Se encuentra usted aquí

El lenguaje secreto de las flores

Jueves 01 de Junio, 2006
Un día los discípulos de Buda se reunieron para oír su sermón. Pero él no dijo una palabra. Se inclinó, arrancó una flor del suelo y la sostuvo entre sus dedos para que todos la vieran. La asamblea permaneció muda de estupor. Tan sólo uno entre todos los presentes mostró con su sonrisa que comprendía el mensaje.
Síntesis a la vez del ciclo vital y de la perfección, de la iluminación espontánea y lo inexpresable, las flores son por excelencia arquetipos del alma y de las virtudes con que ésta debe adornarse. Fugaces pero eternas, bellas e inocentes, entre todos los organismos vivos son el mejor ejemplo de la regeneración continua del universo.

Jeroglíficos perecederos que apuntan hacia la eternidad, las flores figuran en los ritos iniciáticos de todas las culturas, desde la egipcia a la cristiana. Y han sido ubicadas estratégicamente en la iconografía y arquitectura religiosas así como en la pintura o literatura laicas, o en los tratados alquimistas con una finalidad única: recordar, a quien conozca su argot, la ruta hacia el Jardín de las Hespérides. Según las tradiciones esotéricas, en este jardín simbólico, que no es sino un estado espiritual, el ser humano puede, tras vencer a los dragones que custodian sus puertas, tener experiencia y conocimiento de la divinidad y alcanzar los dones que aseguran la inmortalidad.

Una copa griálica

La primera clave que el buscador del Jardín descubre al adentrarse en este código floral es la necesidad de vaciarse de todo equipaje superfluo para convertirse en una copa griálica, receptáculo idóneo de los dones celestes. En el lenguaje iniciático cada flor tiene un significado oculto pero, tal y como han señalado los expertos en simbolismo Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, todas ellas representan el principio femenino y pasivo de la naturaleza, el cáliz capaz de albergar la lluvia o el rocío, cuyo influjo vivificante, asociado a las virtudes del alma, en la tradición cristiana, o a la quintaesencia en el arte alquímico, permite la redención y el retorno al origen del estado primordial.

Otro simbolismo que abarca a todas las flores tiene que ver con su apertura. La floración, según el esoterista René Guénon, representa el desarrollo de la sustancia universal primitiva. Y es para el caminante en pos del edén perdido, o para el alquimista que trabaja en su atanor, una advertencia sobre la posibilidad de alcanzar la perfección espiritual a partir de elementos básicos y naturales como la luz, el aire, el agua y la tierra que alimentan a las plantas. Una metáfora similar propone el tratado taoísta El secreto de la flor de oro, en el cual el elixir de la vida a conseguir es el resultado de una alquimia interior que conjuga la unión de cuatro principios elementales del organismo en la medicina y filosofía chinas: la esencia (ching), el aliento (chi), el agua y el fuego.

Son muchas las flores utilizadas en el arte y la literatura para evocar los arcanos del sendero de evolución, pero entre todas ellas, por su riqueza en significado, profusión en todas las culturas, y similitud en su morfología, crecimiento y desarrollo, destacan el loto, el lirio y la rosa.

Iluminación espontánea

Flor espiritual por excelencia, el loto reúne todas las características que deberían adornar al iniciado. El loto azul que se abre con los primeros rayos del sol – el blanco lo hace en el ocaso– fue considerado por los egipcios como símbolo de resurrección y renacimiento, y desde la V dinastía adornó a algunas de las deidades más importantes como Horus o Thot. Ofrecido a vivos y muertos, en manifestación de alegría o deseo de otra vida en el más allá respectivamente, figura en los mosaicos de numerosas tumbas donde se ven mujeres con un loto prendido en el cabello o aspirando su embriagador aroma. Y asimismo ha sido hallado en el interior de muchos sarcófagos, la momia de Tutankamón, por ejemplo, estaba cubierta de pétalos de loto.

Pero es en Oriente, India, China o Japón, donde esta flor se convierte en un paradigma continuo para quienes persiguen el estado de Buda. El botón de loto es la forma más común para las divinidades hindúes, chinas o japonesas que llevan la flor en sus ojos, en los pies, en las manos o en un vaso, cuando no emergen directamente de él. Y varias sociedades secretas taoístas, como la amidista, fundada en el siglo IV en el monte Lu, lo han tomado como emblema. Una de las características que le otorgan este rango de protagonismo es que florece y echa la semilla al mismo tiempo, por lo que representa la simultaneidad de causa y efecto. Bajo este signo recuerda a los budistas que ningún pensamiento, palabra y obra quedan sin consecuencia, aunque no seamos conscientes de ello. Esta misma característica simboliza que la Verdad predicada por Buda produce de inmediato el fruto de la iluminación. Aunque, la imagen literaria preferida es la que hace referencia a la virtud del loto de crecer en aguas pantanosas y permanecer inmaculado, un ejemplo a seguir por el adepto que, en medio de la corrupción de la rueda cenagosa del samsara, debe mantenerse puro. Estar en el mundo sin apegarse a él. Al mismo tiempo esta peculiaridad del loto es también un recordatorio para no olvidar que es posible pasar de un estado de oscuridad, incertidumbre o angustia, a otro de conciencia elevada. Un loto abierto con ocho pétalos es símbolo del Óctuple Camino recorrido por Buda y que lleva al nirvana. Y el génesis del mundo hindú sitúa a Brahma, el creador del cielo y la tierra, emergiendo de un loto. En los Upanishad se dice: «Dentro de la ciudad de Brahma, el cuerpo, está el corazón, y en el corazón hay una pequeña casa. Esta casa tiene la forma de un loto, y en su interior reside lo que debe buscarse, aquello que hay que investigar y realizar». El loto, por compartir su calidad de espacio sagrado, está asimismo asociado a los yantras hindúes, diagramas místicos con el poder de conceder todos los deseos solicitados tanto materiales como espirituales. En el yantra de la diosa Kali (lo mismo que en el del dios Ganesh y otros) el loto representa a la diosa madre, materia o sustancia universal.

En Occidente tampoco hemos sido ajenos a lo influjos de esta flor. Fue Homero, por boca de Ulises, quien habla en la Odisea del país de los lotófagos, para quienes esta flor es el único alimento: «dulce como la miel, el que lo come ya no piensa jamás en regresar a su patria, sino en quedarse allí para siempre». ¿Se trata de una alusión velada al deseo de permanecer en el estado beatífico espiritual que el loto representa?

Mundo de ultratumba

Otra flor que deja un rastro visible para quien anhela el elixir de la verdadera vida es el lirio. Asociado a la azucena, al iris y a la flor de lis, es capaz de crecer sobre aguas cenagosas como el loto y por ello también es símbolo de las posibilidades de evolución del ser. Vinculado probablemente por estos motivos desde la antigüedad a las pruebas que el héroe ha de superar en el mundo de ultratumba para regresar victorioso a la luz del sol. Así, en Mesopotamia, donde el lirio fue además emblema de la realeza, se creía que el héroe Gilgamesh fue en busca de esta flor al ultramundo para resucitar a su amigo Enkidu. Mientras que en la mitología griega se dice que Perséfone recogía azucenas cuando fue raptada por Hades para convertirse en reina temporal de los infiernos.

Símbolo de la pureza y la inocencia en el cristianismo, su pistilo exagerado la asoció sin embargo a la diosa Venus y los sátiros y, por tanto, de la fecundación y la virilidad. Relación que, según Angelo Gubernatis en su Mithologie des Plantes, pudo llevar a los reyes de Francia a adoptarlo bajo la forma de flor de lis en su heráldica.

Existen otras versiones que intentan explicar esta decisión. Una de ellas dice que en el siglo V el rey merovingio Clodoveo acertó a salvar su ejército bloqueado en el Rin al observar unos lirios que crecían en el río y suponer que en ese punto el cauce no podía ser muy profundo. Otra leyenda sostiene que un ángel le ofreció al rey un lirio de oro como símbolo de purificación por su conversión al cristianismo. Sin embargo, tal y como René Guénon ha señalado, existe otro motivo oculto, relacionado con la aritmética y geometría sagradas, que hace de esta flor santo y seña de numerosas sociedades secretas incluso en nuestros días. Esta razón arcana se basa en el número de sus pétalos que suelen ser tres o seis.

El número tres, por un lado, forma parte de la secuencia Fibonacci, conectada a su vez con la proporción áurea y Fi o número dorado que aparece continuamente ligado tanto a la naturaleza como al arte. Dicho dígito fue, bajo la forma geométrica del pentagrama, clave cifrada de la fraternidad pitagórica primero y luego de gnósticos y sociedades secretas renacentistas que intentaban recuperar el esplendor dorado de los tiempos platónicos. A este respecto cabe señalar que Leonardo da Vinci pintó una exquisita azucena conservada hoy en la Librería Real del Castillo de Windsor. Sus tres pétalos han convertido también al lirio en símbolo excelso para el cristianismo de la Santísima Trinidad y por ende de la perfección, luz y vida.

El significado de los pétalos

En cuanto a los lirios de seis pétalos, están enlazados, según Guénon, con la tradición esotérica de una forma indefectible. Si unimos sus extremidades de dos en dos se obtiene el doble triángulo conocido también por el nombre de «sello de Salomón». Una figura muy usada por los judíos que, curiosamente, utilizaban lirios para adornar las columnas del templo de este rey bíblico. Por otra parte, el mismo número seis, según la Cábala hebrea, es el de la creación. En la iglesia primitiva y medieval, el doble triángulo fue también, como ha señalado L. Charbonneau-Lassay, emblema de Cristo. Los los dos triángulos opuestos y entrelazados recuerdan la unión de las dos naturalezas, divina y humana, en la persona de Jesús. Mientras que para alquimistas y magos simboliza la fusión de microcosmos y macrocosmos que alude a la ley expuesta en los tratados de Hermes: «como es arriba es abajo».

Es muy probable que este simbolismo oculto en su número de pétalos haya influido decisivamente para que el lirio figure tanto en el escudo de la casa de Valois –dinastía real francesa–, como en el de la de Lancaster –dinastía real inglesa–. O que lo haya convertido en la brújula que marca el norte en los mapas de los cartógrafos; el símbolo de algunas divisiones del ejército estadounidense; y carta de presentación del movimiento scout para cuyos miembros los tres pétalos de la flor recuerdan su promesa de amor a Dios y a la Patria (central), de ayuda al prójimo (izquierda), y de observación de sus preceptos (derecha).

En todo caso, el mensaje más valioso que tiene el lirio para quien busca la entrada al Jardín se halla en esta cita del Nuevo Testamento (Mateo 6, 28): «Observad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan, ni hilan. Así abandonado a las manos de Dios, el lirio está mejor vestido que Salomón en todo su esplendor». Y es así como el adepto debería recorrer la senda, con una total confianza en la Providencia divina.

Renacimiento místico

Se dice que la rosa es a Occidente lo que el loto a Oriente. Símbolo de la perfección sin mácula, de la copa de la vida, el alma, el corazón y el amor, así como de renacimiento e inmortalidad, la rosa es el centro místico de ritos iniciáticos y de obras de arte. Por poner algunos ejemplos cabe citar El asno de oro de Apuleyo, libro en el que esta bestia recupera su forma humana gracias a comer una corona de rosas rojas que le ofrece un sacerdote de Isis, durante la celebración de los misterios de la diosa. Mientras que en el Paraíso de Dante esta flor es comparada al amor celestial. A su vez, La Primavera o El Nacimiento de Venus de Botticelli, cuadros emblemáticos de la magia talismánica renacentista, muestran pétalos de rosas y otras flores en los vestidos de sus personajes o el suelo que pisan. Sin olvidar el Fausto de Goethe, donde las rosas aparecen en manos de ángeles para alejar con su luz y amor a los diablos que quieren apoderarse del alma del doctor.

Las espinas que adornan a la rosa la relacionan con la sangre derramada y la hacen símbolo de un renacimiento místico. De ahí que el cristianismo la compare en su inconografía con la copa que recoge la sangre de Cristo o con sus llagas. En la sociedad rosacruz, la rosa evoca el grial o el rocío celeste de la redención, y el emblema de esta comunidad secreta sitúa la flor en el centro de la cruz, o sea, en el lugar del corazón de Cristo. Lugar importante ocupa también en la mística sufí. En El jardín de las rosas de Saadi de Siraz, éstas se convierten en el vehículo que lleva a la contemplación sublime: «Iré a coger las rosas del jardín, pero el perfume del rosal me ha embriagado», y otro sufi, al-Wasití, dice: «aquel que quiera contemplar la gloria de Dios, que contemple una rosa roja…». Este lenguaje es comparado por algunos eruditos al del Cantar de los Cantares cuando habla de la rosa de Sarón. A todo este simbolismo cabría añadir las rosas célticas que aparecen en los libros de caballería como el Roman de la Rose de Guillaume de Lorris y Jean de Meung que construyen el tabernáculo del Jardín del amor; la rosa mística de las letanías a la Virgen María, o las de oro que los papas bendecían antiguamente el cuarto domingo de cuaresma y ofrecían a las princesas meritorias.

Rosales de los filósofos

Los colores de las rosas fueron elegidos por los alquimistas para describir los estados de su obra, y sus propios tratados se titularon a menudo «rosales de los filósofos».

En general, todas las flores tratadas aquí, el loto, el lirio o la rosa se relacionan con el arte alquímico a través de los rosetones románicos y góticos. En la Edad Media, el rosetón central de las catedrales se llamaba Rota, o rueda. Y precisamente, como dice Fulcanelli en El misterio de las catedrales, la rueda es el jeroglífico alquímico por excelencia pues hace referencia al tiempo necesario para la cocción de la materia filosofal. De hecho, el combustible que el alquimista ha de mantener constante día y noche para provocar los diversos efectos que se observan en la redoma se llama «fuego de rueda». El rosetón, asegura Fulcanelli, representa por sí solo la acción de este fuego y la duración de la cocción. Y es una constante en la arquitectura religiosa de los siglos XIV y XV, por lo que se dio al estilo de esta época el nombre de «gótico flamígero».

La mayoría de los rosetones –de Nôtre-Dâme, de Chartres o de Lyon, por ejemplo– representan rosas estrelladas de seis pétalos que reproducen el Sello de Salomón, una estrella de seis puntas cuya aparición, en la materia prima, significa para los alquimistas que se ha seguido el buen camino y que el elixir ha sido preparado según los cánones. Para todos aquellos que sepan descifrar este lenguaje oculto, las flores siempre tendrán, como dijo el poeta Novalis, un mensaje: es posible recuperar el estado edénico y la armonía que caracteriza a la naturaleza primordial, tan sólo es necesario cultivar las virtudes del alma y unirlas en un ramillete de perfección espiritual.
Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario