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Andrija Pujarich, el científico de lo sobrenatural

Miércoles 28 de Marzo, 2018
Manuel Carballal ha reconstruido la biografía de uno de los parapsicólogos más importantes y desconocidos, Andrija Pujarich, del que conocemos fascinantes aportaciones gracias a su hijo.

El Dr. Henry Karl Puharich, más conocido como Andrija Puharich, no creía en la casualidad. Estaba seguro de que fuerzas invisibles influyen en cada uno de nuestros actos. Lo que me convertiría a mí, y al cúmulo de circunstancias que me llevan a escribir este artículo, en un instrumento de dichas fuerzas. Un instrumento para que el público hispanoparlante descubra a uno de los genios más valientes de la historia de la parapsicología.

En enero de 2017, cuando quien esto escribe llevaba ya cuatro años entregado a una intensa investigación sobre la figura de Carlos Castaneda, la CIA desclasificó millones de documentos secretos. En uno de ellos aparecía el nombre de mi objeto de investigación, Castaneda, al lado del de Uri Geller, el famoso psíquico israelí. Acudí a Geller, un viejo conocido, para entrevistarle en relación a sus contactos con Castaneda, y me dijo que fue Andrija Puharich quien los presentó en 1974. Así pues localicé a la familia de Puharich para intentar contrastar la información de Geller, y de esta forma descubrí la vida y obra de uno de los hombres más importantes –y más desconocidos– en la historia de la parapsicología mundial. Un científico, un explorador de lo desconocido y, sobre todo, un valiente.

Andrija Puharich tuvo una vida familiar tan tormentosa y fructífera como su vida profesional. Se casó en varias ocasiones. Primero, en 1953, con Virginia «Jinny» Jackson, secretaria del Departamento de Guerra e hija de un prominente medico de Wisconsin. Con ella tuvo tres hijas: Svetlana, Danica e Illyria. Se divorciaron en 1958.

A finales de ese año se casó con Huberta «Bep» Hermans (autora de su imprescindible biografía Memorias de un inconformista). Con ella tuvo otra hija, Yvonne. y su único hijo, Andy. Jinny se suicidó un mes después de ese matrimonio, arrojándose desde el séptimo piso del hospital metodista que dirigía su padre. Andrija se divorció de Huberta en 1965, y en 1979 se casó con Rebecca Alban Hofberger, con la que tuvo otra hija, Athenea. Se divorciaron cinco años después. Andy ha heredado los archivos de su progenitor y trata de mantener viva la memoria de su padre.

Amablemente, se ha prestado a responder a mis preguntas, además de facilitarme valiosas fotografías familiares. De su mano, vamos a conocer detalles inéditos de la biografía de Andrija Puharich, un personaje único en el amplio sentido de la palabra.

Manuel Carballal: Tu abuelo llegó a EE UU como polizón en un barco que había zarpado de Croacia y, como suele decirse, partió de cero. La vida de tu padre no debió ser fácil…

Andy Puharich: Sí, fue una juventud bastante dura. Además, le tocó vivir la Gran Depresión, de ahí que le mandaran a una granja, porque en el campo había comida, no como en las ciudades. Eso le ayudó a endurecerse. Era tenaz, valiente y muy trabajador, lo que le facilitó ingresar en la universidad. Una vez allí, mientras estudiaba medicina, comenzó a investigar los temas paranormales. No creo que esto último lo hiciese como una muestra más de su valentía, aunque tal vez sí, sino porque era un hombre muy resuelto, dispuesto a llegar al fondo de las cosas.

M. C.: Yo, en cambio, creo que su actitud fue muy valiente. Con lo que debió costarle conseguir su título de médico, hace falta mucho valor para arriesgar el prestigio manifestándose abiertamente en favor de lo paranormal… ¿Se arrepintió en algún momento de su decisión?

A. P.: Cuando escribió el libro sobre Uri Geller, creo que sí necesito mucho valor para publicarlo. Porque cuando eres un científico y empiezas a decir que tienes contacto con los extraterrestres, que estás viendo cómo alguien está rompiendo las leyes de la física… Sí, hace falta valor. No estoy seguro de si se arrepintió alguna vez de eso, pero, sin duda, dañó su reputación y la forma en que le miraban sus colegas científicos. Por supuesto, aquello le cambió. Sin embargo, siguió siendo un hombre valiente.

M. C.: ¿Qué puedes decirme de Andrija como padre?

A. P.: Honestamente, nunca fue un padre para mí. Sobre todo porque un par de años después de nacer yo, mi madre se divorció de él y decidió llevarnos a Holanda. Por supuesto, sin él. Así que supongo que jamás tuvo la oportunidad de ejercer de padre. Fue mucho más adelante, al empezar a hacerme visitas, cuando actuó un poco más como un padre, pero estaba muy dedicado a su trabajo. No obstante, yo le respetaba como persona y, pasados los años, cuando ya era mayor, incluso le eché una mano… Pero si hablas con mis hermanas, te dirán que no, que no fue un buen padre. La gente como él siempre antepone el trabajo a todo lo demás.

