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Apariciones fantasmales colectivas

Lunes 23 de Abril, 2018
Lo habitual es que los espíritus se presenten ante un solo individuo, pero existen casos en los que varias personas observan a la vez un mismo espectro. ¿Cómo se explican estos sorprendentes casos? ¿Estamos ante alguna clase de alucinaciones?

En 1902, dos inglesas –Miss Jourdain y Miss Moberley– que estaban de vacaciones en Francia, tuvieron una notable experiencia auditiva y visual en el Pequeño Trianón del Palacio de Versalles: revivieron la vida en el palacio en tiempos de Luis XV y la reina María Antonieta. Aunque ninguna disponía de mucha información sobre el lugar y los sucesos que habían acontecido allí, el paisaje que se desplegó ante ellas había sido «transportado» en el tiempo, así como las personas que vieron y con las que hablaron.

¿Qué les sucedió? ¿Tuvieron un salto retrocognitivo en el tiempo? ¿Cómo es posible que ambas tuvieran la misma experiencia simultáneamente? Lo cierto es que hay numerosos informes de personas que han protagonizado incidentes de este tipo; algunos solo de carácter auditivo, pero tan intensos o más que los visuales. La mayoría de estas experiencias colectivas tienen que ver con apariciones fantasmales que han llegado a contemplar varios individuos. Según explican los psicólogos Celia Green y Charles McCreery en Apparitions (1995):

«Hay informes de grupos que van de dos a menos de diez personas viendo la misma aparición a la vez, pero no hay casos bien autentificados de grupos mayores que hayan experimentado eso. Por ejemplo, no existen testimonios de apariciones colectivas en audiencias de teatros o en otros sitios públicos».

Sin embargo, incluso en los casos autentificados, las descripciones de lo percibido unas veces coinciden y otras no. La explicación es que la percepción individual de una determinada experiencia no siempre es totalmente  coincidente. Por eso es interesante acercarse a casos concretos de experiencias colectivas en los que existen informes independientes de cada uno de los testigos. Así y todo, ¡lo difícil es explicar cómo es posible que todos los perceptores contemplen a la vez algo que supuestamente no debería existir, pero que describen del mismo modo!

EL FONDO DEL ASUNTO

La teoría «precientífica» de las apariciones, por llamarla de algún modo, defendía que un fantasma es una entidad física, es decir, que está físicamente presente en el lugar donde es percibida, al margen de que dicha percepción sea auditiva, tangible, olfativa o visual. Sin embargo, ciertas características de las apariciones invalidan esta teoría. Por ejemplo, que el espectro no deje huellas a su paso o que se materialice y desaparezca de modo inexplicable.

También el hecho de que en el caso concreto que nos ocupa –las apariciones colectivas–, existan incidentes en los que algunos de los presentes observan al fantasma y otros no. ¿Por qué no lo ven todos?

Al analizar esta teoría, el filósofo experto en percepción Henry Habberley Price señalaba que «en vista de las grandes dificultades que salen al paso de esta teoría física de las apariciones, no puede sorprendernos el hecho de que personas educadas científicamente se nieguen a ‘creer en los espíritus’. Si la teoría física de las apariciones resulta poco promisoria, es natural ensayar, en su reemplazo, una teoría psicológica. Aquí partimos del concepto de alucinación».

El brillante análisis de Price deja atrás a los espíritus y nos adentra en el terreno incierto de las alucinaciones, aunque la teoría psicológica que propone no está exenta de nuevas dificultades, por mucho que se reconozca que los fantasmas sean alucinaciones de una clase especial… ¿Alucinaciones telepáticas tal vez?

En 1888, William Frederic Myers y Edmund Gurney, pioneros en el estudio científico de las apariciones espectrales (incluidas las colectivas), intentaron llegar al fondo de estas experiencias, aunque no lo consiguieron del todo… Myers adelantó la teoría de que los fantasmas, tanto de vivos como de muertos, son fenómenos telepáticos que acontecen en el nivel subconsciente para permitir que las experiencias visuales de los testigos se armonicen entre sí. Myers pensaba que el agente estaba presente de un modo «metaetéreo» –aunque no físico– en el espacio en que se percibía la aparición, es decir, que invadía el lugar «psíquicamente» de alguna forma y que, por tanto, esa presencia «metaetérea» era percibida de una manera no física por los espectadores.

