Se encuentra usted aquí

Castillos con fantasmas

Martes 25 de Agosto, 2009
Ahora que nos hallamos en pleno verano, desde estas páginas les vamos a proponer otra forma de hacer turismo. ¿Se ha planteado alguna vez diseñar sus vacaciones, escapadas de fin de semana o viajes esporádicos teniendo en cuenta lugares donde afirman que se aparecen fantasmas? ¿Y por qué no…?
España es un país rico en historias y en leyendas sobre extraños fenómenos y apariciones fantasmales que forman parte de nuestra herencia cultural. Algunas de ellas son sólo eso, leyendas; otras traspasan esa barrera de la ficción y se enmarcan en la realidad gracias a hechos históricos, a los innumerables testimonios y a las pocas pero importantes pruebas que se vienen recogiendo de dichos fenómenos.

Posiblemente el caso más espectacular por la historia y misterios que encierran sus muros sea el castillo de Sigüenza, localidad castellano-manchega que todavía guarda entre sus calles, callejones y plazas la esencia de la España medieval.

Levantado a principios del siglo XII sobre la antigua alcazaba árabe de la ciudad, el castillo ha sido convertido en parador nacional. Allí moraron reyes y obispos, el primero de ellos fray Bernardo de Agén, del que hablaremos posteriormente.

Según cuenta la historia, en el año 1353 Pedro I de Castilla, apodado el Cruel, selló una alianza entre el reino de Castilla-León y la corte francesa al desposarse con Blanca de Borbón. Tras la boda, el rey castellano repudió el matrimonio con la joven gala –al parecer por el incumplimiento en la entrega de la dote por parte del rey Juan II de Francia– y la mandó encarcelar en Toledo. Las consecuencias políticas y religiosas de tal desaire fueron inmediatas y el soberano no tuvo más remedio que claudicar, al menos en apariencia ya que, tan pronto las circunstancias se lo permitieron, ordenó prender de nuevo a la reina y la encarceló en una pequeña celda en la torre más meridional del castillo de Sigüenza, donde permaneció desde 1355 hasta 1359.

Francia y Aragón montaron en cólera. Aún así, Pedro I, obcecado por mantenerla prisionera y alejada de su vida, temiendo que las tropas “enemigas” pudieran llegar a Sigüenza y rescatarla, decidió trasladar su confinamiento al sur de la Península, a la Torre del Alcázar de Medina Sidonia. Allí permaneció hasta que en el año 1361, con tan sólo 22 años, Blanca de Borbón falleció. Las causas de su muerte nunca han sido aclaradas y se especula entre la enfermedad, el asesinato por orden del rey a manos de un ballestero o la ingesta de unas hierbas mortales.
¿Por qué les cuento esta historia? Pues porque existe la leyenda, respaldada por los rumores de la zona, los trabajadores del parador y algún que otro sorprendido huésped que ha pernoctado allí, de que en innumerables ocasiones ha sido vista una especie de neblina evanescente que flota en el aire y que deambula por los salones, estancias y corredores. Unos aseguran que dicha presencia fantasmal es femenina y creen que el dolor de doña Blanca no sucumbió con su muerte, sino que ésta permanece vagando entre los muros del castillo donde tanto sufrió. Otros, sin embargo, apuntan a que el posible fantasma no es sino el mismísimo fray Bernardo de Agén, primer obispo de la fortaleza tras su construcción.

Dentro del municipio de Sigüenza, se encuentra también otra edificación en la que, según se afirma, habitan presencias fantasmales. Se trata del castillo de Riba de Santiuste. De origen musulmán, destruido y reconstruido en varias ocasiones, ahora se encuentra en buen estado gracias a la iniciativa privada, si bien posee un oscuro pasado reciente como ex propiedad de la secta de tintes ideológicos nazis “Nueva Acrópolis”, quienes celebraban sus reuniones en su interior.

Cuentan las leyendas que cuando el enclave se hallaba en manos moriscas, el señor del castillo decapitó a su propia hija por ser infiel a su prometido. Tal vez por ello, desde hace tiempo se dice que el alma en pena de una mujer llamada Manuela ha sido vista en el lugar como una silueta blanca que se manifiesta tanto de día como de noche a los incautos que lo visitan.

La tradición popular nos habla de que, en los albores del siglo XIII, el conde Sancho Ridaura, guerrero y señor generoso, respetado por todos sus vasallos, regentaba el castillo. Haciendo uso de sus derechos feudales se casó con una bella plebeya llamada Elvira que había tenido amores con un muchacho de su misma condición llamado Roberto. Al desposarse ésta, el joven, traspasado por el dolor, intentó hallar consuelo entre los muros de un monasterio, dejando que el tiempo cicatrizara sus heridas de amor. Años más tarde, habiendo fallecido el capellán del castillo, y teniendo que partir el conde al frente de sus huestes a la guerra, hizo llamar a un nuevo monje, con tal fortuna que los superiores mandaron al padre Roberto. Tras vencer los cristianos en la famosa batalla de las Navas de Tolosa, Sancho de Ridaura regresó al castillo cubierto de gloria. Pero quiso la desgracia que a su vuelta el conde se enterara del renacido amor entre su esposa y el religioso. Se celebró una gran fiesta por el retorno y tras el banquete el noble quiso repartir mercedes entre quienes en su ausencia se las habían merecido.
(Continúa la información en ENIGMAS 165)

David Sentinella Vallvé
Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario