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Arnold Paole El vampiro de Medvedja

Lunes 25 de Mayo, 2009
A lo largo del siglo XVIII el Este de Europa permanecía aislado entre impenetrables bosques y montañas plagadas de lobos. La leyenda campaba a sus anchas, convirtiendo en ley las supersticiones más arraigadas. Los demonios del mundo antiguo se hacían presentes en noches sin Luna, provocando el terror en aquellos que, con fe y afiladas estacas, veían cómo los muertos regresaban desde el más allá, convertidos en sicarios del demonio…
No fueron tiempos fáciles en estas tierras. El siglo XVIII pretendía despertar de un sueño; más bien de una pesadilla, porque los múltiples conflictos que asolaban gran parte de ese viejo continente, no eran óbice para que las creencias más aberrantes germinaran entre una población demasiado castigada por la guerra y las hambrunas.

Los Habsburgo llevaban más de 500 años ocupando el trono de Austria, anexionándose territorios, convirtiendo Europa en su gran imperio, y defendiendo los dogmas de la cristiandad, que desde la ciudad eterna les dictaba los pasos a seguir.

Así, en el año 1718 se hacían con el poder de los principales Estados balcánicos, situando en sus líneas de frontera a los terribles hajduks, soldados en su mayoría de origen serbio que destacaban en el campo de batalla por su fiereza y ansias de sangre.

Fue en este entorno, plagado de lodo, leyendas y muerte donde surgieron las epidemias; inesperadas como otras anteriores pero diferentes en sus trazas. Porque no era un virus el que atacaba los cansados cuerpos de las milicias y de las comunidades que malvivían en estas regiones; no se trataba de tifus, peste o cólera morbo. Aquello era diferente; algo jamás visto…

Miedo a salir de noche

La excelsa Viena permanecía al margen del terrible escenario que se estaba desarrollando en sus tierras del Este. Las esencias traídas de Oriente se respiraban al son de la música que surgía de la Ópera, donde sopranos, tenores y los barítonos más prestigiosos del momento dejaban pinceladas del arte que atesoraban entre los muros de este templo de la cultura. Monarcas, aristócratas y gobernantes del imperio se daban cita en la majestuosa urbe, ajenos a los terribles acontecimientos que estaban a punto de desencadenarse.

Johannes Fluckinger por esas fechas ejercía la medicina en el seno de la institución castrense. Era hombre pragmático y poco imaginativo, célebre por la templanza con la que se desenvolvía en las situaciones más comprometidas. Es posible que fueran estas cualidades las que le pusieron en el punto de mira de los consejeros del emperador, alarmados por las noticias que llegaban desde la localidad serbia de Medvedja, para que encabezara una comisión encargada de esclarecer los enigmáticos sucesos que allí se estaban produciendo, y ya de paso poner orden entre tanto nerviosismo. Poco antes a sus manos había llegado el informe remitido por el especialista en enfermedades contagiosas, el doctor Johan Glaser. Éste no podía ser más explícito: a fecha del 12 de diciembre de 1731 –día que el galeno llegó a la aldea serbia–, trece personas habían fallecido en extrañas circunstancias, víctimas de una enfermedad que les hizo agonizar entre terribles dolores y fiebres muy altas, gritando espasmódicamente que sufrían de horribles pinchazos. Además, el virulento brote no distinguía de sexo o edad; bebés, jóvenes, adultos o ancianos carecían de protección a la hora de enfrentarse a un mal que conforme transcurrían las jornadas cobraba tintes más espirituales que terrenales. Los enfermos, aquejados por un mal incurable y con rostro, entre delirios pronunciaban el nombre de quienes consideraban los causantes de tanto padecimiento. Así, Milica, mujer de 50 años –procedente de la zona turca y primera víctima–, aparecía como un ente maldito entre los delirios de los moribundos; del mismo modo que lo hacía la joven de 20 años Stanacka, que antes de fenecer enterraba a su pequeño bebé junto a la verja de su casa, después de que, como asegurara entre lamentos e invocaciones a los cielos, fuera atacado por un vampiro. Ella misma se había visto obligada, según afirmó, a untar su cuerpo con la sangre de uno de estos demonios con el propósito de librarse de ellos. Al menos tal defensa proponía la tradición, pero claro está que no surtió el efecto deseado.

Mientras, el doctor Glaser se debatía entre difíciles tesituras. Por un lado su ortodoxia científica le impedía atender a las historias que entre susurros circulaban por la aldea, aludiendo a los vampiros como causantes de los dantescos sucesos; pero por otro esa misma ciencia era incapaz de dar con una explicación que satisficiera a propios y extraños; ni tan siquiera al propio epidemiólogo. Las muertes se sucedían a cada jornada, ante la desazón de los familiares y la impotencia del doctor.

Fue entonces cuando hubo quien recordó las cuatro muertes ocurridas en 1726, y al siniestro personaje que fue acusado de cometerlas: el hajduk Arnold Paole… (Continúa la información en ENIGMAS 162).

Lorenzo Fernández Bueno
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