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Crónica en negro de una cita a ciegas

Viernes 24 de Abril, 2009
En 1930, el poeta Fernando Pessoa recibió en Lisboa al mago inglés Aleister Crowley. Un suceso insólito que Montserrat Rico Góngora, que acaba de publicar Pasajeros de la Niebla (Ediciones B) –parte de cuya trama se centra en aquel encuentro–, nos desvela en exclusiva.
En 1930 Fernando António Nogueira Pessoa era un poeta taciturno, no suficientemente reconocido, quizá porque su obra la había dispersado bajo la autoría de varios heterónimos a los que dio vida en un desdoblamiento de la conciencia más digno de ser estudiado por un psiquiatra que por un filólogo. Se ganó la vida con la publicidad, el periodismo y el comercio, aunque podría haberlo hecho con la ciencia antiquísima de la astrología que en las trastiendas poco iluminadas de la historia siempre estuvo de moda.

Desde que en 1905 regresó a Lisboa, su ciudad natal, procedente de Durban, en Sudáfrica –donde su padrastro Joao de la Rosa había sido cónsul de Portugal– su vida transcurrió de una manera sedentaria. Apenas hizo viajes cortos a la costa de Sintra, Cascais y Estoril. Fue un sujeto introvertido,tal vez porque su acusada miopía le causaba cierta inseguridad. Su adicción al alcohol desencadenó la dolencia hepática que habría de acabar con su vida, pero que difícilmente puede explicar su capacidad extraordinaria para asumir la dirección creadora de Ricardo Reis, Álvaro de Campos o Bernardo Soares, heterónimos que utilizó con mayor frecuencia.

Es necesario apuntar que si bien Fernando Pessoa tuvo una vida discreta, para nada fue ordinaria. Ya desde su más tierna infancia había practicado el espiritismo junto a su tía materna, Ana Luisa Pinheiro, y convivido con su abuela Dionisia, cuya enfermedad mental pudo hacerle ver en sentido positivo qué recovecos inexplorados había en el pozo oscuro de la mente humana. Sin embargo, llegó a afirmar que su interés por las ciencias ocultas se había despertado sólo a raíz del suicidio en París, en 1916, de su amigo Mario Sâ Carneiro.

Con estos antecedentes no es de extrañar que en algún momento se declarara a sí mismo cristiano gnóstico, iniciado en la Orden Templaria de Portugal y adscrito a la Santa Cábala Judía que, a su juicio, estaba íntimamente vinculada a la tradición secreta del cristianismo y a la esencia oculta de la masonería. Toda una paradoja cuando Portugal vivía bajo el yugo de la dictadura de Oliveira Salazar. En 1929 se habían asaltado las dependencias del Grande Oriente Gremio Lusitano, sede de la masonería, orden discreta por la que Pessoa sintió especial simpatía y a la que defendió de las acusaciones del ministro José Cabral, aunque siempre declaró no ser masón.

En cuanto a los templarios, éstos lograron instaurar un reducto de resistencia en tierras lusitanas cuando en 1307 se ordenó su detención. Los que lograron sobrevivir fundaron la “Orden Militar de Cristo” que sobrevivió en el país luso hasta 1888. Muchos de los grandes conquistadores portugueses pertenecieron a ella, así como el rey Enrique el Navegante.

Aún así, en pleno siglo XX, las aserciones del poeta parecían estar fuera de todo lugar. Si es difícil incidir en esa dirección, lo es menos en su faceta de astrólogo, porque la suerte –o la desdicha– le brindó la ocasión de lucirse ante otro maestro del esoterismo, Aleister Crowley, quien había sido expulsado de varios países por razones poco claras, y al que se acusaba de practicar satanismo y canibalismo ritual.
(Continúa la información en revista ENIGMAS 161)

Montserrat Rico Góngora
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