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Habla el último abducido

Lunes 31 de Julio, 2017
Un equipo del programa Cuarto milenio investigó el caso de un joven que protagonizó una experiencia de abducción junto a uno de sus familiares. En el presente reportaje, Pablo Villarrubia, periodista que dirigió el estudio del caso, muestra todos los detalles del sorprendente incidente y da a conocer la desconcertante información que recordó el protagonista durante el proceso de regresión hipnótica.
Texto y Fotos Pablo Villarrubia Mauso

En el verano de 1989, un joven de once años, Juan Ramón Guede, regresaba en compañía de su tío a la localidad gallega de Tuy después de disfrutar de un día en el campo. Eran las seis de la tarde y se encontraban a escasos kilómetros de la ciudad, cuando el conductor detuvo el Seat 127 en el que circulaban para contemplar mejor una inquietante visión: una bola de luz de varios metros de diámetro que había surgido del fondo de un valle.

Atraído por la curiosidad, Juan Ramón abrió la puerta del vehículo para descender del mismo, mientras su tío, con la expresión cambiada, intentaba detenerlo sin éxito. El chaval, que estaba encandilado por aquél objeto volador, experimentó una sensación difícil de describir con palabras. «En ese momento, noté como si ‘alguien’ diera al stop de una película y me encontré subiendo por una especie de haz de luz –me decía Juan Ramón, que cuenta con 36 años en la actualidad–. Sólo podía mover un poco la cabeza y los ojos».

Todo se había detenido a su alrededor y, en completo silencio, ascendía por aquel tubo lumínico que se había proyectado sobre él en cuanto salió del vehículo.

«Miré hacia abajo y vi el coche –continuó con su explicación–. Sin embargo, para mi sorpresa, yo estaba parado de pie al lado del Seat 127 rojo y mirando para arriba, ¡hacía mí mismo! Al otro lado del automóvil se encontraba mi tío, que también me estaba observando. Yo ascendía lentamente y, como te digo, tenía la sensación de que la realidad se había detenido y no escuchaba ningún ruido. Era impresionante».

Todavía impactado por contemplarse a sí mismo fuera del vehículo, de súbito apareció dentro de un ambiente luminoso, pero no cegador. Se encontraba tumbado en una especie de camilla metálica, en el interior de una sala circular. La luz emanaba directamente de las paredes. A su alrededor distinguió una serie de arcos y círculos. Dentro de cada uno había una puerta, pero ninguna estaba abierta. «A mi izquierda, vi a tres seres pequeños –rememora ante mi grabadora–. Debían medir 1,30 metros o incluso menos y, a mi derecha, otros tres iguales de color gris. Estaban cubiertos por una especie de malla pegada al cuerpo, también gris. La cabeza era un poco más grande que la nuestra, abombada y completamente pelada».

«¡TRANQUILO! NO PASA NADA»
Otro detalle que sorprendió al niño eran los ojos de las criaturas: estaban dispuestos en forma de «V», es decir, en un ángulo muy abierto. Eran oscuros y aparentemente carecían de iris. Poco después, nuestro protagonista se percató de que delante de él, a los pies de la superficie sobre la que se encontraba tumbado, había otro individuo muy distinto a los demás. Así lo describía: «Semejaba un hombre alto, quizá de dos metros, fuerte y musculoso. Parecía humano y tenía una media melena rubia y rizada. Vestía un traje ajustado con dos bandas. Una le cruzaba todo el pecho y otra la cintura. Además, tenía una especie de logotipo sobre el pecho, un triángulo invertido. Pero lo que más me llamó la atención fue su mirada: me transmitía una enorme sensación de paz interior.

También oía una voz dentro de mi cabeza que me decía: ‘¡Tranquilo! No pasa nada’».

Pasado algún tiempo, no demasiado, observó un instrumento que salió de la camilla. Parecía una especie de «metal líquido» que iba tomando forma a medida que se desplegaba, convirtiéndose en un instrumento con varios brazos o tentáculos que giraban alrededor de un eje principal. De sus extremos se extendieron varias agujas que se acercaron al rostro del chico. En ese momento, nuestro protagonista perdió el conocimiento. Lo siguiente que recuerda es aparecer nuevamente junto a la puerta del coche. Estaba viviendo la misma escena que al principio del incidente OVNI: la esfera luminosa flotaba en el aire casi sobre la vertical del Seat. Juan Ramón y su tío se miraron entre sí, y el primero soltó: «¿Qué pasó?», a lo que su familiar respondió con un rotundo «no vamos a hablar de esto porque no nos van a creer».

Inmediatamente, ambos entraron en el vehículo y reanudaron la marcha. Fue entonces cuando se percataron de que habían perdido unas cuantas horas de su tiempo.

Salieron de regreso a Tuy a las seis y pico de la tarde y en ese momento eran más de las diez de la noche. ¿Cómo es posible que tardaran casi cuatro horas en realizar un trayecto tan corto? ¿Qué había pasado durante ese lapso? Juan Ramón sólo se acordaba de haber permanecido unos minutos en el interior de una sala iluminada, acompañado por siete seres y tumbado en una especie de camilla. Su tío jamás quiso volver a referirse a tan peliagudo asunto, pero a Juan Ramón constantemente le asaltaban las imágenes del incidente. No paraba de preguntarse si esos seres los habían secuestrado y, en ese caso, qué había ocurrido en el interior del OVNI.

INEXPLICABLE PÁNICO
En el transcurso de un reportaje para el programa Cuarto Milenio (Cuatro TV), dirigido y presentado por Iker Jiménez, localizamos a Juan Ramón Guede gracias a un buen amigo y pionero de la investigación ufológica y paranormal en Galicia: Fernando Magdalena, quien tenía contacto Juan Ramón y aseguraba que «el chico no mentía». Experimentado estudioso del fenómeno OVNI, Magdalena estaba convencido de que sería interesante practicar una regresión hipnótica o una relajación profunda al protagonista del caso, para que algunos contenidos reprimidos pudieran asomar a su conciencia.

Con esa intención acudimos al doctor Miguel Ángel Pertierra, autor de La última puerta: experiencias cercanas a la muerte (Oberón, 2014), sobresaliente obra en la que el prestigioso médico cirujano da a conocer un buen puñado de experiencias cercanas a la muerte protagonizadas por pacientes a los que trató a lo largo de su dilatada carrera.

Pertierra, colaborador habitual de AÑO/CERO y Cuarto Milenio y experto en hipnosis, conversó en un primer momento con Juan Ramón por teléfono. Éste se mostraba reticente a someterse a la regresión, pero tras la charla con el médico cambió de opinión y se puso en sus manos, confiando en su larga experiencia como hipnoterapeuta. La regresión no tenía como único objetivo «recuperar» de la mente de Juan Ramón esos recuerdos ocultos de su experiencia OVNI, sino también encontrar el origen de una dolencia que venía sufriendo desde el año 2000 ó 2001: agorafobia, es decir, miedo a los espacios abiertos. Con el tiempo, esta enfermedad supuso un serio revés a su vida: tuvo que abandonar su empleo como técnico de sonido en una radio local de Tuy y, por supuesto, dejó de realizar toda clase de actividades cotidianas.

Sólo podía moverse en un radio de pocos kilómetros alrededor de su domicilio, la «zona de confort» en la que se sentía seguro. Si iba más allá de ese entorno, comenzaba a manifestar síntomas de pánico. ¿Acaso la agorafobia se había desarrollado a causa de la experiencia de abducción que viivó junto a su tío en 1989?

PREPARANDO LA REGRESIÓN
El Dr. Miguel Ángel Pertierra tenía dos objetivos: desbloquear esos «recuerdos perdidos» en la mente de Juan Ramón y devolverle la confianza en sí mismo para que pudiera liberarse de los grilletes de la agorafobia. Casualmente, al llegar a Tuy, nos encontramos a Juan Ramón en la calle, en una de las rápidas «fugas» de su hogar para hacer pequeñas compras. Para llevar a cabo la regresión, concertamos una cita con él en un hostal muy cercano a su casa. Juan Ramón no podía alejarse demasiado de su «zona de confort» sin sufrir los síntomas de la agorafobia.

Antes de someterse a la hipnosis, el joven mantuvo una reunión a puerta cerrada con el Dr. Pertierra y Fernando Magdalena. Cuando este encuentro llegó a su fin, Juan  Ramón se mostró muy relajado, puesto que se había creado una corriente de empatía entre él y los dos investigadores. Se trata de un paso muy importante para proceder a la regresión o relajación hipnótica. El escenario estaba preparado: escasa luz, una música especialmente seleccionada por el Dr. Pertierra para propiciar tranquilidad y una cama en la que se tumbó nuestro protagonista.

«¡ESTOY VOLANDO! ¡TIRAN DE MÍ!»
El médico conectó un contador de pulsaciones o tensiómetro en uno de los dedos del testigo para controlar su ritmo cardíaco durante la regresión. A un lado de la cama se sentaron el Dr. Pertierra y Fernado Magdalena, psicólogo de formación, quien se postuló como ayudante para tranquilizar a Juan Ramón en su recorrido por el inconsciente. Existía el riesgo de que los recuerdos más impactantes pudieran inquietar e incluso provocar pánico al joven, pero los dos especialistas ya estaban preparados para esta eventualidad, puesto que tenían en la «recámara» toda una batería de recursos psicológicos y métodos de relajación. 

Lee el artículo completo en el número 299 de la revista AÑO CERO

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Comentarios

A la Argentina la revista no llega?

Es un caso fraude y no investigador otros

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