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El hereje que contempló el Cosmos

Sábado 01 de Octubre, 2005
“Y sin embargo se mueve”. La célebre sentencia mascullada por Galileo al mismo tiempo que era condenado por sus descubrimientos astronómicos se ha convertido en todo un símbolo para la ciencia. Tenía que admitir que se había equivocado al asegurar que la Tierra giraba alrededor del Sol, puesto que de otra forma no hubiera salvado su vida. Pero gracias a su trabajo la humanidad salió de un oscuro túnel…
Durante siglos, la pugna entre religión y ciencia no sólo ha sido constante, sino que ha generado numerosos enfrentamientos que acabaron rubricando capítulos ágrios e injustos. Posiblemente, el juicio al que fue sometido el italiano Galileo es el más representativo de estas batallas intelectuales. Hoy en día se le considera uno de los padres de la ciencia moderna.

Nuestra historia comienza el 24 de mayo de 1543, cuando el astrónomo polaco Nicolás Copérnico publica su libro La revolución de los cuerpos celestes. Casi sin pretenderlo, la obra supuso un inmenso salto cualitativo sobre la concepción de los mecanismos que movían el Universo. Por desgracia, falleció al poco de ver impresa su obra, con lo que se perdió el terremoto científico en el que desembocó su hipótesis heliocentrista. Afortunadamente, algunos adelantados como Galileo Galilei recogieron su legado. Este italiano universal había nacido en 1564 con la vocación de ser físico y astrónomo heterodoxo, lo que le acarreó constantes enfrentamientos con la Iglesia.

Según Copérnico, la Tierra no era, como se creía, el núcleo estático del firmamento, sino que la actividad dinámica del Sol, los planetas y las estrellas se podían explicar admitiendo el doble movimiento de la Tierra, es decir, la rotación diaria sobre su eje y la traslación anual alrededor del Sol. Con este pensamiento se desmontaban las viejas teorías del astrónomo Claudio Ptolomeo, que en el siglo II a. de C. estableció que la Tierra era el centro de referencia universal y que todo giraba, incluido el Sol, en torno a nuestro planeta –algo muy parecido a lo planteado por el griego Aristóteles algún siglo antes–. Esta última hipótesis era la oficialmente admitida por la Iglesia católica, por lo que no es de extrañar que los defensores de Copérnico fueran considerados herejes de la ciencia impuesta y admitida. Incluso algunos, como el fraile Giordano Bruno, acabaron en la hoguera.

El libro de la polémica

Finalmente, el debate se recrudeció en 1632 cuando Galileo publicó Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. La obra nos presenta a tres personajes que discuten sobre la teoría que venimos exponiendo. Por un lado Salviati, hombre progresista y abierto que se encarga de defender los postulados copernicanos. En el otro se encuentra Simplicio, personaje reaccionario y absolutamente encasillado en las propuestas científicas imperantes en la época. Y en medio de los dos se sitúa, a modo de juez y árbitro de la contienda, Sagredo, quien paulatinamente se decanta por los postulados razonables de Salviati. A medida que pasan las páginas y se suceden los diálogos, nos percatamos de las claras intenciones de Galileo, un gran divulgador científico que sabe en todo momento manejar la situación hasta conseguir su propósito final sobre la difusión de la postura copernicana.

Como el lector de ENIGMAS puede intuir, Salviati representaba al propio Galilei, mientras que Simplicio encarnaba la figura del Papa Urbano VIII, muy amigo, en otro tiempo, de Galileo, y que a raíz de este libro, se vio impelido a denunciar ante la Inquisición al supuesto transgresor de las leyes científicas. En realidad, el mismo pontífice había dado permiso para la publicación de la obra confiado por las explicaciones de Galileo, que se comprometió a no seguir encendiendo la hoguera de la controversia en este asunto, tan delicado para Roma y su milicia intelectual, encarnada, por entonces, en la Compañía de Jesús. Sin embargo, nuestro personaje, muy comprometido con la verdad, no quiso eludir su responsabilidad científica y utilizó el texto a conciencia para denunciar el inmovilismo de los estamentos sociales dominantes en aquel periodo histórico.

La obstinación de un genio

No era la primera vez que Galileo se enfrentaba a las autoridades eclesiásticas. Ya desde la aparición en 1610 de su libro El mensajero sideral, donde se apuntaban las virtudes copernicanas, el Vaticano intentó desacreditarle como astrónomo, llegando a formular contra él una acusación por herejía en 1615. Un año más tarde, sus investigaciones fueron ampliamente criticadas desde los púlpitos eclesiales, a lo que él contestó con una extensa carta en la que solicitaba que la Biblia se acomodara a los descubrimientos científicos de la modernidad, lo que supuso un nuevo escándalo y la reprobación más encendida desde las clases católicas dirigentes. El proceso culminó con una seria advertencia hacia Galileo, en la que le conminaban a no seguir difundiendo las erróneas teorías de su maestro polaco. Ante esto, el físico pareció callar, convencido de la inutilidad que suponía seguir combatiendo en soledad frente al muro de la incomprensión oficial. Pero él había visto con su telescopio las manchas del Sol, las montañas de la Luna, cuatro satélites de Júpiter y las fases crecientes y menguantes de Venus… Todos estos descubrimientos le convirtieron en un testigo privilegiado de lo intuido por Copérnico. ¿Quién podría ocultar semejantes hallazgos?
La guerra entre heliocentristas y geocentristas estalló en 1623, cuando publicó El ensayador, un estudio astronómico con capítulos dedicados a los cometas y otros fenómenos celestes. En el texto, Galileo satiriza y menosprecia a un personaje llamado Sarsi, el cual no era otro más que Horacio Grassi, un influyente jesuita considerado su peor enemigo. La respuesta de éste fue inmediata: escribió otro libro en el cual se vapuleaban las teorías expuestas por Galileo. A pesar de los furibundos ataques jesuitas, El ensayador se convirtió en una obra muy aplaudida por toda Europa y en la que se revelaba buena parte de sus ideas respecto a las matemáticas, las cuales entendía como si del genuino lenguaje de la naturaleza se tratara. Nueve años más tarde, el jesuita se vengaría alentando a los tribunales que juzgaban a Galilei por su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo.

Juicio a un hereje

El proceso fue sinuoso y tremendamente injusto con el acusado. La presión sobre él se incrementó hasta el punto de que no tuvo más remedio que abjurar de sus creencias a fin de evitar una más que segura condena capital. Galileo tenía 68 años, estaba hastiado de tanta batalla científica, diezmado por la enfermedad, casi ciego y sordo… Únicamente ansiaba terminar con aquello y retirarse a reposar sus últimos años en su modesta casa de Arcetri, muy cerca de Florencia.

En 1639 publicó Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias, un libro que iluminó posteriormente a Isaac Newton para afinar su teoría sobre la gravitación universal.

Tres años más tarde, Galileo falleció sin que el Vaticano hubiese corregido su lamentable error. En 1870 se publicó toda la documentación sobre este célebre juicio, y gracias a ello, se pudo comprobar que, no sólo la Iglesia fue culpable en el dictamen, sino también los filósofos que asesoraron en aquel trance. Según cuenta la leyenda, cuando se encontraba firmando su abjuración masculló entre dientes: “Y sin embargo se mueve”. Un buen epitafio para un genio inconformista, abanderado de la verdadera y única ciencia…
Fue condenado a cadena perpetua tras “retractarse” de sus creencias. Más tarde, su pena fue rebajada a reclusión menor y ya en 1992 Juan Pablo II pidió perdón por las tropelías cometidas contra la figura del célebre físico y matemático. Quizá este justo pronunciamiento llegó un poco tarde…
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