SON ENTIDADES FÍSICAS

Por su parte, Gurney pensaba que el mensaje telepático era recibido y externalizado por el único perceptor al que se lo enviaba el agente, y que luego dicho perceptor continuaba transmitiéndolo telepáticamente a sus acompañantes. Dicho de otro modo, la explicación que Gurney ofrecía del fenómeno era que la percepción telepática puede propagarse de una persona presente a las demás que se encuentran con ella. Sin embargo, la explicación telepática no siempre encaja con los hechos y deja muchas cosas sin aclarar, según planteaba Price:

«El hecho mismo de que existan casos colectivos crea una grave dificultad a cualquier teoría telepática de las apariciones. ¿Acaso la alucinación telepática tiene que ser un fenómeno puramente privado, que solamente la persona a quien va dirigida la comunicación telepática ha de experimentar? Lo cierto es que a veces la experimentan también algunos circunstantes que le son indiferentes. El concepto de alucinación pública es una idea muy extraña, casi tan extraña como el concepto de sueño público. ¿No tendremos que suponer que, en estos casos colectivos, la aparición es en cierto modo una entidad cuasi física, que está físicamente presente en el espacio, en las inmediaciones de los perceptores?».

Las preguntas avanzadas por Price son muy pertinentes, porque lo realmente inexplicable no está en que cada uno de los perceptores vea al mismo tiempo una aparición similar, sino en el hecho de que todos la observen desde su propio punto de vista según su situación en el espacio, exactamente igual que si contemplaran una figura material.

G. N. Tyrrell, autor de Apparitions (1953), cuestionó la teoría telepática debido a la elevada cifra de casos percibidos colectivamente: «El número de casos colectivos (visuales y auditivos) en que las pruebas son absolutas es lo bastante amplio como para que no quede ninguna duda razonable sobre este punto».

El propio Tyrrell recopiló alrededor de 130 casos colectivos y era consciente de que había muchos más. Aunque no sea el fenómeno fantasmal más común, en el Censo de Alucinaciones efectuado en 1842 por Henry y Eleanor Mildred Sidgwick, A. T. Myers y Frank Podmore, con el fin de obtener pruebas de la telepatía, encontramos que, de un total de 1.087 alucinaciones visuales, 95 fueron percibidas colectivamente (aproximadamente un 9%). Pero de esos 1.087 casos, solo hubo 283 en los cuales estuvo presente otra persona además del perceptor.

Y de estos 283 incidentes, 95 fueron percibidos por ambos y 188 no. Con arreglo a estos datos, podemos concluir que las apariciones ante dos personas son percibidas por ambos en un tercio de los casos aproximadamente. En cuanto a las alucinaciones auditivas, los investigadores comprobaron que, de un total de 493 casos, 34 fueron colectivos (aproximadamente el 7 %), pero solo hubo 94 en los que estuviera presente otra persona o personas además del perceptor. De nuevo encontramos que, cuando el perceptor no está solo, alrededor de una tercera parte de los casos son colectivos.

MINIDRAMA FANTASMAL

A partir del estudio detallado de estos incidentes y los 130 obtenidos por él, Tyrrell intentó resolver el problema aplicando el principio de la propiedad dramática, es decir, que los circunstantes son arrastrados al drama de la aparición porque es dramáticamente necesario que participen en él. Esta aportación de la «pauta ideativa» y del «drama» permitió a Tyrrell ampliar las citadas teorías de Myers y Gurney. Por tanto, la explicación del fenómeno de percepción colectiva no radicaría solo en la presencia «metaetérea» de una figura en el espacio (Myers), ni podría considerarse únicamente consecuencia del impulso telepático de un perceptor a otro.

Las dificultades para explicar el fenómeno no terminan aquí, puesto que habría que analizar también, por ejemplo, si en todos los casos los testigos son igualmente precisos en sus descripciones de la aparición; si los relatos no son ficticios; por qué hay coincidencias en algunos puntos y, sin embargo, son muy imprecisos en otros. Y, por supuesto, porque no todos los presentes ven la aparición. Sin embargo, podemos afirmar que algo hemos avanzado.

El trabajo de campo de sus antecesores y el suyo propio, ayudó a Tyrrell a aceptar la realidad de la percepción colectiva de las apariciones y a sugerir que los espectros son fenómenos telepáticos originados por algún agente:

«En algunos casos, los datos señalan la presencia de una persona viva en el lugar, la cual actúa como agente. En otros, es difícil encontrar un candidato plausible a quien atribuir la agencia que no sea una persona muerta. Aunque no debe ser descartada la posibilidad de una agencia mixta». Siguiendo los pasos de los anteriores investigadores, en fechas más recientes encontramos a Hilary Evans con su Seeing Ghosts, Experiencies of the Paranormal (2002).

Tomando como base los testimonios existentes, Evans se hace las mismas preguntas que otros expertos y llega a la conclusión de que, suponiendo que el fantasma se debiera a una posible alucinación, «estamos ante un proceso que tiene lugar como el modus operandi de varios estados psicológicos relacionados con las circunstancias del perceptor. Las variables psicológicas de diferente tipo son las piezas fundamentales de la experiencia fantasmal: la alucinación no es más que el proceso que les permite encontrar una expresión visual, ya sea un diablo, un alienígena o un fantasma cualquiera». El análisis de Evans nos lleva de nuevo a pensar en la alucinación como clave de la escena. La alucinación aportaría los medios por los que el minidrama de la experiencia fantasmal puede representarse.

«Los actores y el guión los suministra el subconsciente del autor, ya sea por propia iniciativa o en colaboración con poderes no vistos», explica Evans, que aclara algo más: que la audiencia del drama es el yo consciente del perceptor, felizmente inconsciente de que todo eso ha sido para beneficiarle a él. Sin embargo, no terminan aquí los problemas, porque Evans plantea también que «pueda existir la posibilidad de que haya una figura con suficiente sustancia como para ser vista por todos los perceptores». Acaso esa «sustancia» la proporcionen los propios testigos de la aparición…

SONIDOS DE LA GUERRA

Para ejemplificar un conocido caso de alucinación auditiva, revisaremos el protagonizado en agosto de 1951 por las inglesas Agnes Norton y su cuñada Dorothy Norton. Estaban de vacaciones en el pueblecito costero de Puys, al norte de Francia, próximo a Dieppe, y compartían dormitorio en una casa de tres plantas cerca de la playa. «¿Escuchas ese estruendo?», preguntó Agnes a Dorothy a las 4:20 de la mañana del día 4 de agosto de 1951, tras haberse levantado a oscuras hasta el balcón para comprobar la procedencia del potente sonido que la había despertado.

Dorothy declaró que también «llevaba oyéndolo unos veinte minutos», aproximadamente el mismo tiempo que Agnes. Ambas mujeres se acercaron al balcón, pero no pudieron ver el mar en la oscuridad ni detectar el origen del creciente ruido, que prosiguió hasta la mañana.

Al día siguiente, las testigos describieron por escrito la experiencia. Dorothy identificó «gritos, fusiles, bombas y algunos cañonazos», mientras que Agnes había escuchado «una mezcla de cañonazos, fuego de artillería, gritos de hombres y aviones que aterrizaban. Todos los ruidos daban la impresión de venir de muy lejos, como una retransmisión por ondas de sonido». Cuando las mujeres hicieron pesquisas en la localidad, descubrieron que nadie más los había escuchado.

¿Fue una ilusión auditiva creada por el rugir del mar junto con otros sonidos «anómalos»? ¿Tal vez una repetición de los sonidos del ataque sorpresa protagonizado por las fuerzas aliadas británico-canadienses el 19 de agosto de 1942 en Dieppe, que había sido invadido por los alemanes? Algunos críticos han descartado la posibilidad de que se tratara de una experiencia paranormal alegando, entre otras causas, que seguramente habían estado influidas por la información obtenida sobre la contienda en su guía de viajes y, en consecuencia, habían «reconstruido» el episodio en su mente, sin llegar a escuchar nada que no fueran los sonidos normales de la actividad naviera y aérea en la zona.

Sin embargo, las mujeres tenían una idea muy vaga de aquel episodio bélico. Según el informe publicado en mayo de 1952 en la revista de la Society for Psychical Research (SPR) de Londres por los investigadores Guy W. Lambert y Kathleen Gay, a quienes las Norton enviaron la descripción de su experiencia, «ninguna de las dos estaba interesada en el bombardeo de Dieppe, ni habían leído nada sobre el mismo; tampoco nadie les llamó la atención sobre ese hecho poco antes de la experiencia». No obstante, cabe pensar que su aparente desinterés pudo activar mecanismos mentales adormecidos.

Con que solo hubieran sabido –y lo sabían– que la batalla había sido muy cruenta –cayeron 3.648 aliados–, ya era más que suficiente para sentirse sobrecogidas por la cercanía del desastre en el espacio (físico en este caso) y en el tiempo (solo nueve años atrás). Por otra parte, el hecho de que conocieran el episodio de retrocognición que otras dos inglesas habían experimentado en Versalles cincuenta años antes, pudo incidir para que en sus mentes se desencadenara aquella «batalla sonora» de un ejército invisible.

 

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