M. C.: En enero de 2017, la CIA desclasificó varios millones de documentos históricos. Tu padre aparece en muchos de ellos. ¿Cuándo y cómo empezó a colaborar con la CIA? ¿Fue por su experiencia militar en la Segunda Guerra Mundial?

A. P.: Él no llegó a participar en la II Guerra Mundial, pero sí en la de Corea. Por aquel entonces, la CIA temía que los rusos estuviesen más avanzados en las materias que investigaba mi padre. De manera que cuando le llamaron a filas, la CIA le reclutó. Aunque no estoy muy seguro de si era la CIA.

Quizá fuese el Gobierno. En todo caso, sí es cierto que la CIA tenía un programa de «guerra psíquica», y todo el mundo sabe que la Agencia envió a mi padre a Israel a investigar a Uri Geller. Sin embargo, cuando le trajeron de vuelta, no querían que él estuviera implicado en el proyecto, ya que no era la clase de persona que podía guardar bien esos secretos.

M. C.: En 1956, Andrija invitó al pintor y clarividente holandés Peter Hurkos a viajar a EE UU, para colaborar en sus experimentos, iniciándose una gran amistad entre ellos…

A. P.: En efecto, le invitó a participar en los experimenos de la Round Table Foundation (Fundación de la Mesa Redonda). Sí, tenían muy buena relación, aunque ignoro su grado de amistad. Pero trabajaron juntos un tiempo. Recuerdo que conocí a Peter. Fue muy interesante, porque él era de Holanda, el país donde yo había pasado casi toda mi vida, y podíamos hablar en holandés. Pero eso fue años después, cuando Peter se mudó a Los Angeles. Creo que la relación con mi padre siempre fue buena, porque siendo ya ancianos, se reunieron y dieron un par de conferencias juntos. Hurkos fue uno de los psíquicos más asombrosos de todos los que estudió mi padre. Hay rumores acerca de que llegó a ser consejero de varios presidentes de EE UU, y se decía que Reagan le llamaba bastante a menudo para preguntarle todo tipo de cosas relacionadas con su Administración.

M. C.: Tu padre se hizo muy famoso en EE UU, e imagino que muchos charlatanes se acercaron a él buscando su apoyo…

A. P.: Sí, fue como consecuencia de la publicación del libro sobre Uri Geller, que tuvo un enorme éxito y bastante publicidad. De repente, todo el mundo comenzó a prestar demasiada atención a mi padre. Recibía constantes visitas de personas que pretendían ser los nuevos Uri Geller. Había muchísima gente que decía tener los mismos poderes que el psíquico israelí. Pero claro, necesitaban que mi padre certificase científicamente que, en efecto, tenían aquellos poderes de los que presumían. El problema es que comenzó a entrar mucha gente en su vida, y mi padre tenía la responsabilidad de juzgar si eran o no psíquicos fidedignos. Pero me temo que no fue demasiado honesto a la hora de juzgarles. Hubo demasiada gente tratando de influirle, confundirle. Y muchas mujeres, mujeres atractivas que se acostaban con él por motivos espurios. Luego, mi padre no podía decir la verdad, contar que carecían de los poderes que se atribuían a sí mismos… Una lástima, porque creo que el trabajo de mi padre había sido muy sólido, muy científico, hasta la publicación del libro sobre Geller. Después, se dejó arrastrar por el movimiento New Age, y permitió que le manipulasen muchos de aquellos aspirantes a nuevos Uri Geller. Fue bastante triste, lamentable, pero eso fue lo que ocurrió.

M. C.: Creo que tu abuelo es originario de un pueblo cercano al de Nikola Tesla. Y tu padre siempre tuvo mucho interés en el trabajo de Tesla…

A. P.: Sí, eran paisanos. Mi padre admiraba mucho a Tesla, aunque nunca llegaron a conocerse. Pero sí investigó sus proyectos. Como el de un trasmisor amplificador, o algo así, que no se llegó a publicar.

Y también sobre un aparato para emitir señales que estaban probando americanos y rusos, usando frecuencias muy bajas. Sí, fue un gran admirador de Tesla. Incluso escribió un guion cinematográfico sobre Tesla, aunque nunca vio la luz (risas). A mí también me parece un hombre muy interesante, Tesla…

M. C.: ¿Qué puedes decirnos sobre su trabajo como científico y sus patentes?

A. P.: Sé que registró muchas patentes, pero ignoro cuántos inventos llegaron a materializarse. Sí recuerdo que fabricó un audífono para sordos y desarrolló muchos dispositivos tecnológicos. Sin embargo, la mayoría de sus inventos no pasaron la fase de proyectos… o se han perdido.

M. C.: En 1959 publicó El hongo sagrado, abriendo una nueva vía de investigación sobre las drogas chamánicas…

A. P.: Timothy Leary apareció un día en el laboratorio de mi padre, en Maine, y no tenía aún nada que ver con el LSD. De hecho, fue mi padre quien inspiró a Leary para experimentar con el LSD, como él mismo llevaba tiempo haciendo.

M. C.: Cuando estaba en lo mejor de su carrera científica, lo dejó todo para centrarse en la investigación paranormal…

A. P.: Cuando mi padre vendió la empresa donde fabricaba los aparatos para sordos, ganó un par de millones, que era una fortuna en aquella época, y decidió usar ese dinero para dedicarse a lo paranormal.

Fue entonces cuando conoció al cirujano psíquico Zé Arigó, y comenzó a hacer viajes a Brasil. Llevaba muchos equipos con él, médicos, cirujanos, etc. Se documentó bastante sobre el asunto. Mi padre estaba convencido de que los poderes de Arigó eran auténticos y se entristeció mucho cuando el psíquico brasileño murió en accidente de automóvil. Existe una anécdota interesante acerca de eso, y es que Arigó le había contado a mi padre que iba a morir así, y que sabía que no podría evitarlo.

M. C.: ¿Y Pachita, cómo fue su relación con la bruja mexicana?

A. P.: Sí, mi padre trabajó con Pachita durante bastante tiempo. Tras investigarla, llegó a la conclusión de que era auténtica, pero no dispongo de mucha documentación a este respecto, aunque la sigo buscando.

M. C.: En 1971 apareció Uri Geller en la vida de tu padre…

A. P.: Sí, y comenzó una relación increíble, mi padre le llamaba «my boy» (mi chico). Uri vivió con mi padre durante dos años y luego se trasladó a Nueva York, donde empezó a ganar mucho dinero. Después, se separaron. No hablaban demasiado, porque Uri buscaba dinero y fama, actuar en los escenarios, ser una estrella pop, que es lo que finalmente consiguió. Pese a todo, mi padre siempre creyó que el papel de Uri era más elevado, y que su existencia aquí, en el mundo, tenía algún significado trascendente.

También estaba convencido de que tenían que seguir con sus investigaciones, y descubrir lo que debían hacer con las informaciones de los extraterrestres. Obviamente, las aspiraciones de Geller no tenían nada que ver con las de Andrija. La separación representó un duro golpe para mi padre.

M. C.: ¿No volvieron a verse?

A. P.: No, dejaron de tener contacto. Sin embargo, al final de su vida, mi padre empezó a tener problemas económicos, y pensó que Uri le echaría una mano. Se llevó una gran desilusión, porque Uri le negó su ayuda. De manera que eso también tuvo un final triste.

No obstante, cuando en 2017 estuvimos en Israel, Uri mencionó que se sentía mal por lo que había pasado. Que Andrija esperaba algo más de él. Que esperaba que le hubiese echado una mano y él no estuvo a la altura. Y me miró con los ojos llenos de lágrimas... En cualquier caso, al menos tuvieron una fructífera relación mientras estuvieron trabajando juntos.

M. C.: Hoy, con el paso de los años, ¿crees que tu padre, además de engañado por aquellos presuntos psíquicos, fue manipulado por la CIA, como afirman algunos autores?

A. P.: Sí, mucha gente intentó manipular a mi padre. Como ya te he comentado, aquellas personas querían ser famosas a toda costa, que mi padre les reconociera sus cualidades como psíquicos.

En cuanto al asunto de la CIA, mi padre, al final de su vida, estaba bastante paranoico y decía que todo lo que le salía mal en la vida era por culpa de la Agencia. Incluso se quejaba de que le estaban siguiendo y que escuchaban sus conversaciones telefónicas. Como digo, estaba paranoico, enfermo, con demencia.

De modo que sus últimos años no fueron nada buenos. Personalmente, no creo que la CIA hiciera las cosas que denunciaba mi padre, aunque ellos pensaban que mi padre era un riesgo. Por eso, pese a que seguían sus trabajos, no querían trabajar con él… Ahora recuerdo que un día reunió a un grupo de personas e intentó conectar todas sus mentes para lanzar un haz de luz hacia el universo…

No sé exactamente cómo fue, porque yo no estuve aquel verano, pero la CIA, lógicamente, habría estado muy interesada en esa clase de cosas. Y a propósito de todo esto, recuerdo que cuando ardió su casa, siempre mantuvo que había sido la CIA. El lo relacionó con que la Agencia no quería que publicara un libro sobre sus investigaciones con ELF (Frecuencias Extremadamente bajas). Según me dijo, le habían avisado varia veces: ‘No publiques ese libro’. Pero él decía: ¡que se jodan! Y lo publicó. Justo después, se quemó su casa.

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