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Los misterio de Gaudí

Domingo 01 de Agosto, 2004
Antonio Gaudí y Cornet (1852-1926) pasó a la historia como un arquitecto singular, capaz de aunar atrevidas concepciones artísticas con un marcado esoterismo. El reciente aniversario de su nacimiento de poco ha servido para aclarar el misticismo que emana de su legado, cuyos secretos se llevó a la tumba.
Aún no estoy seguro de haberle concedido el diploma a un loco o a un genio». Con estas palabras se manifestaba Elías Rogent, director de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, al otorgarle la titulación profesional a Gaudí en verano de 1878. Empezaba así la vida «pública» del arquitecto catalán más conocido universalmente, reclamo infalible para el turismo barcelonés y polo de atracción irresistible para los estudiosos del arte procedentes de todos los rincones del globo.

Con anterioridad a esa licenciatura, las lagunas documentales jalonan los años previos a ese momento de su biografía, sin mencionar flagrantes contradicciones. De entrada, todavía hoy nadie se atreve a afirmar si realmente nació en Reus (Tarragona) o en la vecina localidad de Riudoms. Lo cierto es que en el acta matrimonial de sus padres, procedentes de un linaje de caldereros, aparecen inconfundibles signos masónicos, del tipo triángulo con su respectivo ojo vigilante o criaturas mitológicas.

Sin embargo, tales manifestaciones no deberían extrañar demasiado, ya que durante la primera mitad del s. XIX, en Reus y sus alrededores germinaron numerosas sociedades secretas. Carbonarios y francmasones se daban la mano, a la vez que otros grupos publicaban abiertamente proclamas a favor de sus ideales. Familias de renombre local, como los Fontseré o los Prim, formaban parte de esta elite social contando con varias generaciones de militantes.

El futuro arquitecto y sus padres mantuvieron estrechos lazos con estas familias. Por ejemplo, el joven Gaudí compartía pupitre con Eduardo Toda, futuro diplomático ydestacado miembro de la masonería provincial. Ambos esbozaron el proyecto de restaurar el cercano monasterio de Poblet durante el horario escolar, manteniendo una sólida amistad que se mantuvo a lo largo de numerosas décadas.

Otras fuentes dicen que en aquella etapa padeció fiebres reumáticas que le impieron participar en actividades deportivas. La enfermedad perfiló su carácter solitario e introvertido, del que algunos destacan su notoria ingenuidad. Sin embargo, su talante observador facilitó el desarrollo en profundidad de una afinidad por la naturaleza que le acompañaría ya para el resto de su existencia. Asimismo, al tiempo se acrecentó su pasión por la mitología clásica.

Una tercera versión asegura que desde temprana edad se relacionó con artesanos y escultores afines a la construcción, aprendiendo su lenguaje gremial, heredado de la masoneria operativa. Completó esta formación con su tío, quien le inculcó los rudimentos teóricos y prácticos de los citados colectivos. El entendimiento y respeto mutuos con albañiles y similares a lo largo de su carrera profesional siempre contrastó con la tirantez que presidió sus relaciones entre mecenas y patrocinadores.

Más allá de la veracidad expuesta en los anteriores apuntes, aparece súbitamente en Barcelona hacia 1869 con la seria intención de estudiar arquitectura. A los 17 años, sobrevive trabajando de delineante al servicio de Eduardo y José Fontseré, por aquel entonces «maestros de obras». También atrajo la atención de Elías Rogent, otro notorio librepensador, el cual le introdujo en los secretos de las edificaciones medievales. La bibliografía del francés EugenioViollet-Le-Duc, afín al esoterismo, selló definitivamente su atracción porel legado del arte gótico.

Doble conducta
La etapa universitaria de Gaudí está caracterizada por los contrastes. Estudiante irregular, sus propuestas atrajeron por igual a partidarios y detractores. Con el título bajo el brazo, se asoció con su colega de carrera Camilo Oliveras (anarquista, para más señas) y planificaron la sede de la Cooperativa Agraria de Mataró (Barcelona) cuyos planos dibuja a escala… 1/666. Al mismo tiempo, la buenas relaciones con su paisano Juan Grau, obispo de Astorga (León) le predisponen para edificar inmuebles sacros.

Los biógrafos del arquitecto coinciden en señalar la desordenada personalidad de Gaudí durante aquel periodo. Arrogante, obrerista y amante del jolgorio, le gustaba vestir y vivir como un caballero y pasearse en calesa, aunque su vida sentimental dejaba demasiado que desear. Patriota acérrimo, no duda en frecuentar ambientes de corte socialista y conspirador discutiendo de política. Pese a todo, a mediados de 1894, su vida inicia un extraño e inesperado giro hacia el ascetismo.

Mucho se ha especulado al respecto. «Fue un converso, y le dió un sentido cristiano a cada piedra que apilaba» aseguraba en la revista Cataluña Cristiana el escritor Oriol Camas. De nuevo hay que repasar las notas biográficas para recordar sus relaciones con los ambientes eclesiásticos, empezando por el obispo Torras y Bages, o el mismísimo poeta y fraile Jacinto Verdaguer (además, exorcista en sus ratos libres). Por otro lado, el estudioso de origen chino Hou Tech-Chien ofrece una insólita explicación en su tesis doctoral sobre la espiritualidad del arquitecto: Gaudí experimentó la iluminación tan común del budismo Zen. «Fue un filósofo que expresó sus ideas a través de la arquitectura como metáfora», escribió. «Tuvo su veta filosófica, pero nunca estudió filosofía, sino que se guió por la intuición. Sucede lo mismo en el Taoísmo». Para plasmar tan alta meta resultó providencial el mecenazgo del aristócrata Eusebio Güell Bacigalupi, nacionalista militante y animador de varios grupos librepensadores.

Oficialmente se sabe que ambos se conocieron en 1878, pero se ignoran las circunstancias que propiciaron el encuentro. La antropóloga Carmen Güell, en una obra acerca de su abuelo, destaca que les unió la mera casualidad, sin entrar en detalles más clarificadores. De su asociación surgieron construcciones francamente insólitas, sobresaliendo el enigmático Parque Güell, o el palacio que este noble ordenó levantar en las Ramblas barcelonesas, sobre terrenos considerados «malditos».

Para los amantes de la geometría esotérica, indicarles que dicho parque y la finca Güell junto al monumento de Buenaventura Aribau, conforman un triángulo equilátero. La efigie, repleta de simbología masónica, forma parte de un entorno ideado por los ya citados hermanos Fontseré donde Gaudí participó a su servicio con diseños secundarios, aunque innovadores, empezando por una cisterna subterránea.

A su vez, el palacio Güell está unido al templo de la Sagrada Familia por una línea recta que atraviesa el Hospital de San Pablo. Y la Sagrada Familia, además, enlaza con una segunda línea recta que discurre por el Parque Güell, pasando por el templo del Tibidabo, para acabar en el arzobispado de Astorga, todas ellas obras diseñadas por Gaudí. Todavía hoy se discute a qué obedecieron las referidas alineaciones.

Interrogantes sin respuesta
Sea como fuere, existen puntos de discusión bastante inquietantes, para empezar, su verdadera relación con la masonería. Una guía aparecida en 1895, que recogía las actividades de las logias en la capital catalana, inluye una relación de los 8.000 miembros activos y 8.000 «durmientes» que las integraban. Junto a los nombres de diversos personajes ilustres, el del arquitecto brilla justamente por su ausencia.

Cualquier referencia que hubiese permitido solucionar la cuestión se perdió en el incendio «casual» de sus archivos, depositados en el templo expiatorio de la Sagrada Familia en junio de 1936. Escasos días antes, un segundo incendio «fortuito» acababa con sus pertenencias almacenadas en el Parque Güell. Un desenlace semejante puede afirmarse respecto a sus obras, pues pocas llegaron a completarse en vida del arquitecto.

Un ejemplo típico lo aporta el ya referido Parque, su mayor muestra ocultista recargada con la habitual parafernalia simbólica. Esta propuesta de urbanización residencial iniciado en 1902, fracasó a causa de su lejanía respecto al centro urbano. La tesis de Joan Bassegoda Nonell, director de la cátedra Gaudí, sostiene que la representación del monstruo Pitón, con aspecto de salamandra, junto a otros elementos simbólicos, esconde un atanor u horno alquimista.

Además de los 33 peldaños masónicos para alcanzar el primer promontorio, y las 21 columnas que lo sostienen (coincidentes con los 21 Arcanos Mayores del Tarot), las onduladas líneas de los bancos laterales sugieren la estructura del ADN cuando se superponen. O al menos, así lo interpretó el arquitecto Ricardo Bofill en una conferencia pronunciada en la Ciudad Condal a finales de 1968. Similar destino sufrió la Cripta Güell, mausoleo cuya consrucción quedó interrumpida en 1917 tras el óbito del mecenas.

Cuando no fue su irascible carácter el que dio al traste con importantes proyectos, como el Palacio Episcopal de Astorga, la muerte se encargó de interrumpirlos. Un tranvía le arrolló en el verano de 1926, falleciendo en la sala para indigentes del Hospital de San Pablo. Su aspecto descuidado impidió identificarle hasta que fue demasiado tarde.
«La originalidad es el retorno a los orígenes» solía declarar crípticamente. Tal vez ese fuera su mensaje para la posteridad.
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