicó dos libros polémicos: Sin rastro y El Triángulo de las Bermudas, que vinieron a sumarse a The Devil’s Triangle –“El Triángulo del Diablo”–, de Richard Winer y Limbo of the Lost-Today –“El limbo de los perdidos hoy”–, de John Spencer. El ataque furibundo por parte de los detractores no se hizo esperar, sobre todo porque en las hipótesis se incluían referencias a las visiones de Edgar Cayce, un profeta que relacionaba los fenómenos con las ruinas sumergidas de la Atlántida. Según él quedarían allí los restos de una civilización tecnológicamente superior, que incluirían cristales con gran poder energético, programados para dispararse en ocasiones. Una explicación sin fundamento, porque no podría servir en ningún caso para otras zonas semejantes. Añadiremos que también se barajaron las hipótesis de abducciones por parte de objetos volantes no identificados, vórtices magnéticos de gran potencia, e incluso saltos dimensionales, todas ellas consideradas supercherías por diferentes ultraescépticos, caza-fraudes furibundos. Los “triángulos” coinciden con algunos puntos distribuidos regularmente en torno a la Tierra. Fueron definidos por el naturalista escocés Ivan Terrace Sanderson, como regiones donde se producen aberraciones magnéticas notables. Sobre un mapamundi extendido, dos puntos estarían en los polos. Estos lugares son muy poco transitados, por lo que allí la casuística es mínima. Los dos más importantes del hemisferio norte son, el ya mencionado del Caribe y el del Mar del Diablo, que llega desde el sur de Japón hasta las islas Bonin. En ambos la frecuencia de desapariciones es alta, correspondiendo igualmente con altas tasas de tráfico y, por tanto, con la lógica estadística. Recordemos al Kaio Maru 5, dedicado a la investigación científica, que desapareció en 1955 con todos sus tripulantes en el triángulo nipón, donde además se han recogido testimonios que hablan de avistamientos de ruedas submarinas fosforescentes. Hay leyendas que hablan de que en sus profundidades hay un reino sin tiempo, porque allí se detuvo. De menor importancia son una zona al este, sobre el mismo paralelo y frente a las costas de California. Siguiendo en esa dirección y dejando, por ahora, el de las Bermudas, llegamos a una región situada entre las islas Canarias y el mar de Alborán, en el Mediterráneo. Allí, el gran ufólogo español Antonio Ribera, recogió algunos casos, como el del avión antisubmarino Grumman, que desapareció el 1 de julio de 1969 en una zona indeterminada, comprendida entre Tinduf, en la frontera mauritana-argelina-marroquí, y el Estrecho de Gibraltar. Quedaron de él dos asientos y pocos restos más. Quince días después sucedió lo mismo con un aparato de indéntica factura. En la zona desaparecieron cinco submarinos entre 1952 y 1970. Buscando un punto para cerrar el estrecho triángulo, Ribera llegó hasta el monte Canigó, en los Pirineos franceses, donde entre 1945 y 1969 hubo once accidentes aéreos que dejaron en total dos centenares de muertos. Matías Morey Ripoll, de la Fundación Anomalía, lo amplía hasta formar un rombo, al incluir un punto entre Mallorca e Ibiza, isla donde hay un lugar de especial importancia ufológica: el islote de Es Vedrá. El siguiente punto hay que buscarlo en el Golfo Pérsico. Se señala que en estas zonas se registran frecuentes avistamientos de luces, incluso en el interior del mar. Un fenómeno común que se da en la costa argentina, entre Atalaya y la bahía de Samborombóm, a pocos kilómetros del triángulo diabólico suramericano, Fenomenología Los relatos son muy variados, pero con algunos elementos comunes. En el caso de los barcos, sólo en contadas ocasiones ha habido una comunicación o testimonio previo obtenido por radio. Evidentemente hablamos de nuestro tiempo, pero si vamos al pasado hay algunos testimonios literarios que nos hablan de lugares que eran temidos por los marineros. En La Odisea, de Homero, leemos este párrafo significativo: “Por allí no pasan las aves sin peligro, ni aun las tímidas palomas que llevan la ambrosía al padre Zeus, pues cada vez la lisa peña arrebata alguna… Ninguna embarcación de hombres, en llegando allá, pudo escapar salva, pues las olas del mar y las tempestades, cargadas del pernicioso fuego, se llevan juntamente las tablas del barco y los cuerpos de los hombres”. ¿Se refería a una zona con tradición de ser especialmente turbulenta, o de fenómenos de las características que se dan en los “triángulos”? Muchos años después, en las aventuras del marinero Simbad que nos relata las Mil y Una Noches, hay otro párrafo parecido: “…el vigía subió al palo, descendió después y nos dijo al capitán y a mí: ‘;a la derecha he visto peces en la superficie del agua, y muy lejos, en medio de las olas, una cosa que unas veces parecía blanca y otras negra’. Al oír estas palabras el capitán sufrió un cambio notable de color, tiró el turbante al suelo, se mesó la barba y nos dijo: ‘;¡Os anuncio nuestra total pérdida! ¡No ha de salvarse ni uno!”. Los testimonios de quienes han vivido un fenómeno extraño desde un barco, y los de los que lo han hecho desde un avión coinciden en algunos puntos. En primer lugar, suelen ser días sin turbulencias atmosféricas previstas. Los partes anuncian calma. De repente, se presenta una especie de reverberación, como una neblina metálica lechosa, acompañada de agua y viento que se agitan violentamente. Los aparatos de navegación empiezan a volverse locos, e incluso se producen algunas alteraciones de la percepción del tiempo. Quienes se salvan del fenómeno quedan confusos y luego se contradicen. Los que desaparecen nos dejan simplemente sus voces últimas en registros radiofónicos y cajas negras. “¡Vamos hacia un gran Sol!”, fue el último testimonio recibido del mencionado avión Grumman, que estaba pilotado por Antonio González Boado, acompañado por Francisco Blanco Rodríguez, Evaristo Díaz Rodríguez, Eduardo Armado Badillo, Ángel Francisco Rodríguez, Joaquín Martínez González y José Peña Moya. ¿A qué se refería con eso de “un gran Sol”? ¿Se trataba quizá del avistamiento de una luz espectacular? Lo que sabemos es que tras esa comunicación se perdió todo rastro de la nave y de sus tripulantes hasta nuestros días. El capitán, curiosamente, era un gran aficionado a la investigación ufológica. El caso paradigmático, el que sucedió en 1945 en el corazón del Triángulo de las Bermudas, resulta inquietante y, a pesar de ser uno de los más famosos, es conveniente recordarlo. Se le conoció como el caso del Vuelo 19. Eran las dos de la tarde del día 5 de diciembre de 1945, cuando cinco aviones Avenger TBM despegaron de Fort Lauderdale, en Florida, para realizar un vuelo de entrenamiento rutinario. Meteorología había pronosticado que en la dirección este-norte y regreso no había problemas de ningún tipo. El capitán, Charles C. Taylor dirigía correctamente a sus catorce hombres. Llevaban el combustible necesario para no tener problemas. Eran las cuatro menos cuarto cuando la radio recogió el siguiente mensaje: “Torre de control, torre de control. Esta es una emergencia. Nos hemos salido de la ruta. Parece que nos hemos salido… No estamos seguros de la posición No avistamos tierra”. A lo que se les respondió: “¿Cuál es su posición?”. Insistieron: “No estamos seguros. Repetimos… no podemos ver tierra. No sabemos si estamos sobre el Atlántico o sobre el Golfo”. “Tomen rumbo oeste… pronto verán tierra”. Se les ordenó, aunque la respuesta fue sorprendente: “No sabemos hacia donde está el oeste. Todo está mal. Es muy extraño. El mar está muy raro”. Luego hubo un silencio entrecortado por ruidos y conversaciones entre los pilotos. Diez minutos después sólo se escuchaban motores. A las cuatro de la tarde se escuchó: “No estamos seguros de nuestra posición. No sabemos exactamente dónde estamos. Creo que a unos 360 km al noroeste de la base…”. Y poco después: “El mar es muy extraño. Parece que estamos sobre aguas lechosas”. Tras ello, un nervioso y tenso silencio. Las últimas palabras fueron: “Estamos perdidos. Y parece que…”. En la base se equipó para el rescate un hidroavión Martin Mariner, tripulado por trece hombres, que sí lograron una nueva comunicación. Tras emitir: “Estamos volando hacia ustedes para guiarles, ¿qué altitud tienen?”, se escuchó un tajante: “¡No nos sigan…”. Poco más que decir. No se volvió a saber nada, ni de los Avenger, ni del avión que acudía a rescatarles, con todas sus tripulaciones. Ningún rastreo posterior dio resultado alguno. ¡Se habían esfumado! No todos terminaron así. El remolcador Good News, que iba del mismo Fort Lauderdale hasta Puerto Rico en el año 1966, atravesó de repente una neblina muy espesa, dentro de la cual sufrió los embates de las aguas. Los instrumentos se volvieron locos hasta que salió de aquella extraña masa lumínico-gaseosa. Seis años después Chuck Wakely, que iba de Bimini a Miami, se sobresaltó al comprobar que las alas de su aeronave se hacían trasparentes, mientras que su cabina era tomada por una curiosa y extraña luz. El rumbo cambió sin causa aparente. Al poco tiempo volvió la normalidad. Tres años más tarde tenemos el testimonio de una costera, la Diligence, que acudía al incendio de un carguero cuando su radio dejó de funcionar a la vez que descendían del cielo unas luces de color verde. Investigaciones posteriores no pudieron determinar qué había sucedido.
Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario