Se encuentra usted aquí

Leonardo da Vinci, ¿autor del Manuscrito Voynich?

Sábado 01 de Octubre, 2005
¿Qué mensaje contiene este enigmático códice medieval encriptado en un código secreto que los expertos no consiguen descifrar? ¿Quién fue su autor? La historiadora Edith Sherwood cree que estamos ante una obra precoz de Leonardo da Vinci. Otros investigadores lo atribuyen al mago John Dee y algunos incluso sospechan que pudo tratarse de un fraude ideado para timar al emperador Rodolfo II. El enigma que plantea este extraño texto sigue pendiente de solución.
Corría el año de 1912 cuando un destacado librero londinense de origen lituano encontraba en la biblioteca jesuita de Villa Mondragone el manuscrito más fascinante de todos los tiempos. De pequeño tamaño, escrito a pluma sobre pergamino de ternera, sus páginas estaban plagadas de exóticas plantas y numerosas mujeres desnudas, si bien lo más destacado de su contenido era el misterioso idioma utilizado por su autor. Formado por 230 páginas manuscritas, este códice parece un manual propio de un alquimista o herborista medieval, pudiendo datarse, por la escritura, en torno a 1470-1500.

El examen grafológico permite concluir que el escribiente conocía el lenguaje que utilizaba: copió de un modo seguido y no letra a letra. La clave empleada parece sencilla, pero nadie ha conseguido interpretarla. Sin título aparente ni mensaje alguno que aclarase su oscuro origen, la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale, donde se conserva en la actualidad, lo ha catalogado bajo la escueta denominación de «manuscrito Cifrado», aunque es universalmente conocido como «el manuscrito Voynich», en honor a quien lo sacó a la luz a principios del siglo XX.

Un enigma histórico

Los orígenes de este asombroso manuscrito se remontan a la Edad Media, momento en el cual, según relatan las crónicas, habría sido elaborado en alguno de los muchos monasterios que salpicaban la Europa católica. Como ocurre con otros textos medievales, se desconoce quién fue el verdadero autor, dado que la costumbre de firmar los escritos no apareció hasta el Renacimiento. A partir de ese momento, los autores anónimos atribuyeron frecuentemente sus obras a los más destacados sabios de su época, intentando así que su trabajo no pasara inadvertido. En el caso que nos ocupa, la tradición sostiene que el autor fue el sabio inglés Roger Bacon, quien habría escrito e ilustrado el asombroso códice. Pero lo cierto es que no hay ningún dato fidedigno que avale esta afirmación.

Las primeras noticias fiables sobre el manuscrito Voynich aparecen en la segunda mitad del siglo XVI. Pero mencionan a otro sabio británico: John Dee. Este eminente astrónomo y destacado matemático, creador del término «Brittannia» e ideólogo de la enigmática Orden Rosacruz, fue uno de los personajes más influyentes de la Europa del XVI por sus extraordinarias relaciones con los monarcas más poderosos de su tiempo, como Isabel I de Inglaterra y el emperador Rodolfo II entre otros. Será precisamente éste último, cabeza del Sacro Imperio Germánico, quien aparezca como uno de los primeros propietarios conocidos del misterioso manuscrito cifrado. Apasionado por el coleccionismo de documentos exóticos, Rodolfo II figura entre los más destacados mecenas de artistas y cliente de comerciantes dedicados a vender joyas bibliográficas que ha conocido la historia. Los centenares de objetos por él comprados se acumulaban en las salas que hizo construir especialmente en su palacio de Praga, ciudad en la cual estableció el centro de su imperio y que rápidamente habría de convertirse en refugio de toda suerte de astrólogos, alquimistas y nigromantes, gracias a la pasión que Rodolfo sentía por las ciencias ocultas.

Se ha especulado con la posibilidad de que John Dee, conocedor de estos intereses imperiales, se trasladase hasta la capital checa con la intención de vender a Rodolfo el misterioso manuscrito, similar a un herbario medieval, que habría salido de los monasterios ingleses expoliados por el ejército de Enrique VIII, o bien sería obra fraudulenta de Edward Kelley, el supuesto vidente que trabajaba para John Dee y que decía hablar con los espíritus. Lo único seguro es que el manuscrito llegó a manos del emperador alemán y permaneció en las bibliotecas imperiales hasta mediados del siglo XVII, cuando el rector de la Universidad de Praga, Johannes Marcus Marci, lo envió al célebre jesuita Athanasius Kirchner que era, entre otras muchas cosas, especialista en criptografía y el hombre más adecuado para descifrar el manuscrito, aunque no lo consiguió. Durante los siguientes 250 años el misterioso códice permaneció oculto, hasta que fue rescatado por Voynich a comienzos del siglo XX. Dispuesto a desvelar el misterio, Voynich ofreció copias fotográficas a los principales criptólogos de su época, pero nadie fue capaz de descifrar el idioma del manuscrito.

La hipótesis de Sherwood

La ausencia de información sobre el manuscrito Voynich despertó la curiosidad de cientos de estudiosos, interesados en descifrar el contenido de sus 230 páginas e identificar a su autor. Una de las muchas teorías aparecidas en los últimos años es la propuesta por la historiadora Edith Sherwood, muy sugerente, aunque casi imposible de probar. El origen de su estudio se remonta a un artículo escrito por Alfred Werner y publicado en la revista Horizon en 1962, donde se hacía notar la similitud aparente que presenta la caligrafía del manuscrito Voynich y la escritura especular de Leonardo da Vinci. Como es sabido, el sabio florentino legó a la posteridad, además de sus obras pictóricas, una serie de cuadernos de trabajo manuscritos, repletos de diseños y dibujos y numerosas anotaciones marginales que tenían como característica diferencial el hecho de haber sido escritas en forma especular; esto es, necesitan leerse reflejadas en un espejo.

Tomando como punto de partida la teoría de Werner, Sherwood centró su estudio en uno de los mapas que aparecen en la llamada sección astrológica del manuscrito, llamada así por la cantidad de dibujos de soles, lunas y estrellas que ostenta. El mapa seleccionado por Sherwood se caracterizaba por contener el símbolo de Aries, junto a 15 ninfas desnudas con dibujos de estrellas, un conjunto que fue interpretado como la posible carta astral de alguien nacido al atardecer (por las estrellas) del día 15 (por las ninfas) de abril (por Aries). Según noticia del propio abuelo de Da Vinci, sabemos que un nieto suyo nació a la hora tercera del sábado 15 de abril de 1452, momento que se correspondía con las actuales diez y media de la noche. Además, Sherwood ha querido ver la fecha 1452 junto a una de las cisternas donde se ve a una mujer con un bebé y las palabras sabatto notto (¿sábado por la noche?) en la carta natal.

Pero aún había más. Según esta estudiosa, la palabra escrita bajo el signo del carnero aparenta ser «ob…..l», que si se invierte especularmente muy bien podría representar parte de la palabra «Lionardo», que es como Da Vinci escribía su propio nombre de pila. Sherwood comparó este grafismo con la firma especular de Leonardo que figura en otros manuscritos del genio florentino. Pero lo cierto es que sería necesario un estudio caligráfico para establecer la autoría real.

La teoría de Edith Sherwood es atractiva, pero también débil y, sobre todo, difícil de confirmar. Según ésta, Leonardo habría elaborado el manuscrito alrededor de 1460, cuando sólo tenía ocho años de edad. Este hecho y la ausencia casi total de pruebas hacen que la hipótesis apenas cuente con seguidores y que el texto del códice siga desafiando a los expertos con su misterio.
Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario