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Alquimia oriental

Sábado 01 de Julio, 2006
Durante los primeros decenios del siglo pasado, Julius Evola, Joseph Needham, René Guénon, Rufolf Steiner, Gustav Meyrink y Mircea Eliade se empeñaron en rescatar a la alquimia oriental de la visión positivista que la reducía a un estadio supersticioso y primitivo de la química. Con estos pioneros del saber se empezó a descubrir su significado original de ciencia iniciática, cosmológica y soteriológica o salvífica.
De hecho, la historia de la ciencia y la antropología contribuyeron, junto a la falta de fuentes y de estudios especializados sobre la religión, la filosofía y las técnicas místicas orientales, a interpretar la alquimia a través de esquemas reduccionistas, tomándola como objeto de análisis en la medida en que parecía presentarse como una simple prequímica, prestando atención sólo a los textos que se consideraba que contenían las cualidades típicas del moderno hombre de ciencia «occidental». Historiadores y antropólogos sólo destacaron las observaciones empíricas y científicas de los documentos herméticos, ignorando el significado real, cosmológico e iniciático, del Ars Regia.

Considerar la alquimia oriental como un estadio retrasado de la evolución mental de la humanidad es invertir el punto de vista en base al cual se deben estudiar los tratados. De la misma manera, no se la puede interpretar ni en clave mística ni desde un punto de vista exclusivamente psicológico, para preservar la estructura iniciática y el valor ontológico de la palingenesia alquímica; la alquimia es, de hecho, «arte regia», una disciplina mágico-operativa, una ciencia que actúa tanto en el plano espiritual como en el material. Como precisó Guénon, los estados interiores, cuya realización depende del orden iniciático, no son ni psicológicos ni místicos, sino más bien algo más profundo, que implica un «conocimiento exacto y una técnica precisa», dejando de lado, por lo tanto, la sentimentalismo y la imaginación.

Mitología popular

Ante todo se debe distinguir la presencia de dos técnicas paralelas presentes tanto en China como en India, comprendidas ambas según la tradición bajo la denominación de «alquimia». Autores como Evola, Guénon, Eliade y Meyrink, retomando los testimonios de la mitología popular y de la literatura alquímica, asumieron el deber de demostrar la existencia de una técnica iniciático-soteriológica en estrecha relación con el taoísmo en China y el ambiente yóguico-tántrico en India, y de una segunda, ligada en cambio a la medicina y a la metalurgia que se ocupaba de observaciones empíricas y de prácticas fisioquímicas. Sólo esta última puede considerarse la directa antecesora de la química, mientras la primera es, en realidad, una «ciencia» tradicional de carácter espiritual que no presenta ninguna relación con la perspectiva químico-empírica.

El sentido auténtico de la alquimia oriental es el de ser una ciencia espiritual, iniciática, cosmológica y soteriológica que contiene sólo indirectamente observaciones científicas. La contribución al comparar la investigación empírica y las ciencias naturales que surgen de la obra alquímica nace indirectamente del intento del hombre-microcosmos de actuar sobre la naturaleza para transformarla y a su vez transmutarse, a fin de completar la creación divina y al mismo tiempo perfeccionarse.

En China, la alquimia interna como técnica iniciática era denominada neitan y hacía uso de las «ánimas» de las sustancias utilizadas, al contrario de la otra, o sea la alquimia «exterior», llamada weitan. En India, esa alquimia especial se conocía con el nombre de rasayana y estaba contrapuesta a la alquimia empírica basada en operaciones de sublimación y calcinación que, ocupándose del aspecto concreto de las sustancias, tendía a ser una protoquímica.

Prolongar la vida

Los primeros viajeros foráneos que llegaron a la India pudieron constatar la veracidad del rico folklore yóguico-alquímico que el pueblo indio había elaborado, asimilando los temas del elixir de la inmortalidad y de la trasmutación de los metales a la mitología del yogui-mago. De hecho, la literatura india es rica en alusiones referentes a la estrecha relación entre el yoga, el tantrismo y la alquimia. Los aventureros europeos y orientales tuvieron también la posibilidad de verificar cómo algunos ascetas y yoguis eran los depositarios de una sabiduría alquímica que se valía de preparados destinados a prolongar la vida. Los testimonios hacen referencia a una poción de origen vegetal o mineral (a base de mercurio) que los yoguis ingerían, al igual que los alquimistas chinos. Esta poción provocaba en primer lugar una intoxicación del organismo con la consiguiente pérdida del cabello, dientes, etcétera, para después producir una regeneración del cuerpo, en base a la cual los cabellos volvían a crecer oscuros y fuertes, los dientes crecían sanos, los miembros recobraban el vigor de antaño. Para recuperar la juventud, el cuerpo del iniciado debía experimentar el solve et coagula de la alquimia, o sea que debía «morir» y volver a los orígenes para después renacer a una nueva vida. Como sucedía en los procesos tántricos, el discípulo debía contemplar la disolución y la creación de los universos y experimentar en sí mismo la «muerte» y la resurrección del cosmos. Refiriéndose a esto, Marco Polo habla de una poción a base de azufre y mercurio que, bebida dos veces al mes, aseguraba salud y longevidad a los yoguis. Según Amir-e-Khosraw, un poeta indopersa que vivió en el siglo XIII d.C., los indios eran capaces de lograr la longevidad mediante la respiración, o sea a través del pranayama, técnica del yoga de control y enlentecimiento de la respiración, asimilable al lianqi, la «respiración controlada» china. El pranayama comporta el ordenamiento de la respiración y la unificación de la consciencia. Enlenteciendo rítmicamente la respiración de forma progresiva, el yogui logra penetrar –conservando una lucidez plena– en todos los estados de consciencia que no le están permitidos al hombre profano, consigue probar experimentalmente los estados de consciencia inaccesibles en la vigilia, en particular los que caracterizan el sueño. Por medio del pranayama se busca suprimir el esfuerzo respiratorio, suspender la respiración y las funciones de los órganos para lograr la unificación de la consciencia. El yoga alquímico representa por lo tanto el despertar de una «supraconsciencia» en el adepto a través de la repetición de fórmulas, el ayuno, la meditación, la respiración, la oración, la anulación del sueño. Según los tratados indios, se puede prolongar indefinidamente la vida del cuerpo, si se consigue controlar la respiración y destilar el elixir a base de mercurio. Amir-e-Khosraw atestiguó el fundamento de las leyendas populares referidas a los poderes mágicos obtenidos por los yoguis alquimistas. De hecho, la tradición india atribuye a los yoguis la capacidad de predecir el futuro, de elevarse en el aire, de hacerse invisibles, de caminar sobre el agua y de transmutar minerales en oro. Los tratados de alquimia tántrica prescriben recetas a base de elementos vegetales y minerales y fórmulas mágicas (también de magia negra) para obtener salud, inmortalidad, poderes prodigiosos. El principal objetivo perseguido por la alquimia india es la liberación (moska) de la ley kármica, o sea, la inmortalidad.

Rasayana y tantrismo

El testimonio más claro respecto al tema de la longevidad que se puede lograr a través de las prácticas alquímicas pertenece a Al Biruni (973-1048) que confirma la existencia, al lado e independientemente de la alquimia «ordinaria» de origen mineral, de una ciencia espiritual llamada rasayana. Está descrita como un arte basado en elementos prácticos, medicamentos y preparados sobre todo vegetales, cuyos principios activos restituyen la salud a los enfermos, la juventud y la longevidad a los ancianos. La alquimia especial o rasayana pertenecería entonces a las técnicas mágico-iniciáticas y revestiría de una función redentora y cosmológica. El rasayana, o ciencia del mercurio (rasa en sánscrito significa linfa, jugo, pero se refiere también a los fluidos corporales, y en particular al esperma, incluido el de Shiva, o sea, el mercurio) surge como medio de liberación por su capacidad de reforzar y prolongar la vida. Las operaciones que prescribe son de tipo espiritual y no se refieren a experimentos de laboratorio. La finalidad de las prácticas del rasayana es, de hecho, la «purificación» del alma y la «transubstanciación» del cuerpo del adepto. Como explica Eliade, las prácticas de la alquimia india derivan del ambiente tántrico y no dependen de una influencia árabe de la alquimia alejandrina. De hecho, en algunos documentos anteriores a la invasión islámica se detallan los poderes que se pueden obtener mediante la utilización del «mercurio» en las prácticas alquímicas. La alquimia india, entendida como arte mágico y soteriológico, se difundía sobre todo en los ambientes tántricos, en los que poco influyó la invasión árabe. En ciertas zonas, como Nepal y el sur de la India, donde existen muchos textos tántricos sobre alquimia, la penetración del islam fue mínima. Muchos maestros tántricos, los legendarios siddha, como el célebre Nagarjuna, resultan ser también autores de tratados de alquimia. Eran capaces de realizar prodigios, de prolongar indefinidamente la propia vida y de fabricar oro.

Neitan

En China hallamos una situación análoga. Los documentos atestiguan la presencia de dos prácticas distintas y diametralmente opuestas, ambas denominadas «alquimia»: una tiene que ver con el alma y la inmortalidad, la otra con la transmutación de los metales en oro y plata. Uno de los más famosos alquimistas chinos, Ge Hong, en su Baopu zi, se refiere al tema hablando de huangbai, «amarillo y blanco», o de una alquimia «propiamente dicha» (weitan), cuyo objetivo era sólo la transformación de los metales, que no preveía la implicación del alma del iniciado y de una técnica (neitan) que tenía como fin la obtención del elixir de la vida eterna y de la piedra filosofal.

El neitan era una práctica metafísica y cosmológica que utilizaba «el alma» de las sustancias minerales empleadas, contrariamente al weitan. A partir del siglo X la alquimia china, en simbiosis con el taoísmo, experimentó un proceso de espiritualización y los metales «transcendentales» o dotados de «alma», empezaron a ser identificados con determinadas partes del cuerpo, alentando la proyección de los experimentos alquímicos directamente sobre el cuerpo del adepto. La alquimia china se transforma, por lo tanto, en un arte espiritual asimilable a las técnicas de meditación y de purificación interior. El alquimista taoísta del siglo X renuncia a la transmutación de los metales en oro, para concentrarse en el cuerpo que considera una especie de metal impuro. Busca purificarse y se esfuerza en transmutar el propio cuerpo en oro, es decir, perfeccionarse y lograr con ello la inmortalidad.

Yin y Yang

La alquimia china tenía un carácter sagrado y ritual e implicaba ciertos actos religiosos, como sacrificios, ayunos y oraciones, con vistas a obtener un oro de síntesis purificado del elemento yin. De hecho, la alquimia china puede ser comprendida si se estudia en el ámbito general de las creencias taoístas de dicho pueblo. Es necesario referirse sobre todo a la concepción de los dos elementos fundamentales, yin y yang, masculino y femenino, que constituirían todo lo existente. El principio masculino yang ha sido identificado con el dao (o tao), entendido como la vía, el principio universal, la verdad. Cuanto más yang contiene una cosa, más tiene esa cosa de noble, incorruptible, «absoluta» y participa en las cualidades yang de fuerza, longevidad y perfección. La transmutación de los metales consiste en eliminar el principio frío femenino yin, aumentando lo yang. Por ello el oro fabricado en un laboratorio resulta superior al oro natural, precisamente porque se le ha quitado cualquier traza de yin y puede ser ingerido por el adepto, para que le transmita las propiedades de perfección e inmortalidad. Para los chinos el oro representa el metal noble por excelencia, pero igualmente importantes son las perlas y el jade, que también están dotados de virtudes mágicas y de incorruptibilidad, en virtud de la esencia yang. Cualquiera que lleve oro, jade o perlas, experimenta las influencias benéficas del elemento caliente masculino yang. Estas sustancias preservan al cuerpo de la corrupción, ejerciendo un papel fundamental en el ámbito de la vida y de las concepciones religiosas y filosóficas chinas, un rol de «inmortalización» que se ha transmitido a la alquimia. La finalidad de la alquimia china es la búsqueda de la inmortalidad a través de la fabricación y la asimilación del oro sintético.

El alquimista no busca el oro como un simple metal, sino por sus propiedades mágicas y regeneradoras. Los orígenes históricos de la centralidad revestida de oro se investigan en la preparación sintética del cinabrio, una sustancia de color rojo sangre, dotada de yang, que según las creencias poseía un poder «talismánico» y que se utilizaba desde tiempos muy primitivos en las tumbas de los aristócratas con el fin de asegurarse la inmortalidad. Asimismo se creía que, puesto en el fuego, producía el mercurio, el alma de todos los metales y principio cardinal de la alquimia.

Comparándola con la hindú, la alquimia china posee una mayor relación con la metalurgia y la cosmología. De hecho, en la base de esta última hallamos el principio de homologación Hombre-Cosmos, la codificación de los «vínculos sagrados», de las «correspondencias» que unen al hombre-microcosmos con los metales y con cada ser viviente, en suma con la concepción de la vida como elemento constitutivo y universal de lo real. En la base de la magia y de la alquimia hallamos la creencia de que la naturaleza es como un gran organismo vivo, en cuyo seno cada elemento animado o inanimado, hombre, animal, vegetal o mineral, participa en el ciclo de vida, muerte y resurrección.

Rituales ascéticos

La homología Cielo-Tierra se despliega en una serie infinita de correspondencias mágicas entre todos los órdenes de la existencia, para los que el cuerpo humano se transforma en un espejo del cosmos. Cada parte del hombre tiene un equivalente sideral, así como todo elemento del cosmos está dotado de vida, participa en el destino del hombre y conoce el nacimiento, el crecimiento, la sexualidad y, en algunos casos, la muerte. Dado que los objetos inanimados, como los minerales, tienen una vida más larga que la del hombre y crecen mucho más lentamente, el alquimista chino, como su colega occidental, se preocupa por acelerar su desarrollo para contribuir a la creación divina y perseguir la perfección de la naturaleza.

Como hemos señalado, las operaciones alquímicas debían estar precedidas por preliminares y rituales de tipo ascético: meditación, soledad, ayuno, régimen dietético, oraciones, purificaciones… Entre las preliminares requeridas para la pureza del iniciado, el alquimista chino –al igual que el yogui–, debía modular la respiración según un ritmo preciso, o sea, según la práctica de la «respiración controlada» (lianqi).

El lianqi es similar al pranayama, la suspensión de la respiración practicada en el yoga, dado que los taoístas –asumida una postura corporal (zuogong) que recuerda el asana de los ascetas indios–, controlan el ritmo cardiaco y pueden suspender la respiración. Esta práctica ha sido denominada por Marcel Granet «respiración embrionaria», porque imita la respiración en circuito cerrado del feto en el vientre materno y representa un regressus ad uterum. A fin de lograr el rejuvenecimiento o la longevidad es necesario, de hecho, retornar a los orígenes para renacer y comenzar una nueva vida.

La persecución del elixir está ligada además a la búsqueda de las islas lejanas y sobrenaturales donde viven los «inmortales». Encontrar a los éstos significaba superar la condición humana y participar de la existencia sagrada y beatífica de la atemporalidad. Una vez producido el oro, el alquimista podía destilar el elixir de la larga vida y, después de haberlo asimilado, hacerse inmortal. El oro producido mediante procesos de transmutación alquímica ponía en acción el proceso de espiritualización del cuerpo, transmitiéndole las virtudes yang de regeneración y longevidad. Al hacerse inmortal, el iniciado podía entrar en contacto con los Beatos y vivir en las islas maravillosas que, según la tradición mítica china, es la sede trascendente de los santos y de los magos-alquimistas.
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